Robert Duvall murió a los 95 años en su rancho de Virginia y dejó una filmografía de más de ciento cuarenta títulos que atraviesa seis décadas de cine norteamericano. Francis Ford Coppola dijo que era uno de los cinco mejores actores del mundo, y no estaba siendo generoso. Lo que distinguía a Duvall de sus contemporáneos no era solo el talento sino la ausencia total de vanidad. Sabía que la mitad de actuar es saber qué no hacer, que el poder de un personaje no está en lo que dice sino en lo que decide no decir. Nunca necesitó ser el centro de atención, nunca confundió actuar con demostrar que estaba actuando.
Fue Boo Radley en Matar un Ruiseñor en un papel que apenas tiene diálogos y que es pura presencia fantasmal, fue Tom Hagen en El Padrino componiendo al consejero que nunca levanta la voz pero que todos escuchan, fue el Coronel Kilgore en Apocalypse Now, un hombre que ha integrado el absurdo de la guerra a la realidad y que funciona como síntesis brutal del delirio imperial.
Cuando finalmente tuvo un protagónico que le permitía hacer todo lo que sabía hacer –Tender Mercies, donde interpreta a un cantante de country destruido por el alcohol que encuentra una segunda oportunidad– ganó el Oscar y compuso sus propias canciones. Esa es la definición de Robert Duvall: un actor que no delegaba nada, que se tomaba cada papel con la seriedad de alguien que entendía el cine como un trabajo de artesano antes que de estrella.

Las 10 mejores películas de Robert Duvall
Matar un Ruiseñor (1962)
Boo Radley es un fantasma que vive en la casa de al lado y que los niños del vecindario han convertido en leyenda: un loco peligroso que nunca sale, que mata animales, que acecha en la oscuridad. La novela de Harper Lee construye todo el primer acto de Matar a un Ruiseñor alrededor del misterio de Boo y cuando finalmente aparece en el último capítulo resulta ser lo opuesto a la leyenda: un hombre tímido, gentil, incapaz de hacerle daño a nadie.
Robert Mulligan adaptó la novela con Gregory Peck como Atticus Finch y le dio a Robert Duvall –en su debut cinematográfico– el papel más difícil de toda la película: aparecer en los últimos minutos y hacer que toda la película valiera la pena. Duvall lo hace sin decir prácticamente nada, solo con la postura del cuerpo, con la forma en que mira a Scout sin saber cómo interactuar con ella, con esa timidez que no es cobardía sino una forma de bondad que no sabe cómo expresarse.
Es una actuación de gestos mínimos que anticipa todo lo que Duvall haría en los siguientes sesenta años: encontrar la complejidad en la quietud, construir personajes que dicen más todo cuando mientras están callados.
THX 1138 (1971)
George Lucas hizo su debut como director con esta distopía donde los humanos viven bajo tierra en una sociedad totalitaria que los controla con drogas y vigilancia constante, y Robert Duvall interpreta a THX 1138, un hombre que deja de tomar su medicación y descubre que puede sentir algo más que la anestesia emocional que el sistema le impone. Es ciencia ficción filmada como pesadilla de Kafka: pasillos blancos interminables, números en lugar de nombres, sexo prohibido, emociones criminalizadas.
Duvall actúa con la cabeza rapada y una expresión de desconcierto perpetuo, como si su personaje estuviera despertando de una anestesia que duró toda su vida y no supiera cómo procesar la realidad sin el filtro químico. Lucas necesitaba un hombre descubriendo lentamente que está vivo, y Duvall convierte una película de ciencia ficción clase B en algo inquietante y memorable. La película fracasó comercialmente pero con los años se convirtió en objeto de culto, y la actuación de Duvall es una de las razones: nunca sobreactúa el horror, solo lo encarna con la resignación de alguien que sabe que no hay escape posible.
El Padrino (1972)
Tom Hagen es el consejero de la familia Corleone, adoptado por Vito cuando era niño, leal hasta la muerte pero siempre consciente de que no tiene sangre italiana y que eso lo pone en una posición ambigua dentro de la estructura del clan.
Coppola podría haber hecho de Tom un personaje de una sola nota –el abogado que legaliza lo ilegal– pero Robert Duvall lo convierte en un hombre atrapado entre dos mundos, suficientemente inteligente para entender el juego pero sin el instinto asesino de los Corleone, jugando un papel que requiere frialdad pero conservando algo de humanidad que los demás perdieron hace tiempo.
Fue nominado al Oscar como actor de reparto y perdió frente a Joel Grey en Cabaret, pero la actuación quedó como una de las más precisas de toda la película. Tom Hagen es el personaje menos cinematográfico de El Padrino –no tiene escenas de violencia, no tiene monólogos memorables, no tiene el carisma de Michael ni la furia de Sonny– y Duvall lo convierte en esencial justamente por eso: porque es el único que piensa antes de actuar.

