Las ciudades también tienen cementerios secretos. Algunos están bajo tierra; otros, a la vista de todos. El Arco de La Défense –ese cubo hueco clavado en el horizonte de París como una puerta que no conduce a ninguna parte– siempre pareció una rareza: demasiado frío para monumento histórico, demasiado abstracto para el orgullo nacional, demasiado grande para la intimidad humana. La película El Gran Arco (L’Inconnu de la Grande Arche) de Stéphane Demoustier encuentra en la historia de su arquitecto la tragedia de todos los grandes proyectos culturales: la distancia que hay entre imaginar una obra y construirla.
El Gran Arco comienza en 1983, cuando la izquierda gobernaba Francia y el presidente, François Mitterrand (Michel Fau), lanza el concurso internacional para continuar el “eje histórico” de París. Del Louvre al Arco de Triunfo y de ahí hacia La Défense: una línea recta convertida en fantasía nacional. Entre cientos de nombres célebres aparece un desconocido: Johan Otto von Spreckelsen (Claes Bang), un profesor danés que apenas construyó cuatro iglesias y llega a París con dibujos hechos a mano y una idea fija: un cubo abierto hacia el cielo, un vacío monumental capaz de contener el paisaje entero de la capital francesa.

El Gran Arco: El sueño monumental de Mitterrand
Spreckelsen es uno de esos hombres que todavía creen que los materiales tienen alma. Observa el mármol de Carrara con una delicadeza casi mística. Mientras ministros, asesores y tecnócratas hablan de presupuesto, plazos y operaciones políticas, él sigue pensando en la luz. El arquitecto danés entra a los despachos franceses con un idea y Francia le responde con carpetas, reglamentos y leyes. Cada reunión parece una emboscada diplomática. Pero Spreckelsen no pelea solo por la obra de su vida; pelea por la pureza de una idea en un ecosistema diseñado para reducir costos.
Mitterrand parece un gato satisfecho observando desde arriba el caos que él mismo provoca. Habla poco, sonríe menos y convierte cada aparición en un recordatorio de que la política cultural francesa de los años 80 funcionaba como una extensión estética del presidente. Arco de La Défense debía ser un símbolo de futuro, pero también un espejo para el ego de Mitterrand. El cubo de Spreckelsen termina transformándose en un monumento doble: homenaje a la modernidad y mausoleo del narcisismo presidencial.
Spreckelsen camina como si cada movimiento tuviera que justificar una decisión ética. Su formación gira alrededor de la idea romántica del genio solitario: sujetos incapaces de negociar porque consideran la flexibilidad una traición moral. Su problema no es solo el sistema francés: es su incapacidad para comprender que las obras públicas son monstruos colectivos, criaturas deformes hechas de pactos, renuncias y costos.

El Gran Arco y el final de las utopías culturales europeas
Pero El Gran Arco no es el retrato del artista incomprendido. Hay admiración por el arquitecto, pero también cierta sospecha por su fanatismo estético. El hombre quiere mármol italiano aunque el presupuesto explote. Quiere exactitud geométrica aunque el calendario se incendie. Quiere eternidad en un sistema diseñado para sobrevivir hasta las próximas elecciones. Y en esa obstinación se esconde la pregunta de la película: en el capitalismo, cuánto de la pureza del arte es convicción y cuánto vanidad disfrazada de idealismo.
Subilon (Xavier Dolan) y Paul Andreu (Swann Arlaud) funcionan como las dos caras del pragmatismo francés. Sus personajes entienden el sistema porque forman parte de él. Hablan el idioma de las negociaciones, los recortes y las pequeñas traiciones necesarias para que las cosas existan. Frente a ellos, Spreckelsen parece un extraterrestre moral. Cada conversación entre esos hombres tiene algo de duelo filosófico. Arquitectura versus administración. Utopía versus gestión.
Francia aparece como un país que todavía conserva el decorado cultural de una gran civilización mientras por debajo empieza a funcionar con lógica empresarial. El socialismo de Mitterrand, los grandes proyectos públicos, las fantasías monumentales de los años 80: todo en El Gran Arco tiene el olor terminal de una clase política que todavía necesitaba dejar obras gigantes para convencerse de que la Historia seguía existiendo.
El cine reciente parece obsesionado con arquitectos furiosos. El Brutalista de Brady Corbet, Megalópolis de Francis Ford Coppola y ahora El Gran Arco recuperan la figura del creador enfrentado a estructuras incapaces de tolerar visiones personales demasiado radicales. En tiempos donde el cine mainstream funciona cada vez más como una fábrica de contenido, estos personajes aparecen como fantasmas melancólicos de otra era: hombres que todavía creen que una obra puede mejorar el mundo.
Los edificios sobreviven. Los presidentes sobreviven. Las ciudades sobreviven. Los que rara vez sobreviven son los hombres que intentaron construirlos exactamente como los soñaron. El Arco de La Défense sigue ahí, blanco, inmenso y vacío, como una tumba futurista levantada en honor a la derrota del idealismo europeo.
ESTENO EN CINES: 28 DE MAYO.



