Crítica Fue Solo Un Accidente: El ruido del pasado

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Fue Solo Un Accidente es un examen sobre la memoria, la culpa y la reparación imposible, en el que Jafar Panahi muestra un país atrapado entre la sed de justicia y el miedo a repetir la violencia recibida.

La historia empieza con una ruta oscura, un perro muerto y un rengo que arrastra el mundo en una pierna. Y ese andar descompasado, acompañado del ruido de su prótesis, es el que abre un agujero moral donde cabe todo Irán. Fue Solo Un Accidente (It Was Just An Accident) es un relato donde el poder es un rumor que avanza, se filtra, infecta cada gesto cotidiano. Jafar Panahi vuelve a filmar después de la cárcel, pero no busca la épica del disidente sino la forma en que un país enseña a sus ciudadanos a desconfiar de todo, incluso de la justicia que dicen querer ejercer.

Fue Solo Un Accidente: La duda como forma de justicia

El hombre rengo viaja con su mujer embarazada y su hija cuando todo se detiene. La muerte del perro, el motor que se rinde, el taller cercano. Pero el azar no existe en la lógica del terror: siempre hay alguien escuchando, alguien que reconoce un sonido y lo une a un recuerdo que nunca terminó de cicatrizar.

Desde su oficina, Vahid (Vahid Mobasseri) escucha el ruido metálico de la pierna ortopédica. Cree que es torturador que lo marcó para siempre en una prisión del régimen. A pesar de no haberlo visto nunca, la memoria acústica funciona como una brújula desesperada. Es el mismo chirrido que acompañó los golpes, las sesiones de tortura, las preguntas sin respuestas, el olor de la celda. Y lo que sigue es un arresto sin Estado, una operación de justicia privada que intenta corregir aquello que el Estado pervirtió.

La sospecha de Vahid no se convierte en justicia, sino en impulso. Secuestra al hombre, lo arroja dentro de su camioneta, cava un agujero en el desierto y se dispone a enterrarlo vivo. El ataque no es solo venganza: es un intento de recuperar una parte de sí que quedó atrapada en la prisión. Pero la duda lo frena. ¿Es realmente el interrogador que lo torturó? Fue Solo Un Accidente se organiza sobre esa grieta: no se trata de si es él, sino de lo que significa necesitar que sea él.

Vahid sale a buscar testigos que puedan confirmar la identidad del secuestrado. Es ahí donde Fue Solo Un Accidente abre su caja de resonancia política: cada víctima convocada es una historia distinta del mismo sistema de opresión. La camioneta se transforma en un tribunal móvil y precario. No hay jueces ni leyes: hay cansancio, rabia, confusión, deseo de justicia. Nadie tiene razón del todo. Nadie está del todo equivocado. La película se mueve en esa incertidumbre: si el Estado destruye la posibilidad de confiar en la verdad, ¿cómo puede una comunidad recuperar la capacidad de distinguir entre castigo y reparación?

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Vahid Mobasseri en Fue Solo Un Accidente

Fue Solo Un Accidente: Un viaje hacia lo que queda después del terror

La puesta en escena se sostiene en ese dilema. La cámara observa sin intervenir, como si temiera que una decisión formal demasiado marcada dicidiera por los los personajes. La road movie funciona como estructura, pero lo que se desplaza no es el vehículo: es el límite moral de cada pasajero. Algunos piden pruebas, otros piden revancha. Algunos buscan cerrar la herida, otros necesitan abrirla de nuevo para mostrar que todavía sangra. No hay héroes, sólo cuerpos marcados que intentan negociar con el recuerdo antes de que los recuerdos los devoren. En el camino, la historia expone algo esencial del trauma colectivo: la violencia no solo destruye cuerpos, también contamina la forma en que se evalúan las certezas.

El hombre secuestrado insiste en su inocencia. La identidad se vuelve una zona inestable. Fue Solo Un Accidente no pregunta “¿es él?”, sino “¿qué importa la certeza cuando el daño ya fue hecho?”. La duda es la verdadera protagonista, la fuerza que empuja cada escena hacia un terreno moral. No es la historia de un culpable o un inocente: es la historia de cómo un régimen puede deformar tanto una sociedad que la verdad se vuelve secundaria frente a la necesidad de sentir que se recupera algo de dignidad.

Fue Solo Un Accidente avanza con un humor extraño, desesperado. Una comedia negra que aparece en los márgenes, como si el absurdo fuera el único antídoto contra el horror. El grupo arrastra la camioneta cuando se quedan sin nafta, discute sobre quién debe pagar el almuerzo mientras decide el destino de un hombre. Ese contraste es la materia del film: la venganza se mezcla con lo cotidiano, el odio convive con la burocracia improvisada, la tragedia se roza con la banalidad.

Panahi sabe que en un país donde la ley sirve para blindar al verdugo, la justicia tiene que disfrazarse de protesta, de fuga, de película clandestina. Fue Solo Un Accidente se filmó sin permiso, con mujeres sin velo en pantalla, con la conciencia de que cada plano es un acto político. Pero su potencia no está en su valentía sino en su claridad moral. La película deja que los personajes hablen, duden, decidan, se equivoquen. En ese espacio es donde se descubre la verdad más amarga: la violencia deja marcas que no distinguen entre víctimas y victimarios.

Fue Solo Un Accidente –ganadora en Cannes 2025– muestra los límites de cualquier intento de compensación moral dentro de un sistema deformado por el terror. Es una obra que entiende que un accidente no existe, que todo está conectado, que las heridas no se cierran con explicaciones ni con castigos, sino con la certeza de que algunos países obligan a sus ciudadanos a elegir entre lo imposible y lo intolerable.

Panahi mira al abismo y devuelve una imagen limpia, directa, feroz: la de un mundo donde cualquier ruido –incluso el de una pierna artificial– vuelve una y otra vez para recordar que nadie puede huir del pasado que el poder dejó grabado en la piel.

Tráiler de la película:

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