Crítica El Mago del Kremlin: Instrucciones para fabricar un líder

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Un estratega convierte la política en una maquinaria narrativa. El Mago del Kremlin es el retrato del poder contemporáneo donde la realidad es el producto final de una puesta en escena.

Todo poder nace de una mentira bien contada. Olivier Assayas construye El Mago del Kremlin (Le Mage du Kremlin) sobre esa premisa: la historia de un hombre que aprendió que gobernar no es administrar un país sino administrar lo que ese país cree de sí mismo. La adaptación de la novela de Giuliano da Empoli instala una pregunta que el mundo occidental sigue sin poder responder: cómo fue posible.

El Mago del Kremlin gira alrededor de Vadim Baranov (Paul Dano). Asesor de medios, estratega político, arquitecto de narrativas, figura inspirada en el real y enigmático Vladislav Surkov, el hombre que durante décadas fue considerado el cerebro detrás de la política de Vladimir Putin.

Baranov es menos un ideólogo que un artista que encontró en el poder su obra definitiva. Pasó del teatro de vanguardia a la televisión trash con la misma naturalidad con que luego pasaría de la televisión trash a la geopolítica, porque todas esas son, en definitiva, formas de contar una historia. Y Baranov comprendió antes que nadie que quien controla el relato controla la realidad.

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Paul Dano como Vadim Baranov en El Mago del Kremlin

El Mago del Kremlin: Baranov, el artista del relato ruso

El Mago del Kremlin tiene la estructura del relato enmarcado: un periodista académico estadounidense (Jeffrey Wright) llega a Moscú y se encuentra con un Baranov ya retirado, dispuesto a contar su historia. La Rusia de la película va desde los años salvajes del postcomunismo –punk rock, performance art, vodka y libertad desordenada– hasta el orden frío de Putin. Assayas comprime tres décadas de historia con momentos de clarividencia y zonas de niebla, pero lo que sostiene el relato no es la crónica sino la psicología de un hombre que se convenció de que el cinismo puede ser un estado de lucidez.

La figura de Baranov remite a una tradición muy específica de personajes literarios: el intelectual que abraza el poder menos por codicia que por aburrimiento, por la certeza nihilista de que si el mundo va a estar mal ordenado, que lo ordene alguien que al menos entiende la mecánica del desastre.

Ahí aparece la idea central de El Mago del Kremlin: la política como extensión del espectáculo. Baranov es un narrador que produce las condiciones para que todos los discursos existan bajo control. La disidencia también se diseña; el conflicto también se programa. Porque el sistema necesita la ilusión de oposición para ser eficaz.

La relación entre Baranov y Ksenia (Alicia Vikander) funciona como contrapunto lírico. Ella es actriz, libre, instintiva: una versión de Rusia que pudo haber sido y no fue, la del arte como alternativa al poder, la del cuerpo como territorio no colonizable.

Cuando Vladimir Putin (Jude Law) entra en escena, El Mago del Kremlin ya construyó el contexto –el caos, el vacío, la necesidad de un orden– que hace comprensible cómo ese hombre llegó al poder. Law trabaja sin acento ruso y casi sin maquillaje. Su Putin apenas mira a los otros cuando les estrecha la mano, distribuye su atención como si fuera un recurso escaso y ,convierte el reconocimiento en la mercancía más cotizada de la sala. Putin es un vacío funcional, un centro sin expresión que permite que todo lo demás se ordene a su alrededor.

El Mago del Kremlin avanza a través de conversaciones. Oficinas, reuniones, intercambios donde las decisiones parecen tomadas antes de ser pronunciadas. El guion acumula información, nombres, eventos. Pero esa acumulación tiene un costo: la experiencia se vuelve explicativa. Cada escena parece tener la obligación de decir algo sobre Rusia, sobre el poder, sobre el presente.

Sin embargo, hay momentos donde El Mago del Kremlin encuentra una forma más lograda. En la televisión, en los sets, en los espacios donde la realidad se construye como imagen. Ahí la película se vuelve más concreta: muestra cómo una narrativa se instala, cómo una emoción se administra, cómo una figura pública se fabrica. Baranov, en el centro de todo, permanece como un enigma controlado.

La novela de Da Empoli construye ese arco desde la subjetividad del personaje. Olivier Assayas y su coguionista Emmanuel Carrère –escritor, cineasta, experto en Rusia que dedicó años a figuras como Limonov– intentan trasladar esa voz íntima a una épica política. La tensión entre esos dos registros produce una película doble: por momentos íntima y lúcida, por momentos plana y enciclopédica. Y en esa voluntad didáctica reside tanto su virtud como su límite.

La fórmula que la película propone para entender al hombre es la misma que Baranov le explica al periodista: en Occidente el poder viene del dinero; en la nueva Rusia, el dinero viene del poder. Todo lo demás –los oligarcas, los medios, las guerras– es consecuencia de esa inversión.

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Jude Law como Vladimir Putin en El Mago del Kremlin

El Mago del Kremlin: Olivier Assayas y el costo de controlar el relato

Assayas siempre fue un director fascinado por los vectores invisibles del poder contemporáneo. Demonlover (2002), Non-Fiction (2018) son los antecedentes más directos para leer El Mago del Kremlin: en ambas, el director francés exploró cómo las personas son absorbidas por las realidades que crean, cómo el mercado o el discurso terminan por consumir a quien los produce.

El Mago del Kremlin se inscribe en una línea de películas que intentaron ponerle un rostro humano a las maquinarias del poder autoritario. Aquí, Assayas elige el retrato de un hombre que creyó que podía manipular a un monstruo y descubrió que el monstruo siempre termina por definir a sus empleados. En tiempos donde la propaganda se convirtió en el lenguaje universal de la política digital, El Mago del Kremlin recuerda que todo sistema que fabrica realidad necesita, antes que nada, a alguien dispuesto a creer que la realidad puede fabricarse. Y que el mago siempre es el primero en caer bajo el hechizo.

Tráiler de la película:

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