Los Asesinatos de Idaho: Pesadilla en la Universidad | La historia real detrás del documental de Netflix

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La docuserie Los Asesinatos de Idaho: Pesadilla en la Universidad reconstruye la historia real que convirtió una casa universitaria en uno de los escenarios criminales más recordados de Estados Unidos.

Netflix estrenó Los Asesinatos de Idaho: Pesadilla en la Universidad (Idaho Murders: College Nightmare), una docuserie de tres episodios que reconstruye uno de los crímenes que más conmocionaron a Estados Unidos en la última década: el asesinato de cuatro estudiantes universitarios en una vivienda cercana al campus de la Universidad de Idaho.

La casa ya no existe. La universidad la compró y en diciembre de 2023 la hizo demoler en secreto, de madrugada, como si derribar las paredes pudiera desarmar también lo que pasó adentro. No funcionó. Las casas donde ocurre algo así se vuelven leyenda: la gente sigue manejando hasta la esquina de King Road para sacarse fotos frente a un terreno baldío. El morbo no necesita ladrillos. Necesita una fecha, cuatro nombres y una pregunta sin responder.

Los Asesinatos de Idaho está dirigido por Skye Borgman y con Joe Berlinger como productor ejecutivo, el mismo que se especializa en convertir el expediente policial en objeto de consumo masivo. Tres episodios, metraje de cámaras corporales, mensajes de texto, entrevistas. La fórmula ya es un género en sí mismo: el true crime como forma contemporánea de contar historias de terror, con la ventaja perversa de que no hace falta inventar el monstruo.

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Kaylee Goncalves, una de las victimas de Los Asesinatos de Idaho: Pesadilla en la Universidad de Netflix

Los Asesinatos de Idaho: Pesadilla en la Universidad | Una noche en King Road

La fecha es el 13 de noviembre de 2022. Los nombres son Ethan Chapin, 20 años; Kaylee Goncalves, 21; Xana Kernodle, 20, y Madison Mogen, 21, estudiantes de la Universidad de Idaho, apuñalados mientras dormían en la casa que alquilaban cerca del campus. Dos compañeras sobrevivieron esa noche: Dylan Mortensen y Bethany Funke.

Una de ellas vio, según los documentos judiciales, a un hombre vestido de negro y con una máscara caminando hacia la puerta trasera, y no hizo nada, y con eso alcanza para entender que el terror rara vez avisa con anticipación: llega, se queda parado en el pasillo, y uno duda de sus propios ojos hasta que ya es tarde.

Durante seis semanas, ese pueblo universitario chico vivió con las puertas trabadas y las luces prendidas toda la noche. Se vendieron cerraduras, se vendió gas pimienta, circularon en TikTok teorías delirantes que señalaban a compañeros inocentes. No había arma, no había sospechoso, y esa ausencia es peor que cualquier certeza: el vacío se llena solo, con lo que cada uno tiene más a mano.

Lo que sí había, aunque nadie lo supiera todavía, era una funda de cuchillo de cuero, boca abajo sobre la cama de la casa de King Road, con una gota de ADN masculino en el broche. De ahí en más la historia deja de ser sobrenatural y se vuelve procedimental, casi aburrida en su metodología: la muestra no coincidía con nadie en la base de datos CODIS, así que el FBI recurrió a la genealogía genética: subieron el perfil a sitios públicos de ascendencia y, a partir de él, armó, paciente, un árbol genealógico entero a partir de parientes lejanos que ni sabían que estaban ayudando a atrapar a alguien.

El 27 de diciembre sacaron ADN de la basura de una casa en Pensilvania. El 30 de diciembre de 2022 arrestaron a Bryan Kohberger.

Los Asesinatos de Idaho: Bryan Kohberger y el crimen perfecto

Bryan Kohberger tenía 28 años y hacía un doctorado en criminología en la Universidad Estatal de Washington, a diez minutos en auto de la casa de las víctimas. Antes, de grado, había estudiado en la Universidad DeSales, donde una excompañera lo recuerda en una clase sobre asesinos seriales: dice que dominaba cada discusión, que no dejaba hablar a nadie en los trabajos grupales, que fuera del aula nadie lo veía nunca, como si viviera un poco corrido del resto del mundo.

Ya en Washington, varias estudiantes contaron a la policía que las incomodaba; una dijo que las siguió hasta el auto y le habló con agresividad. Y hay algo que Los Asesinatos de Idaho: Pesadilla en la Universidad exhibe como una pieza de museo del horror doméstico: un cuestionario que Kohberger había publicado en Reddit, dirigido a expresidiarios, preguntando cómo elegían a sus víctimas. Estudiaba el crimen perfecto mientras, según sospechan los investigadores, lo estaba planeando uno.

