Star Wars entra en una fase distinta con la confirmación de la salida de Kathleen Kennedy de la presidencia de Lucasfilm. La decisión, largamente esperada dentro de la industria, pone fin a una gestión que atravesó la compra del estudio por parte de Disney, el regreso de la saga al cine y su posterior repliegue hacia la televisión. Kennedy no se aleja por completo: continuará como productora de los próximos dos largometrajes, The Mandalorian and Grogu y Star Wars: Starfighter, antes de enfocarse en proyectos independientes.
Su salida no responde a un quiebre repentino, sino al cierre de una transición planificada. En ese marco, el balance de su etapa al frente de Star Wars resulta inevitable. No se trata solo de medir aciertos y errores, sino de entender cómo Lucasfilm pasó de ser un estudio centrado en estrenos eventuales a convertirse en una franquicia activa, permanente y distribuida en múltiples plataformas.
Cuando Kathleen Kennedy asumió el control en 2012, Star Wars llevaba casi una década sin presencia en salas y enfrentaba el desafío de volver a producir sin depender únicamente de la nostalgia. El mandato era claro: relanzar la saga, expandirla y adaptarla a un ecosistema industrial distinto. Ese objetivo marcó el tono de una gestión que avanzó con decisión, a veces más rápido de lo que podía ordenar.

Star Wars bajo la conducción de Kathleen Kennedy: Entre el regreso triunfal y la sobreexposición
Star Wars cambió de escala, de ritmo y de forma desde que Kathleen Kennedy asumió la presidencia de Lucasfilm en 2012. Su llegada coincidió con la compra del estudio por parte de Disney y con una expectativa clara: reactivar una de las marcas más reconocibles del cine tras casi una década de silencio en salas. El encargo no era menor. Se trataba de devolver a Star Wars al centro del negocio global del entretenimiento sin convertirlo en una pieza de museo ni en una maquinaria incontrolable.
El primer movimiento fue rápido y eficaz. El Despertar de la Fuerza (The Force Awakens), estrenada en 2015, respondió a una demanda acumulada durante años y se convirtió en un fenómeno comercial inmediato. La película reinstaló a Star Wars en la conversación cultural y validó la estrategia de Kennedy de combinar continuidad narrativa, nuevos personajes y una puesta en escena reconocible. A partir de allí, Lucasfilm entró en una fase de producción sostenida que no solo apuntó al cine, sino a una expansión integral del universo.
Ese impulso inicial marcó el tono de una gestión que privilegió el crecimiento, a veces por encima de la cohesión. Entre 2015 y 2019 se estrenaron cinco películas, se anunciaron múltiples proyectos paralelos y se sentaron las bases de una estrategia que buscaba convertir a Star Wars en un ecosistema permanente, capaz de operar en salas, televisión, animación, videojuegos y parques temáticos. El problema no fue la ambición, sino la dificultad para administrar sus consecuencias.
Durante los primeros años de la era Kennedy, Star Wars recuperó una presencia que parecía incuestionable. Los Últimos Jedi y Rogue One demostraron que la franquicia podía asumir riesgos formales y tonales dentro de un marco industrial sólido. Al mismo tiempo, esas decisiones expusieron tensiones internas, tanto creativas como en la relación con el público.
La trilogía secuela avanzó sin un plan narrativo cerrado, algo que se volvió evidente en El Ascenso de Skywalker. El cierre dejó la sensación de un proyecto corregido sobre la marcha, condicionado por reacciones externas y por la necesidad de cerrar un ciclo sin romper del todo con la herencia previa. Esa percepción alimentó una idea persistente: Star Wars estaba produciendo más rápido de lo que podía pensar.
En paralelo, Solo: Una Historia de Star Wars se convirtió en el primer traspié comercial de la saga. El reemplazo de Phil Lord y Christopher Miller por Ron Howard durante el rodaje expuso una dinámica de control que Kennedy ejerció con firmeza, pero que también evidenció problemas de alineación entre el estudio y los realizadores convocados. El resultado fue una película sin identidad clara y un precedente que reforzó la imagen de un Lucasfilm inestable.
Ese patrón se repitió, con matices, en otros proyectos. Anuncios de trilogías y películas firmadas por nombres relevantes quedaron en suspenso o directamente cancelados. La acumulación de promesas incumplidas erosionó la confianza en la planificación del estudio y trasladó la discusión desde lo narrativo hacia lo estructural.

