Crítica Él y Ella (Netflix): El matrimonio como escena del crimen

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Un mujer, un hombre y dos versiones de una misma historia. Él y Ella es un thriller que convierte el crimen en excusa para explorar la intimidad, el duelo y la sospecha de un matrimonio roto.

Hay una imagen que insistente a lo largo de Él y Ella: una mujer en el centro del plano, quieta, observando cómo los otros se mueven alrededor de un hecho que todavía no tiene nombre. El crimen es una presencia que se filtra, que contamina los gestos, las palabras, los silencios. La nueva serie de Netflix se presenta como un thriller, pero avanza con el ritmo de una intimidad rota: lo que se investiga no es solo una muerte, sino una historia compartida que dejó de funcionar.

Él y Ella (His & Hers) llega con credenciales prometedoras. William Oldroyd, el director británico responsable de las aclamadas Lady Macbeth y Eileen, traslada la novela homónima de Alice Feeney desde Inglaterra hasta Georgia. Tessa Thompson y Jon Bernthal protagonizan como Anna Andrews y Jack Harper, ex esposos separados por el duelo que se reencuentran en circunstancias perturbadoras: él investiga un asesinato, ella lo cubre como periodista. Ambos conocían a la víctima. Ambos ocultan secretos.

Él y Ella: Las versiones, la voz, la sospecha

Ambientada en un sur estadounidense de postal engañosa –bosques espesos, pueblos pequeños, casas que guardan más de lo que muestran–, Él y Ella construye su relato a partir de dos trayectorias que se cruzan con violencia controlada. Anna es una periodista que regresa al lugar del que huyó; Jack, un detective que nunca se fue del todo. Fueron pareja. Tuvieron un hijo. Lo perdieron. Ahora, una mujer aparece asesinada y ambos están ligados a ella de maneras que la serie parece estar siempre a punto de mostrar.

La estructura de Él y Ella promete el vértigo de las perspectivas enfrentadas. Anna, en voz en off, anuncia desde el inicio: “Hay al menos dos versiones de cada historia. La tuya y la mía. La nuestra y la de ellos. La de él y la de ella. Lo que significa que alguien siempre está mintiendo”. La serie se propone funcionar como un juego de sospechas cruzadas entre Jack y Anna como posibles culpables, sin saber nunca con certeza quién dice la verdad y quién manipula los hechos.

Los primeros episodios trabajan sobre esa promesa. Hay una voluntad clara de sostener el suspenso a partir del punto de vista: quién mira, quién narra, quién calla. La voz en off de Anna introduce la idea de las versiones, de las verdades parciales, de los relatos enfrentados. No se trata –al menos en apariencia– de descubrir rápidamente quién fue, sino de observar cómo cada personaje acomoda los hechos a su propia necesidad de supervivencia.

Lo que Oldroyd parece intuir, aunque nunca termina de desarrollar con la precisión necesaria, es que el verdadero tema de Él y Ella no es el asesinato sino el matrimonio como territorio de guerra. Anna y Jack son dos personas que se conocieron, se amaron, procrearon y perdieron todo.

La muerte de su bebé –ese punto ciego alrededor del cual gira toda la serie– no es solo una tragedia privada sino el momento en que dejaron de poder mirarse a los ojos. Cuando vuelven a encontrarse sobre el cuerpo de Rachel Hopkins, esa mujer tendida sobre un Corvette rojo con 40 puñaladas en el pecho, lo que realmente están enfrentando no es un enigma policial sino la pregunta de si alguna vez se conocieron.

Porque ese es el verdadero horror que la serie tantea: la posibilidad de haber compartido la cama, el cuerpo, los secretos más íntimos con un extraño. O peor: un enemigo. Anna mira a Jack y ve a un hombre que tal vez mató. Jack mira a Anna y ve a una mujer que tal vez mintió siempre. El asesinato es apenas el pretexto para que esa desconfianza, ese veneno que se fue acumulando en silencio durante los meses de duelo, encuentre finalmente un canal para salir a la superficie.

