El 29 de enero de 2024, una niña de seis años llamada Hind Rajab quedó atrapada en un auto en la Franja de Gaza. No estaba sola: la rodeaban los cadáveres de su familia, baleada por el ejército israelí. Tenía un teléfono, señal intermitente y el miedo en carne viva. Esas llamadas son el núcleo de La Voz de Hind Rajab, con las Kaouther Ben Hania construye una película que va más allá del cine: es una negativa a dejar que esta historia desaparezca en el ruido de las estadísticas. Cien mil muertos en Gaza es una cifra que el mundo aprendió a ignorar. La voz de una niña que pregunta si alguien puede ir a rescatarla es la promesa de que nadie va a salir entero después de escucharla.
Ben Hania trabaja con las grabaciones registradas ese día. La voz de Hind Rajab no está recreada: es el archivo en bruto. La película agrega el espacio desde el cual se escucha. No vemos Gaza, no vemos el auto, el tanque, la destrucción. Solo una oficina, teléfonos y, al otro lado de la línea, una niña rodeada de muerte. Al mantener la violencia fuera de campo, Ben Hania fuerza algo más poderoso que las imágenes: la imaginación. Y la imaginación duele de otra manera.

La Voz de Hind Rajab, o cómo el cine convierte una llamada de auxilio en memoria política
La película se desarrolla en el centro de emergencias de la Media Luna Roja Palestina en Ramallah. Los voluntarios intentan coordinar el rescate a través de una burocracia que exige permisos, coordenadas, autorizaciones del ejército israelí para permitir mover una ambulancia que está a ocho minutos del auto donde se encuentra la niña. Ocho minutos que se convierten en tres horas. Tres horas en cinco. El tiempo se vuelve otro antagonista, más silencioso, pero tan eficiente como un soldado.
La voz de la niña es una presencia que atraviesa la pantalla y parte el mundo en dos. Esa cadencia temblorosa, esa confusión de una mente de seis años intentando procesar algo que ninguna mente adulta está preparada para vivir. Hind pregunta si van a venir a buscarla. Pregunta cuándo. Ben Hania no hace nada con esa voz excepto dejarla existir en el silencio de una oficina donde adultos entrenados para mantener la calma están comenzando a derrumbarse.
Ben Hania ya había explorado el terreno híbrido entre documental y ficción en Les Filles d’Olfa. Aquí retoma ese procedimiento con una variante más austera. Los actores interpretan a los operadores del centro; la voz de Hind permanece intacta. La ficción no busca reemplazar el archivo sino rodearlo. El dispositivo se somete al documento real. Cada vez que suena la voz de Hind Rajab, la película se reorganiza: la textura metálica de la llamada, las interrupciones, la fragilidad del audio, imponen una carga emocional que ninguna ficción puede igualar.
Esta tensión revela la distancia entre la experiencia directa y su representación. El dolor real entra en contacto con un mecanismo de puesta en escena que necesita ordenar, estructurar, avanzar. Ben Hania reconstruye un hecho documentado con recursos narrativos que pertenecen al cine de género. Hay momentos donde los diálogos son didácticos. Hay momentos donde la mecánica del thriller roza la instrumentalización del dolor.
Y sin embargo, la pregunta que rodea a la película no es ética sino productiva. ¿La Voz de Hind Rajab es necesaria? El registro histórico ya existe en los archivos, en los artículos, en los testimonios. Pero es imprescindible para quienes todavía no escucharon esa voz. Para quienes vieron el número de muertos en Gaza como estadística y no como seres humanos. Para quienes necesitan que alguien les diga: esta niña tenía seis años, amaba el mar, y el único crimen que cometió fue nacer donde nació.
Si No Other Land mostró cómo funciona la ocupación israelí en su cotidianeidad –la amenaza permanente, los asesinatos selectivos, los desalojos, las topadoras destruyendo viviendas, escuelas y hospitales, aldea por aldea, familia por familia, nombre por nombre– La Voz de Hind Rajab la muestra en todo su barbarismo: un auto baleado, una niña atrapada y un sistema que no permite su rescate.
¿Qué hace el cine con lo que el mundo prefiere no saber? Nadie tiene respuesta para eso. Pero La Voz de Hind Rajab grita con la voz llena de miedo de una niña de seis años que pregunta cuánto falta para que vayan a buscarla. Ben Hania convierte el archivo en arte no para estetizar el horror sino para evitar que el horror se vuelva abstracto. Porque el cine también puede ser una forma de decir: existimos. No nos olviden.




