Crítica Marty Supreme: Ganar nunca alcanza

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Marty Supreme narra la trayectoria de un jugador de ping pong que siempre apuesta un poco más de lo que tiene. Josh Safdie construye un relato sobre ganar, perder y no saber cuándo parar.

Marty Supreme presenta a Marty Mauser como un hombre convencido de que el mundo le debe algo. Trabaja en una zapatería del Lower East Side, juega al ping pong como si fuera una forma menor de guerra y vive con la certeza de que el reconocimiento está siempre a una jugada de distancia. Para él, ganar no es una consecuencia del juego; es su única razón. Marty es un animal de pura ambición. No importa cuánto tenga, siempre quiere más. No importa cuánto pierda, siempre cree que puede recuperarlo.

La película se inspira libremente en la figura real de Marty Reisman, pero evita el molde del biopic edificante. No hay voluntad de corrección histórica ni de ejemplaridad. Marty Supreme se organiza como un relato de ascenso sostenido por el impulso y la mentira, más cerca del cine de hustlers que del drama deportivo. El ping pong no aparece como disciplina noble sino como campo de batalla, negocio lateral, excusa para medir fuerzas y oportunidad de humillar al otro.

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Timothée Chalamet en Marty Supreme

Marty Supreme: El ping pong como negocio, disputa y territorio

Marty Supreme está ambientada en los años 50s, pero Safdie se niega a filmarlos con nostalgia. Tiendas, hoteles, departamentos, salones de torneo: todo parece funcional, usado, atravesado por intereses. La película retrata un Estados Unidos que empieza a pensarse como potencia global y a exportar algo más que productos: actitud, insolencia, confianza agresiva. Marty encarna esa versión temprana del empresario de sí mismo, alguien que convierte cualquier vínculo en una negociación y cualquier escena en una oportunidad.

El guion avanza por episodios encadenados, casi como una serie de apuestas sucesivas. Marty consigue una cosa, pierde otra, se endeuda, seduce, traiciona, vuelve a intentar. No hay progresión psicológica ni aprendizaje acumulativo. Marty Supreme trabaja sobre la idea de un personaje incapaz de detenerse, incluso cuando todo indica que debería hacerlo. El relato no se pregunta si Marty va a cambiar: observa cuánto daño puede causar antes de quedarse sin margen.

Timothée Chalamet y el cuerpo como motor narrativo

Timothée Chalamet asume ese desgaste con un registro físico más que emocional. Su Marty habla rápido, invade espacios, sonríe cuando no corresponde. El cuerpo está siempre un poco adelantado a la cabeza. Chalamet evita la tentación del carisma simpático: construye un personaje atractivo y repelente al mismo tiempo, alguien que fascina por su energía pero cansa por su incapacidad de medir consecuencias.

Las relaciones que Marty establece refuerzan ese retrato. Rachel (Odessa A’zion), la mujer que deja embarazada casi como efecto colateral de su vida en movimiento, es una presencia que expone el costo real de esa ambición sin pausa. Kay Stone (Gwyneth Paltrow), la actriz madura con la que se involucra en Londres, aparece como espejo deformado del mismo impulso: fama pasada, deseo de seguir siendo mirada, necesidad de validación. Marty no ama ni odia: usa y sigue.

Safdie introduce, además, una galería de personajes secundarios que friccionan el relato. Empresarios, organizadores, oportunistas, figuras del bajo mundo: todos operan con la misma lógica de intercambio. Nadie es ingenuo. El conflicto no surge de la maldad ajena sino de un sistema donde cada movimiento tiene un precio. Marty entiende ese sistema mejor que nadie, pero también es el primero en quedar atrapado en él.

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Timothée Chalamet se posiciona como candidato al Oscar por Marty Supreme

Marty Supreme: Ganar como forma de estar en el mundo

A medida que la película avanza, Marty Supreme deja de ser solo el retrato de un individuo obsesionado con ganar y empieza a tensar algo más amplio: la idea de que la audacia, celebrada como virtud, tiene una fecha de vencimiento. Marty se mueve como si todo pudiera resolverse en el cara a cara, en la viveza, en el golpe rápido. Pero el mundo que lo rodea empieza a exigir respaldo, estructura, capital. La intuición deja de alcanzar. La velocidad ya no garantiza ventaja.

En ese desplazamiento, Safdie filma el momento exacto en que el impulso empieza a chocar contra límites que no se negocian. No hay castigo ejemplar ni caída estrepitosa, sino la sensación de que el personaje sigue actuando con las mismas reglas cuando el tablero ya cambió. Marty Mauser no pertenece del todo a su época, o mejor dicho, que quiere adelantarse a todas. Pero el pasado no lo contiene. Y el futuro todavía no lo espera.

Marty Supreme es una película sobre la ambición cuando deja de ser promesa y se convierte en propósito. Sobre la dificultad de detenerse en una cultura que confunde velocidad con sentido y persistencia con valor. Safdie filma a un personaje que cree que ganar lo va a ordenar todo y descubre, demasiado tarde, que el mundo no funciona como un torneo interminable. No es un ascenso triunfal ni una caída trágica. Es la historia de alguien que corre desesperado hacia una meta que no existe. Y cuando finalmente llega, se da cuenta de que debería haber estado corriendo hacia otro lado.

Tráiler de la película:

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