La Conversación (1974)
Harry Caul es un experto en vigilancia que graba conversaciones ajenas para clientes que no le preguntan para qué las necesitan, y que vive con la paranoia de alguien que sabe demasiado sobre cómo se puede espiar a una persona.
Francis Ford Coppola hizo La Conversación entre las dos primeras entregas de El Padrino y la filmó como thriller psicológico sobre la culpa y la obsesión, con Gene Hackman en el papel principal y Robert Duvall en un papel secundario que funciona como el centro moral de toda la película. Duvall interpreta al Director, el hombre que contrató a Harry para grabar la conversación que desencadena todo el drama, y lo hace con una ambigüedad calculada: nunca sabemos exactamente qué sabe, qué planea, si es víctima o villano.
Duvall aparece al principio y al final, siempre calmado, siempre controlando la situación, y su presencia contamina todo lo que viene en el medio porque Harry no puede dejar de pensar en él, en lo que hará con la información, en si Harry es cómplice de algo que no puede detener.
El Padrino II (1974)
Tom Hagen regresa en la secuela pero su posición dentro de la familia ha cambiado: Michael lo ha desplazado del círculo más íntimo de poder, lo consulta menos, toma decisiones sin preguntarle. Coppola construyó El Padrino II como la historia de cómo Michael se convierte en algo peor que su padre, y Tom es el testigo incómodo de esa transformación: el único que entiende que Michael está destruyendo todo lo que Vito construyó pero que no tiene el poder para detenerlo.
Tom ya no es el consejero de confianza: es el empleado que ejecuta órdenes, y Robert Duvall filma esa humillación sin dramatizarla, solo con la postura del cuerpo y la forma en que evita la mirada directa. Es una actuación de ausencias: lo que importa no es lo que Tom dice sino lo que ya no se atreve a decir, y Duvall construye toda su presencia en la película desde ese silencio forzado.
Apocalypse Now (1979)
El Coronel Kilgore entra en la película con helicópteros, música de Wagner, y la certeza absoluta de que la guerra es el estado natural del hombre y que todo lo demás es tiempo perdido. Coppola le dio a Robert Duvall veinte minutos de metraje y Duvall los convirtió en las escenas más memorables de toda la película: Kilgore ordenando un ataque aéreo para poder surfear, Kilgore oliendo el napalm por la mañana y diciendo que huele a victoria, Kilgore preocupado por las olas mientras su compañía está bajo fuego enemigo.
Es un personaje que en manos de otro actor habría sido solo caricatura del militar desquiciado, pero Duvall lo juega completamente en serio, sin ironía, como si Kilgore realmente creyera que surfear bajo fuego es la experiencia más auténtica que un hombre puede tener. La escena del napalm es puro LSD: el monólogo lo pronuncia con una nostalgia genuina, y esa desconexión entre el contenido y el tono es lo que captura la esencia de Apocalypse Now: la guerra como forma política de la locura.
Fue nominado al Oscar como actor de reparto y perdió frente a Melvyn Douglas en Tal Como Éramos, pero Kilgore quedó como uno de los personajes más icónicos del cine de guerra norteamericano: el oficial que ama la guerra más de lo que ama la victoria.
El Gran Santini (1979)
Bull Meechum es un piloto de la Marina que vive como si la guerra nunca hubiera terminado. En su casa no hay descanso: hay jerarquía, disciplina, castigo. Basada en la novela de Pat Conroy, la película de Lewis John Carlino convierte el hogar en un campo de entrenamiento y a Robert Duvall en el centro de una tensión permanente: la de un hombre que solo sabe amar a través de la autoridad.
Duvall construye el personaje desde una doble cara: el héroe militar que la comunidad admira y el padre que no puede tolerar que el mundo –y sus hijos– no obedezcan su lógica de mando. Bull está seguro de que tiene razón. Cuando grita, no siente que pierde el control: siente que lo ejerce.
Si Boo Radley era la timidez hecha presencia y Kilgore la guerra convertida en locura, Bull Meechum es otra variante del mismo núcleo: hombres definidos por un código que ya no tiene lugar en el mundo que los rodea. En los momentos finales, cuando el personaje enfrenta las consecuencias de su propia rigidez, Duvall deja ver la fragilidad que siempre estuvo debajo del uniforme.
