Las grandes distopías del siglo XX imaginaron el futuro como un problema de fuerza. Estados totalitarios, censura explícita, vigilancia constante, violencia organizada. El poder se imponía desde arriba y se reconocía como tal. El siglo XXI, en cambio, parece haber desplazado el conflicto hacia un lugar más blando, más amable y por eso más difícil de identificar: la gestión de la felicidad. Pluribus se inscribe en esa tradición, pero lo hace corriendo su eje. No pregunta qué ocurre cuando el poder prohíbe, sino qué ocurre cuando se transforma en zona de confort.

Pluribus, explicada: Del totalitarismo a la comodidad
A diferencia de 1984, donde el Estado tortura hasta quebrar la voluntad, o de Fahrenheit 451, donde el conocimiento es eliminado para evitar el conflicto, Pluribus dialoga de forma más directa con Un Mundo Feliz (Brave New World). En la novela de Aldous Huxley, la estabilidad social no se logra a través del miedo, sino del placer. La droga del Estado, el soma, no funciona como castigo sino como anestesia permanente. El resultado no es la obediencia forzada sino la irrelevancia del disenso. ¿Para qué resistir, si todo parece funcionar en la calma flotante de un sueño de opio?
Los Otros son herederos directos de esa lógica. No llegan con ejércitos sino con sonrisas, promesas de bienestar y una oferta difícil de rechazar: el fin del dolor, de la soledad, del conflicto interior. En Pluribus, el deseo no es reprimido ni negado; es desplazado. Desde una perspectiva lacaniana, ahí se produce el verdadero problema: al eliminar la falta, el sistema no colma el deseo, lo neutraliza. El sujeto deja de desear no porque esté pleno, sino porque ya no hay un lugar donde la carencia pueda inscribirse. El resultado no es una subjetividad feliz, sino una subjetividad anestesiada, privada de aquello que la mantenía en movimiento.

Zosia o la ilusión del vínculo
La clave de Pluribus está en que el control no se ejerce contra la voluntad sino a través de ella, rodeándola de condiciones favorables. El gesto es más cercano al algoritmo que al dictador. No ordena: sugiere. No castiga: ajusta. No prohíbe: anticipa. Los Otros resuelven necesidades, eliminan obstáculos, ofrecen un mundo donde el malestar deja de exigir respuesta. El desplazamiento decisivo ocurre a través de Zosia. En esa relación, Carol empieza a leer rasgos humanos –cuidado, deseo, singularidad– donde en realidad hay una función del sistema.
Al humanizar a Zosia, Carol humaniza al conjunto. El bienestar constante no la engaña; lo que la confunde es creer que ese bienestar proviene de alguien, y no de algo. Cuando esa ilusión se quiebra, la individualidad reaparece como problema, no como valor abstracto, sino como límite concreto a un sistema que ya había empezado a ocupar su lugar.

