Crítica Palm Royale temporada 2: La elegancia del desastre

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Más veloz, más divertida, más coherente: la temporada 2 de Palm Royale abraza definitivamente el caos con personajes que, por fin, tienen un mundo a la altura de sus ambiciones.

La temporada 2 de Palm Royale confirma algo que la primera sólo insinuaba: que el caos no es un recurso, sino su estado natural. La serie arranca en medio del abismo –Maxine encerrada en un hospital, la élite de Palm Beach intentando recomponer su imagen tras el escándalo– para mostrar cómo funciona este mundo cuando se rompe la ilusión de estabilidad. Si la primera entrega jugaba a imitar el ascenso social de Maxine, la temporada 2 muestra lo que sucede cuando ya está adentro: las tensiones, los pactos temporales, esa mezcla de competencia e intimidad que define a las mujeres que sostienen Palm Beach.

El cambio central de la serie es de perspectiva. Palm Royale ya no observa a su protagonista como la intrusa torpe que escala a fuerza de voluntad. Ahora la trata como parte del ecosistema. Cuando Maxine enfrenta a Evelyn o a Norma, no lo hace desde la carencia, sino desde la convicción de que tiene derecho a disputar su parte del paraíso.

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Kristen Wiig como Maxine en la temporada 2 de Palm Royale

Palm Royale temporada 2: Maxine y la guerra de las apariencias

La temporada 2 de Palm Royale comienza luego del final anterior: Maxine (Kristen Wiig), esposada y con una crisis pública, es enviada a un hospital psiquiátrico privado mientras el resto del mundo intenta administrar el caos social que provocó la noche del disparo.

Robert (Ricky Martin) permanece inconsciente, en terapia intensiva. Mary Davidsoul (Julia Duffy) –convencida de que es una fugitiva– se esconde en los túneles de la mansión de Evelyn. Linda Shaw (Laura Dern), confundida con la agresora, queda encerrada en una sala acolchada. Y Norma Dellacorte (Carol Burnett), la matriarca que pasó la mitad de la temporada anterior en coma, recupera el control y retoma su lugar como la gran arquitecta del poder en Palm Beach. Ese es el punto de partida: un mundo fuera de eje donde cada personaje intenta salvar su reputación, su fortuna o su lugar en la jerarquía social.

La gran diferencia respecto de la primera temporada es que Palm Royale ahora sabe qué tipo de serie quiere ser. Lo que antes parecía desorden ahora tiene dirección. Lo que antes era ruido ahora es textura. Palm Royale ya no quiere parecerse a otras ficciones sobre ricos ni competir en profundidad. Quiere ser una comedia elegante, veloz y ligeramente cruel. Eso no significa que sea superficial. Significa que su inteligencia está en el ritmo, en el diseño de situaciones, en la forma barroca en que mezcla absurdo y riqueza. Después de un año probando tono, entendió qué la distingue: la capacidad de tomar lo ridículo en serio.

Eso vuelve a los personajes más legibles y más interesantes: ya no actúan por capricho ni ilusión, sino por necesidad. La mirada se vuelve menos moral y más pragmática. Y ahí aparece la parte más atractiva de la temporada 2 de Palm Royale: la comprensión tácita de que las mujeres de Palm Beach viven rodeadas de hombres que las condicionan, pero son ellas las que realmente sostienen la maquinaria social.

La temporada 2 de Palm Royale redefine sus vínculos. La relación entre Maxine y Evelyn (Allison Janney) es el corazón de la serie. No porque sean amigas ni enemigas sino porque son dos versiones distintas del mismo problema: cómo sobrevivir a un sistema que exige siempre un simulacro de perfección. Maxine improvisa; Evelyn administra. Maxine usa la intuición; Evelyn, la tradición. La temporada las junta, las separa, las enfrenta y las obliga a colaborar: ahora, son dos inteligencias que se reconocen.

En paralelo, el regreso pleno de Norma introduce un contrapunto necesario. No es sólo la villana aristocrática sino la encarnación de un mundo que está dejando de existir. Su presencia permite entender la serie como un conflicto entre generaciones: la vieja guardia del dinero heredado contra una nueva lógica más caótica, menos educada en las reglas invisibles de Palm Beach. La temporada 2 lo trabaja como tensión de fondo: lo que está en juego no es sólo una fortuna o un nombre sino la forma misma de sostener las apariencias.

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Leslie Bibb como Dinah en la temporada 2 de Palm Royale

El precio de pertenecer

Palm Royale encontró un modo de narrar ese universo sin quedar atrapada en su propia estética. El diseño de producción y el vestuario siguen siendo espectaculares, pero ya no buscan deslumbrar: ahora cuentan algo. Los colores estridentes, los estampados imposibles, los espacios geométricos no son decorados sino prolongaciones del carácter de los personajes. Un artificio consciente que exhibe cómo, en este mundo, la superficie es una forma de verdad.

Aun en medio del delirio, la serie afina un comentario social que la primera temporada mencionaba sin convicción. No se trata de bajar línea ni de hacer un alegato feminista, sino de mostrar cómo la vida cotidiana de estas mujeres está llena de límites invisibles, trampas legales, expectativas sociales absurdas y contratos que no firmaron pero deben cumplir.

La temporada 2 de Palm Royale no sólo supera a la primera: la corrige. La aclara. La define. No es una serie que pide interpretación sino atención: el chiste está en el detalle, en el encuadre, en la forma de mirar. Todavía es una fantasía camp, pero ahora sabe cómo caminar con esa identidad sin perder el equilibrio. Y lo hace con una premisa simple: en Palm Beach nadie cae del todo, siempre y cuando sepa actuar rápido, reírse del desastre y mantener la cabeza en alto mientras el mundo se prende fuego.

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