Más Que Rivales: Por qué la serie cambia las reglas de la representación queer en televisión

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¿Qué pasa cuando la TV deja de tener miedo? Más Que Rivales responde con hockey, sexo y seis episodios que redefinen la representación LGBTIQ+ en HBO Max.

Cuando Más Que Rivales (Heated Rivalry) estrenó sus dos primeros episodios en Estados Unidos, algo se quebró. No fue un estremecimiento sutil. Fue una fractura: llegó al número 1 de HBO en menos de 48 horas, los libros de la saga de Rachel Reid se agotaron en Amazon, y los medios de comunicación especializados en cultura queer empezaron a hablar sobre ella como si estuvieran escribiendo el Génesis del Nuevo Testamento LGBTIQ+.

Hay una forma de entender el éxito masivo de una serie que no tiene nada que ver con sus méritos narrativos, ni con la calidad de sus actuaciones, ni con la audacia de sus escenas de sexo. Lo que hace Más Que Rivales de una manera que ninguna otra serie ha intentado con esta convicción es plantear una pregunta: ¿qué pasa cuando la televisión deja de tener miedo?

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Hudson Williams como Shane Hollander en Más Que Rivales de HBO

Más Que Rivales: La serie que convierte el deseo en deporte

La historia de Más Que Rivales es la más simple que exista: dos hombres se desean, no pueden estar juntos, están juntos de todas formas. Shane Hollander (Hudson Williams) es canadiense, estable, meticuloso, la imagen de la marca que vende cereal en los anuncios de televisión. Ilya Rozanov (Connor Storrie) es ruso, volátil, magnético, el tipo de persona que entra en una habitación y la habitación cambia de temperatura.

Los dos juegan en la MLH, la liga de hockey ficcional que Más Que Rivales inventa para no tener que lidiar con la NHL real, y los dos están atrapados en la misma jaula: no pueden ser lo que son en público sin destruir sus carreras. Es un marco que conocemos. Lo que no conocemos es lo que este marco permite cuando una serie decide que mostrar el placer homosexual sin primero haberlo definido a través del sufrimiento.

Para entender por qué Más Que Rivales funciona el modo en que funciona, es necesario entender primero de qué punto de partida sale. La televisión queer norteamericana –y, por extensión, la que influye en el resto del mundo– ha operado durante al menos dos décadas bajo un imperativo no escrito pero absoluto: la representación debe ganarse su lugar mediante la seriedad. El sexo gay en pantalla puede existir, pero debe costar. Debe estar rodeado de tragedia, de represión, de consecuencias devastadoras.

Queer as Folk, que se estrenó en Showtime en el año 2000 y que fue durante varios años la serie gay más provocadora en televisión norteamericana, tuvo una escena de rimming en su piloto. Pero esa misma serie también estaba llena de miedo al SIDA, de agresiones homófobas, de salidas del armario forzadas y de terapias de conversión.

El placer existía, pero estaba envuelto en una espiral de dolor que lo legitimaba. Fellow Travelers, la serie de 2023 con Matt Bomer y Jonathan Bailey, fue igualmente atrevida en sus escenas íntimas, pero la ambientación en los años 50 garantizaba que esa lujuria pudiera existir solo bajo el signo de la desgracia segura.

Más Que Rivales hace exactamente lo contrario. No en el sentido de que sus personajes no enfrenten consecuencias, sino en que esas consecuencias nunca es el punto.

El punto es el deseo mismo. El punto es que Shane e Ilya se miren a través de una sala de vestuarios y que sintamos la electricidad antes de que exista contacto físico entre ellos. El punto es que la cámara se mueva sobre sus cuerpos con una lentitud que tiene más que ver con la admiración que con la exploración y que funciona como un acto de reconocimiento.

En los primeros quince minutos de Más Que Rivales, Ilya se masturba frente a Shane en una ducha colectiva. Shane no se va. Dice “no aquí”, que es otra cosa completamente distinta. Es la primera frase importante de la serie, y la frase más importante que haya dicho un personaje queer en televisión norteamericana en mucho tiempo porque desplaza la pregunta desde el “si” hacia el “cuándo”, y esa desplazamiento transforma todo lo que sigue.

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Más Que Rivales: Una mirada LGBTIQ+ sobre el deporte

El tiempo como recurso narrativo

Una de las críticas más frecuentes que recibió Más Que Rivales es la que tiene que ver con su estructura temporal. La serie salta con agresividad: seis semanas, seis meses, dos años. No hay desarrollo narrativo en el formato convencional. Hay encuentros, y entre encuentros hay vacío, y el vacío es lo que da forma a los encuentros.

Es tentador leer esta estructura como como una señal de que la serie no sabe muy bien qué hacer entre una escena de sexo y la siguiente. Pero hay otra forma de leerlo, y es la que resulta más interesante: la estructura temporal de Más Que Rivales es la estructura del deseo mismo. El deseo no vive en el presente. Vive en la anticipación y en el recuerdo. Vive en el espacio entre dos encuentros, en el silencio entre dos llamadas, en la distancia entre dos ciudades.

La comparación con Challengers, la película de Luca Guadagnino, es inevitable. Hay similitudes obvias: el deporte como escenario de un deseo que excede al deporte, la estructura fragmentada del tiempo, la banda sonora electrónica que acompaña los encuentros. Pero la diferencia fundamental es esta: en Challengers, el deseo existe siempre en relación con un tercero, con la geometría del triángulo. En Más Que Rivales no hay triángulo. El deseo es bilateral, directo, sin mediadores. Y esa negativa a complicar lo simple con psicoanálisis (el deseo es el deseo del otro), es lo que da a la serie su forma más original.