Tender Mercies (1983)
Mac Sledge es un cantante de country que el alcohol destruyó, que perdió su carrera y su familia, y que ahora trabaja en una gasolinera en medio de Texas intentando mantenerse sobrio día a día. Bruce Beresford dirigió Tender Mercies como un drama de redención donde nada se resuelve con grandes gestos sino con decisiones pequeñas y cotidianas, y Robert Duvall interpreta a Mac con una contención que convierte cada escena en un acto de resistencia contra el vacío.
Mac simplemente intenta reconstruir su vida con Rosa Lee, una viuda que maneja la gasolinera, y con el hijo de ella, y la película sigue ese proceso sin subrayarlo ni acelerarlo. Duvall compuso sus propias canciones e insistió en que apareciera en su contrato que él mismo las cantaría, y esa decisión es lo que hace que la película funcione: cuando Mac vuelve a cantar en una iglesia después de años sin hacerlo, la voz es la de Duvall y se nota la fragilidad, la inseguridad de alguien que no está seguro de poder hacerlo pero que lo intenta de todas formas.
Robert Duvall ganó el Oscar como mejor actor y el premio era merecido: es una actuación sin demagogia, sin escenas diseñadas para impresionar a la Academia, solo el trabajo honesto de alguien que entendió al personaje y lo filmó desde adentro.
El Apóstol (1997)
Robert Duvall escribió, dirigió, produjo y protagonizó El Apóstol, y es la película que mejor resume lo que podía hacer cuando tenía control total sobre el material. Sonny es un predicador pentecostal de Texas que mata al amante de su esposa en un arranque de furia, huye a Louisiana, cambia de identidad, y empieza de nuevo predicando en una iglesia pequeña mientras la policía lo busca.
Es un personaje lleno de contradicciones: genuinamente religioso pero violento, capaz de inspirar a una comunidad pero incapaz de controlar sus propios impulsos, convencido de que Dios lo perdonó pero consciente de que la ley no lo va a hacer. Duvall lo interpreta sin pedir simpatía: Sonny es un hombre roto que intenta arreglarse con las herramientas equivocadas, y la película no lo redime ni lo condena, solo lo observa.
Las escenas donde Sonny predica son pura energía contenida a punto de explotar: Robert Duvall grita, suda, se mueve por el escenario como si estuviera poseído, y hay una intensidad religiosa en su actuación que no se puede fingir. Fue nominado al Oscar como mejor actor y perdió frente a Jack Nicholson en Mejor Imposible, pero El Apóstol es la película más personal de toda su carrera: un actor de setenta años financiando su propio proyecto, dirigiendo por segunda vez, y entregando una de las mejores actuaciones de la década.
Open Range (2003)
Boss Spearman es un ganadero que lidera un grupo de vaqueros libres en el Oeste de finales del siglo XIX, y que se enfrenta a un terrateniente corrupto que quiere expulsarlos de la zona donde pastan su ganado. Kevin Costner dirigió Open Range como un western clásico donde el bien y el mal están claramente definidos y donde la violencia llega al final después de que se agotaron todas las otras opciones.
Robert Duvall interpreta a Boss con la autoridad tranquila de alguien que ha vivido suficiente como para saber que la violencia nunca resuelve nada pero que a veces es inevitable, y su química con Costner –que interpreta a su segundo al mando– funciona porque ambos actúan desde la contención más que desde el heroísmo.
El Juez (2014)
Joseph Palmer es un juez de un pueblo de Indiana que está muriendo de cáncer y que tiene una relación rota con su hijo, un abogado de Chicago que volvió al pueblo después de décadas para el funeral de su madre. David Dobkin dirigió El Juez como drama familiar donde el conflicto entre padre e hijo ocupa el centro y donde la trama legal –el juez es acusado de atropellar a alguien– funciona como excusa para forzar la reconciliación.
Robert Downey Jr. interpreta al hijo con su estilo habitual de ironía y velocidad verbal, y Robert Duvall interpreta al padre como su opuesto exacto: lento, terco, incapaz de expresar emociones con palabras. La película no es perfecta pero Duvall está extraordinario: Joseph Palmer es un hombre que pasó décadas juzgando a otros y que ahora está siendo juzgado por su propio cuerpo, y Duvall filma esa humillación con una dignidad que nunca se quiebra.
La escena donde el hijo tiene que bañar al padre porque el cáncer le quitó la capacidad de hacerlo solo es devastadora no por lo que dicen sino por lo que no dicen: dos hombres que no saben cómo quererse encontrando la única forma de comunicación que les queda.
Robert Duvall fue nominado al Oscar como actor de reparto a los 84 años, convirtiéndose en el actor de más edad en conseguir una nominación en esa categoría. Es el trabajo honesto de alguien que llevaba sesenta años actuando y que seguía encontrando formas nuevas de hacer lo mismo.