El giro televisivo de Star Wars bajo la gestión de Kathleen Kennedy
La decisión más influyente de la gestión de Kathleen Kennedy llegó fuera del cine. Con el lanzamiento de Disney+, Lucasfilm encontró en la televisión el espacio ideal para reorganizar su producción y explorar nuevas escalas narrativas. The Mandalorian no solo funcionó como serie, sino como pilar estratégico de la plataforma. Su impacto excedió los números y reconfiguró la percepción pública de Star Wars tras la pausa cinematográfica.
El éxito inicial abrió la puerta a un catálogo amplio de series, con resultados variables. Obi-Wan Kenobi y Ahsoka apostaron a personajes conocidos y a una continuidad más cerrada, mientras que Andor ofreció un enfoque distinto, centrado en el desarrollo político y social del universo. Esta diversidad fue uno de los rasgos más claros de la etapa Kennedy: Star Wars dejó de ser un relato único para convertirse en un conjunto de líneas narrativas que no siempre dialogaban entre sí.
La televisión también consolidó el rol de figuras como Dave Filoni y Jon Favreau, cuyo peso creativo creció de manera sostenida. Kathleen Kennedy habilitó ese ascenso, aunque no siempre logró integrar esas visiones dentro de una estrategia general clara. El resultado fue un mapa irregular, con series que ampliaron el alcance del universo y otras que profundizaron su fragmentación.
Star Wars como franquicia total
Más allá de películas y series, la gestión de Kathleen Kennedy transformó a Lucasfilm en un estudio orientado a la explotación transversal de la marca. La expansión de Industrial Light & Magic, el desarrollo de tecnologías de producción virtual y la creación de experiencias inmersivas como Galaxy’s Edge formaron parte de una misma lógica: Star Wars como plataforma cultural permanente.
Ese enfoque fortaleció la posición del estudio dentro de Disney, pero también desplazó parte del debate creativo hacia el terreno del negocio. En ese contexto, las decisiones narrativas quedaron muchas veces subordinadas a calendarios, sin que existiera un eje articulador evidente. La franquicia creció, pero no siempre avanzó en una misma dirección.
Kathleen Kennedy defendió ese modelo como una forma de asegurar la vigencia de Star Wars en un mercado cada vez más competitivo. Sin embargo, el costo fue una percepción de saturación y una relación cada vez más tensa con sectores del público, que reaccionaron de manera desproporcionada ante cada cambio de rumbo.

Kathleen Kennedy: Una gestión discutida, una estructura instalada
Evaluar la etapa de Kathleen Kennedy implica asumir su complejidad. No fue una presidencia de continuidad conservadora ni una de ruptura radical. Fue una gestión de transición, marcada por la necesidad de adaptar Star Wars a un nuevo ecosistema industrial. En ese proceso, hubo decisiones acertadas y errores visibles, avances significativos y retrocesos estratégicos.
Bajo su mando, Lucasfilm dejó de depender exclusivamente del cine y aprendió a operar como un estudio multiplataforma. También consolidó una generación de creativos que hoy ocupa posiciones centrales. Al mismo tiempo, acumuló tensiones internas, proyectos inconclusos y una narrativa pública atravesada por la polarización.
La salida de Kathleen Kennedy no implica un corte abrupto. Dave Filoni y Lynwen Brennan provienen de esa misma estructura y heredan tanto sus logros como sus límites. El balance de su gestión no puede reducirse a cifras de taquilla ni a debates coyunturales. Star Wars sobrevivió, se expandió y se transformó bajo su liderazgo, pero lo hizo a costa de una claridad que aún busca recuperar.
El tiempo permitirá medir con mayor precisión qué decisiones fueron estructurales y cuáles circunstanciales. Por ahora, el legado de Kathleen Kennedy en Star Wars permanece abierto, definido más por los procesos que puso en marcha que por un cierre narrativo definitivo.