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Más Que Rivales: Intimidad gay para el siglo XXI

Escenas de sexo y políticas del cuerpo en Más Que Rivales

Si hay un elemento en Más Que Rivales con que la serie se justifica a sí misma, es la forma en que dirige sus escenas de sexo. Las escenas no están filmadas de la manera en que la televisión ha filmado históricamente el sexo entre hombres, cuando se ha atrevido a filmarlo: como si fuera un acto que requiere ser registrado desde cierta distancia, desde un ángulo que preserve algo de la pudor. En Más Que Rivales, la cámara está cerca. Demasiado cerca. Cerca de la forma en que estarías cerca si fueras uno de los dos.

Las escenas íntimas no son interrupciones de la trama. Son la trama. Cada encuentro físico dice algo que la diálogo no dice, que los mensajes de texto no transmiten, que los gestos en público no pueden revelar. Hay una dinámica de poder entre Shane e Ilya que se manifiesta primero en el hielo –en quién gana, quién pierde, quién se lesiona– y luego en la cama, donde esa misma dinámica se traduce en un lenguaje físico que es competitivo y tierno a la vez.

Connor Storrie, que interpreta a Ilya, tiene la parte más fácil desde el punto de vista del personaje: Ilya es magnético, dominante en el sentido más obvio, el tipo de persona que llena la pantalla simplemente por estar presente. Hudson Williams, que interpreta a Shane, tiene la parte interesante: Shane es interior, callado, alguien que no habla lo que siente pero lo siente de maneras que el rostro de Williams transmite sin necesidad de palabras. Un ligero movimiento de los labios. Una mirada que pasa a través de otra persona en lugar de detenerse en ella.

Lo que hace Más Que Rivales con estos cuerpos es lo que la televisión queer ha tardado décadas en permitirse hacer: mostrarlos como objetos de deseo sin la carga simbólica de la tragedia, sin el imperativo de que cada momento de placer debe estar equilibrado por un momento de dolor.

Los cuerpos de Shane e Ilya no representan la lucha de la comunidad LGBTIQ+. Son simplemente cuerpos que se desean, que se encuentran, que reaccionan el uno al otro con una intensidad que la serie se permite mostrar porque, en definitiva, esa es la única historia que le interesa contar.

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Más Que Rivales y la cultura del deporte

Hockey, closet y silencio: El mundo real detrás de Más Que Rivales

Detrás de la superficie brillante de Más Que Rivales –los cuerpos, el sexo, la banda sonora sintetizada– hay una capa que merece más atención de la que generalmente recibe la serie, y esa capa tiene que ver con lo que dice sobre el deporte como cultura, como ecosistema social con sus propias reglas no escritas y sus mecanismos de exclusión.

Shane, justo después de su primer encuentro con Ilya, sentado en el borde de la cama de un hotel, dice: “Entonces, ¿no le vas a contar esto a nadie, ¿verdad?” Es una pregunta cargada de miedo, y el miedo no viene de ningún lugar abstracto. Viene de un lugar muy concreto: el hockey profesional -y todos los deportes históricamente asociados a lo masculino- fueron y siguen siendo espacios homofóbicos por definición.

Más que Rivales no necesita demostrarlo. Es algo que está en el aire, en la forma en que los personajes se miran cuando están en un vestuario público, en la forma en que Shane protege sus contratos de publicidad con una meticulosidad que revela todo lo que está en juego si alguien descubre la verdad.

La historia real del hockey y la homosexualidad es más oscura y más compleja de lo que la serie se permite mostrar, y es precisamente esa complejidad la que da peso a la ficción. La NHL lanzó en 2017 su iniciativa Hockey Is For Everyone, un programa que en papel buscaba hacer del deporte un espacio más incluyente para todos, incluyendo la comunidad LGBTQ+.

Fue un movimiento inteligente desde el punto de vista del negocio. Pero por cada paso que dio la liga hacia la apertura, dio otro en dirección contraria. Cuando en enero de 2023 Ivan Provorov, entonces defensivo de los Philadelphia Flyers, se negó a usar una camiseta con los colores del orgullo durante un calentamiento previo al partido –alegando conflictos con sus creencias religiosas–, otros jugadores siguieron su ejemplo en las semanas siguientes. La liga, en lugar de convertir la indumentaria en parte obligatoria del uniforme, la eliminó por completo.

Esta paradoja –un deporte que dice estar abierto a todos pero que en la práctica sigue siendo uno de los espacios más difíciles para los gays– es exactamente el marco en que Shane e Ilya viven sus encuentros. No son personajes ficcionales que existen en un vacío. Son personajes ficcionales que existen en un mundo real.

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Más Que Rivales y un cambio de paradigma en el streaming

Más Que Rivales y la anatomía del deseo televisivo

¿Es suficiente el placer sin el contexto de la tragedia? ¿Puede una historia sobre deseo ser una historia completa si no termina en dolor? Más Que Rivales no responde estas preguntas de manera definitiva. Pero lo que sí hace, y lo hace con una claridad que resulta casi incómoda para alguien acostumbrado a la frigidez del cine y la televisión, es plantearlas. Las plantea sin el escudo de la seriedad literaria, sin la cortina de humo de la tragedia que ha sido durante décadas la única manera de representar la cultura y el deseo LGBTIQ+.

Shane e Ilya no son héroes. No son símbolos. Son dos hombres que se quieren de una forma que el mundo en el que viven no les permite mostrar, y la serie les da seis episodios para mostrarnos exactamente eso. Es la cosa más simple que una serie de televisión puede hacer. Y es, al mismo tiempo, la cosa más valiente que una serie queer ha hecho en mucho tiempo.

DISPONIBLE EN HBO MAX.

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