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Jon Bernthal como Jack en Él y Ella de Netflix

Él y Ella: Tessa Thompson y Jon Bernthal, dos cuerpos en tensión

Tessa Thompson compone a Anna como una mujer que decidió convertirse en su propia armadura. Una figura dura, controlada, casi siempre a la defensiva. Hay en su actuación una mezcla de altivez, fragilidad e intensidad que recuerda su interpretación de la heroína trágica de Ibsen en Hedda de 2025, pero aquí le añade una conciencia de estar participando en algo deliberadamente camp.

Es feroz en la manera en que se mueve por los espacios: no entra a una habitación, la toma. No hace preguntas, lanza acusaciones disfrazadas de curiosidad profesional. Su regreso al pueblo natal no es el retorno de la hija pródiga sino la llegada de una fuerza desestabilizadora. En las escenas donde enfrenta a Lexy, su reemplazo en el noticiero, Thompson le da a Anna una crueldad refinada, como si cada pequeña victoria sobre esa rubia de diseño fuera una forma de vengarse del mundo entero.

Jon Bernthal, por su parte, interpreta a Jack como un hombre que vive en estado de alerta permanente. Cada gesto parece calculado, cada palabra medida. No es solo que oculte cosas, es que se ha acostumbrado a vivir en la mentira. Cuando ambos comparten escena, Él y Ella insinúa la serie que podría haber sido: un estudio sobre cómo el dolor transforma a las personas hasta volverlas irreconocibles incluso para quienes las amaron.

El problema aparece cuando el relato decide acelerar. Oldroyd nunca decide qué tipo de historia está contando. En algunos momentos, Él y Ella funciona con la ligereza pulp de un thriller consciente de su propia artificialidad. En otros, se vuelve sombría y seria. A medida que se multiplican los sospechosos y los flashbacks, la lógica interna comienza a ceder. Las decisiones de los personajes se vuelven erráticas, la investigación deja de ser un proceso para convertirse en un mecanismo: pistas que aparecen y desaparecen, silencios estratégicos, escenas elididas para no revelar demasiado pronto.

Lo que Oldroyd logra en los mejores momentos de Él y Ella es instalar una sensación de malestar difuso. No hay escenas de violencia explícita, pero la violencia está en el aire, en las miradas que se cruzan y se desvían, en las conversaciones que parecen tener siempre un segundo nivel de lectura. Hay algo casi erótico en la manera en que Anna y Jack se estudian mutuamente, buscando las grietas, los puntos débiles.

Pero l serie nunca termina de decidir qué hacer con esa tensión que construye. Oldroyd va acumulando personajes secundarios que funcionan como distracciones: el marido rico de la víctima, la hermana de Jack, las amigas del pasado, el camarógrafo con el que Anna tiene un affaire. Todos tienen sus secretos, todos podrían ser culpables, pero ninguno importa realmente.

Él y Ella: Cuando el thriller se impone sobre la historia

Lo que Él y Ella termina proponiendo es una reflexión sobre la imposibilidad de conocer al otro. Anna y Jack fueron marido y mujer, compartieron el duelo más brutal que puede vivir una pareja, y sin embargo se miran ahora como enemigos. ¿En qué momento dejaron de reconocerse? ¿O acaso nunca se reconocieron realmente? La serie plantea estas preguntas pero luego se distrae con su propio aparato de thriller: los sospechosos que van y vienen, las revelaciones que llegan en el momento menos inesperado.

Lo que queda, al final, es la sensación de haber visto una serie que intuía algo interesante pero no supo cómo sostenerlo. William Oldroyd tenía entre manos una historia sobre el matrimonio como cárcel, sobre el duelo como enfermedad terminal, sobre la culpa que se hereda y se transmite como un virus.

Pero en lugar de confiar en ese material, decidió disfrazarlo de whodunnit convencional, con todos los aditamentos del género. Y en ese gesto perdió lo único que valía la pena: la posibilidad de contar la historia de dos personas que se amaron y se destruyeron mutuamente, y que ahora deben decidir si todavía se deben algo o si pueden finalmente dejarse ir.

DISPONIBLE EN NETFLIX.

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