Derek Cianfrance siempre filmó el peso del pasado: amores que se desangran, familias que colapsan, vidas que se arrastran bajo una culpa sin nombre. En Blue Valentine, el matrimonio era un apocalipsis emocional; en The Place Beyond the Pines, los padres heredaban a sus hijos el veneno de sus decisiones; en La Luz Entre los Océanos, la redención se volvía imposible. Por eso Un Buen Ladrón (Roofman) es un punto de inflexión: una película casi luminosa, donde un ladrón se esconde en una juguetería y encuentra, entre muñecos de plástico y luces de neón, la posibilidad de volver a ser humano.
Pero Cianfrance no filma la inocencia sin ver lo que supura debajo. Lo que parece una comedia amable sobre la reinvención personal termina siendo, como todo en su cine, una radiografía del vacío: el del sueño americano después del derrumbe, el del hombre que ya no pertenece a ningún lugar, el del país que lo convierte en un paria y luego lo castiga por no haber encontrado otra salida.
La historia de Un Buen Ladrón es tan absurda que solo puede ser cierta: Jeffrey Manchester, veterano de guerra, robó decenas de locales de McDonald’s y Blockbuster en los años 90s perforando los techos –el legendario “Roofman”–, y tras ser condenado a 45 años de prisión, se fugó para vivir oculto durante meses dentro de un local de juguetes en Carolina del Norte.
Cianfrance toma esa vida improbable y convierte a Un Buen Ladrón en una parábola sobre la soledad, la fe y el cansancio moral de Estados Unidos. Channing Tatum interpreta a Manchester con una mezcla de inteligencia práctica y torpeza emocional: un hombre que observa como un ingeniero y siente como un niño roto. Su rutina dentro de la juguetería –controlar las cámaras, estudiar los movimientos de los empleados, alimentarse de M&Ms– no tiene el pulso del thriller sino el de una espera sistemática. En lugar de escapar, Jeff empieza a construir una vida paralela, invisible, entre los pasillos del consumo infantil.

Un Buen Ladrón (Roofman): Derek Cianfrance y la ternura en tiempos de furia
En Un Buen Ladrón, el crimen es un accidente sentimental. Jeff no roba por codicia sino por una especie de deseo fallido de pertenecer. Cuando conoce a Leigh (Kirsten Dunst), empleada del local y madre soltera, la película cambia de registro: ya no se trata de esconderse, sino de probar qué se siente volver a existir.
Leigh reconoce la fragilidad ajena porque vive en la suya, pero no es la mujer que salva, sino la que acompaña sin saber a quién. Lo invita a su iglesia, le presenta a sus hijas, le abre una puerta que no conduce a ningún futuro. Cianfrance filma esas escenas hasta volverlas casi un milagro: dos vidas que se tocan en el aire reciclado de un país que no perdona.
Aquí el director vuelve a su tema esencial: la decadencia moral de la clase media estadounidense. Un Buen Ladrón se sitúa en 2004, en pleno auge del consumo y de la paranoia de George W. Bush. La película no habla de política pero la respira. Cada plano tiene la lógica del fin del sueño americano. McDonald’s, Blockbuster, Toys “R” Us: las catedrales del capitalismo parecen ruinas que todavía no se dieron cuenta que lo son.
Tatum interpreta a Manchester con una vulnerabilidad que lo acerca más al Travis Bickle de Taxi Driver que al buen ladrón de una fábula moral. Pero Cianfrance evita el trauma: su protagonista no busca venganza, busca rutina. Quiere ser parte de algo, aunque sea de un grupo de oración. Dunst lo complementa con dulzura: su Leigh es la que lo ve sin juzgarlo. Entre ambos se juega la tensión más interesante de la película: ¿es posible la bondad en un sistema que ya no promete ni trabajo, ni progreso ni bienestar, sino que le alcanza con ofrecer la nostalgia de su propio mito?
El resto del elenco amplía el mapa moral de Un Buen Ladrón: Peter Dinklage como gerente despótico, Ben Mendelsohn como pastor feliz, LaKeith Stanfield vendiendo ilusiones por fe. Por su parte, Juno Temple, Uzo Aduba y Tony Revolori construyen una red coral de personajes que encarnan la precariedad y el desencanto con una naturalidad conmovedora.
En definitiva, Un Buen Ladrón habla de un Estados Unidos que ya no cree en sí mismo y de un hombre que, pese a todo, intenta hacerlo. Derek Cianfrance entrega una película que parece pequeña pero contiene un país entero: su fe vencida, su humor triste, su ternura obstinada. Manchester es un hombre que ya no tiene techo, ni patria, ni familia, pero sigue buscando un lugar donde dormir, perdido en un sistema que ya no sabe qué hacer con sus derrotas. Porque el sueño americano no muere: se recicla, se vende, se come con M&Ms.