Pluribus: Felicidad, deseo y control en la era del algoritmo
En ese sentido, Pluribus es una distopía contemporánea. Su lógica no se parece a la del totalitarismo clásico, sino a la de las plataformas digitales que gobiernan gran parte de la experiencia cotidiana. El algoritmo no necesita imponerse como autoridad: se presenta como servicio. Aprende de nuestros hábitos, ajusta sus respuestas, elimina fricciones. Promete eficiencia emocional. Promete bienestar. Promete felicidad.
La serie de Vince Gilligan hace explícito este paralelismo cuando los Otros describen la felicidad en términos químicos: serotonina, dopamina, oxitocina. La emoción es reducida a proceso. El malestar, a error de cálculo. La vida interior deja de ser un espacio de conflicto para convertirse en un sistema regulable. El resultado no es la ausencia de emociones, sino su estandarización.
Aquí es donde Pluribus se separa incluso de Huxley. En Un Mundo Feliz, la felicidad es administrada desde un centro de poder reconocible. En Pluribus, el poder está distribuido, diluido, despersonalizado. Zosia no miente, no amenaza, no manipula de forma consciente. Es una interfaz. Una presencia diseñada para acompañar, cuidar, tranquilizar. Como Siri. Como un asistente virtual. Como una aplicación que “quiere lo mejor para vos”.
Carol tarda en entenderlo porque lo que recibe es real. El bienestar no es falso. El placer no es simulado. La felicidad no es una ilusión. Ese es el punto más inquietante de Pluribus: no hay engaño evidente. No hay truco. Hay una propuesta ética distinta. Una que redefine la felicidad como un estado permanente y elimina del horizonte todo aquello que la perturba: la duda, el conflicto, la ambivalencia, la soledad.
Las distopías clásicas advertían sobre el control del pensamiento. Pluribus advierte sobre algo más sutil: la desaparición de la necesidad de pensar. Cuando el sistema responde antes de que la pregunta se formule, la reflexión se vuelve superflua. Cuando el deseo es satisfecho de inmediato, la espera pierde sentido. Cuando el dolor es eliminado, la resistencia deja de tener fundamento emocional.
En ese mundo, la libertad se vuelve irrelevante.
Por eso el conflicto central de Pluribus no es político, sino existencial. No se trata de salvar a la humanidad de una invasión, sino de preguntarse qué queda de lo humano cuando la experiencia es suavizada hasta perder toda realidad.
La felicidad obligatoria funciona así. Disuelve la identidad. No necesita imponer una visión del mundo; la vuelve innecesaria. Todo encaja, todo fluye, todo parece estar en su lugar. El precio es la singularidad.

Manousos: El ruido del sistema
Manousos encarna la resistencia a ese modelo. No porque sea más lúcido, sino porque es incompatible. Su obstinación, su rigidez, su negativa a negociar con el bienestar ofrecido lo convierten en una anomalía. En términos algorítmicos, es ruido. Y el sistema no sabe qué hacer con el ruido, salvo eliminarlo o corregirlo.
Carol, en cambio, ocupa el lugar más interesante: el del sujeto tentado. No es una heroína natural. No es una resistente pura. Es alguien cansada, sola, vulnerable, que descubre que la felicidad puede ser una tregua real. Su decisión final surge de una comprensión tardía: el amor que recibe no es personal, y el cuerpo que habita ya no le pertenece.
Ahí Pluribus se vuelve radicalmente contemporánea. El problema no es la pérdida de libertad abstracta, sino la pérdida del consentimiento concreto. Cuando la felicidad se administra sin pedir permiso, deja de ser un bien para convertirse en una herramienta. Cuando el sistema decide qué te hace bien mejor que vos, la autonomía se vuelve una molestia.

Pluribus: Un futuro sin deseo
En ese sentido, la serie habla del presente extendido. De una cultura que ya no necesita censurar porque distrae. Que ya no necesita reprimir porque seduce. Que ya no necesita castigar porque recompensa. El algoritmo no persigue: acompaña. No vigila: aprende. No ordena: sugiere.
El horror de Pluribus no está en la pérdida del mundo, sino en su mejora. En la posibilidad de que el conflicto humano sea visto como una falla del sistema y no como su motor. En la idea de que la felicidad pueda convertirse en una obligación, y que resistirse a ella sea interpretado como una patología.
Tal vez por eso el final no promete una guerra. La bomba no es una amenaza real: es un gesto desesperado para recuperar fricción, límite, conflicto. Una forma torpe de recordar que la humanidad no se define solo por su capacidad de estar bien, sino por su capacidad de soportar lo que no encaja.
Las distopías del siglo XX temían un futuro sin libertad. Pluribus teme un futuro sin deseo. O peor: un futuro donde el deseo es gestionado, optimizado, satisfecho. Y en ese mundo, la pregunta que queda abierta no es cómo escapar, sino si todavía recordamos por qué querríamos hacerlo.
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