En Blue Moon, Richard Linklater vuelve a esas conversaciones que duran toda una noche, pero esta vez el amanecer no promete nada. Un bar, unas horas, un hombre que habla. Ese hombre es Lorenz Hart. Letrista de Broadway, ingenioso, alcohólico, encantador cuando quiere y cruel cuando necesita sentir el peso de su propia importancia. Vive entre la vigilia y el derrumbe, con la sonrisa que maquilla la derrota y el ego encendido de alguien que se niega a abandonar la fiesta aunque ya no queden invitados.
La película transcurre en el bar Sardi’s en Manhattan, el 31 de marzo de 1943, después del estreno de Oklahoma! –el musical del compositor Richard Rodgers que va a cambiar Broadway para siempre– y Hart, el ex socio artístico que Rodgers abandonó para trabajar con Oscar Hammerstein, está ahí para celebrar el éxito de la obra. Es decir, para asistir a su propio funeral anticipado.
Robert Kaplow –que escribió Me and Orson Welles para Linklater– construye un guion de tres movimientos: Hart solo en la barra desplegando su unipersonal, luego la llegada triunfal de Rodgers (Andrew Scott) y su fiesta de estreno, finalmente la conversación privada con Elizabeth Weiland (Margaret Qualley), la estudiante de teatro de la que Hart está enamorado.
Richard Linklater deja que la cámara observe, que los cuerpos ocupen el espacio, que las palabras revelen más de lo que los personajes quisieran admitir. Pero la puesta en escena de Blue Moon está al servicio de algo más oscuro que en Before Sunrise o Boyhood: aquí no hay descubrimiento sino desmoronamiento, no hay un comienzo sino el final que ya llegó aunque nadie lo diga en voz alta.

Blue Moon: Richard Linklater en el corazón roto de Broadway
Blue Moon es el retrato de una sensibilidad bohemia que ya no tiene lugar en su época, de un talento que no sabe cómo convivir con su propio desgaste. Hart –que escribió My Funny Valentine, The Lady Is a Tramp, Manhattan, Blue Moon y tantas otros clásicos– tiene esa clase de energía inagotable que esconde el dolor de estar siendo olvidado en tiempo real. Hart no para de hablar: sobre cine, sobre teatro, sobre arte que desafía en lugar de consolar, sobre lo mucho que odia Oklahoma! y sus letras simplistas. Le dice al barman, Eddie (Bobby Cannavale), que el verdadero arte debe incomodar, que lo inofensivo no vale nada, que Rodgers se vendió al sentimentalismo barato.
Ethan Hawke –comprimido a metro y medio de altura, con un peinado que tapa la calvicie como puede–interpreta a Hart con una mezcla perfecta de brillantez y autodestrucción. Es el genio al final de la barra que habla sin parar, que cita Casablanca, que coquetea con el repartidor de flores y espera a una chica universitaria que lo adora pero no de la forma que a él le gustaría.
Hart avanza sobre cada vínculo con una mezcla de encanto y ansiedad. Necesita ser escuchado. Necesita ser recordado. Necesita que alguien reconozca que su talento sigue intacto aunque su cuerpo diga lo contrario. Hart es brillante, sí. También es destructivo, invasivo y por momentos insoportable. Su verborragia se presenta menos como rasgo colorido que como un síntoma. Habla porque la quietud lo aniquila. Habla porque las palabras fueron su única defensa durante demasiado tiempo. Habla porque cada frase le permite posponer la verdad: ya no hay un lugar para él en el mundo del teatro que ayudó a construir.
La relación con Rodgers aparece como una herida que nunca cerró. No se trata de celos profesionales sino de algo más primario: la certeza de haber sido necesario y, sin embargo, no suficiente. Rodgers quiere abrazarlo y golpearlo al mismo tiempo. El compositor representa el orden, la disciplina, el profesionalismo aséptico que Broadway comienza a exigir. Hart es la bohemia, la noche, el caos. Es el choque entre dos filosofías artísticas: Hart cree que el arte debe desafiar, Rodgers cree que debe entretener.
La historia le dio la razón a Rodgers.

Blue Moon: Ethan Hawke y la última canción de Lorenz Hart
El Hart de Blue Moon es torturado y efervescente al mismo tiempo: sonríe mientras se autodestruye, hace chistes mientras espera que Eddie le sirva otro whisky que no debería tomar, escucha en silencio embelesado cuando Elizabeth habla de su fallido romance universitario. Hart usa lo único que le queda: su talento con las palabras. Hawke, extraordinario, carga el peso de saber que Hart va a morir alcoholizado meses después. Cada trago tiene ese peso, cada broma esconde desesperación.
Hay momentos en los que su actuación alcanza una intensidad casi insoportable: el temblor en las manos cuando intenta recordar una melodía, la furia muda cuando Rodgers le explica que no puede seguir cuidándolo, el gesto vacío cuando entiende que Elizabeth no está ahí para salvarlo. Hawke no interpreta a un genio maldito sino a un hombre que usó su brillantez como escudo y ahora ya no tiene fuerza para sostenerlo.
Al final, Rodgers sube a una fiesta y Hart se queda con sus fantasmas. Uno se va hacia un futuro mejor, el otro va a pedir whisky hasta que cierre el bar. Porque Blue Moon es, en definitiva, la historia de un artista que intuye su final y aun así, intenta imaginar un último verso, como si una canción pudiera engañar a la muerte por una noche más.