El acuerdo que evitó la pena de muerte

No hubo juicio. El 30 de junio de 2025 Kohberger aceptó declararse culpable a cambio de que le sacaran la pena de muerte de la mesa, y el 2 de julio respondió “sí” cuatro veces, una por cada víctima, cuando el juez le preguntó si las había matado. El 23 de julio lo condenaron a cuatro cadenas perpetuas consecutivas, sin libertad condicional, más diez años por allanamiento. El juez Steven Hippler dijo lo que todos ya sospechaban: que probablemente nunca se sabría el motivo.

Ese día las familias tuvieron su único cara a cara con él. Como muestra Los Asesinatos de Idaho, Alivea Goncalves, hermana de Kaylee, giró el atril para mirarlo directo y le dijo que no era especial ni misterioso, que a nadie le importaba lo que él pensara de sí mismo. Su padre, Steve, llamó “guardería” a la cárcel donde va a pasar el resto de su vida disconforme con que no recibiera la pena capital. El padrastro de Madison Mogen habló de lo que su hijastra traía a cada reunión familiar y no pudo terminar la frase.

Kohberger no dijo una palabra. No parpadeó. Ese silencio –no el cuchillo, no la funda, no el ADN– es probablemente la imagen más perturbadora de todo el caso: la absoluta negativa a explicarse.

Alivea Goncalves, hermana de Kaylee, giró el atril hacia él y lo enfrentó con dureza, calificándolo de patético y asegurando que nadie lo consideraba especial ni misterioso. Steve Goncalves, padre de Kaylee, llegó a compararlo con una “guardería” al referirse a la prisión, disconforme con que no recibiera la pena capital. El padrastro de Madison Mogen, en cambio, la recordó como alguien que siempre traía alegría a la familia. Del otro lado, la hermana de Xana Kernodle, Jazzmin, reconoció en Los Asesinatos de Idaho que el acuerdo de culpabilidad les ahorró el desgaste emocional de un juicio que podía extenderse durante meses.

Porque ahí está la pregunta que ni Los Asesinatos de Idaho ni el juicio ni tres años de investigación lograron cerrar. ¿Por qué esa casa? ¿Por qué esas cuatro personas? El jefe de policía de Moscow, Anthony Dahlinger, lo admite con una honestidad poco habitual en boca de un policía: dice que nunca van a saberlo.

Como Kohberger se declaró culpable a solo un mes del inicio del juicio, jamás tuvo que explicar su motivo ante un tribunal, y eso es algo que Los Asesinatos de Idaho: Pesadilla en la Universidad no puede resolver por más acceso que tenga a la investigación. Para Jeff Kernodle, padre de Xana, esa falta de respuestas es la herida que sigue abierta: sostiene que Kohberger debería explicarles a todos los padres por qué lo hizo.

Y a los pocos días del estreno de Los Asesinatos de Idaho, Kohberger decidió complicar todavía más el final feliz que Netflix necesitaba para su tercer episodio: llamó a The New York Times desde la cárcel de máxima seguridad al sur de Boise donde cumple condena y anunció que había presentado una petición para anular su propia declaración de culpabilidad. Dice que es inocente. Dice que algo salió mal en las negociaciones. La familia Goncalves respondió comparándolo con un mosquito imposible de espantar del todo.

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Bryan Kohberger, el asesino de Los Asesinatos de Idaho: Pesadilla en la Universidad de Netflix

Los Asesinatos de Idaho: Pesadilla en la Universidad | Lo que aporta el documental de Netflix

A diferencia de otras producciones que ya habían abordado el caso –como One Night in Idaho: The College Murders, de Prime Video, estrenada en julio de 2025–, Los Asesinatos de Idaho: Pesadilla en la Universidad de Netflix se apoya en material policial inédito, incluidas horas de metraje de cámaras corporales, para reconstruir la investigación paso a paso. Borgman y Berlinger optaron por centrar la narración en Ethan, Kaylee, Xana y Madison como personas, no solo como víctimas de un expediente judicial, entrevistando a quienes los conocieron para mostrar quiénes eran antes de esa madrugada de noviembre.

Tres años y medio después del crimen, con Kohberger cumpliendo cadena perpetua y disputando ahora su propia confesión, el caso vuelve a estar en el centro de la conversación pública. Los Asesinatos de Idaho no ofrece el motivo que las familias siguen esperando, pero deja en claro algo que todas las voces del caso repiten: la investigación resolvió el cómo, pero probablemente nunca se sabrá el porqué.

Pero lo interesante –si hay que buscarle una capa a esta historia que no sea puro morbo– es que Kohberger no encaja en ningún arquetipo cómodo. No hay antecedentes de violencia, dijo el fiscal en la conferencia de prensa posterior a la sentencia. No hay un patrón previo que lo delate.

Es, como tantos hombres que ejercen violencia extrema contra mujeres, alguien que aprendió a pasar completamente desapercibido hasta el momento en que dejó de hacerlo. Los Asesinatos de Idaho: Pesadilla en la Universidad elige, con inteligencia, no darle a él el centro del relato: prefiere mostrar a Ethan, a Kaylee, a Xana y a Madison antes de esa noche, vivos, con voz propia, resistiéndose a quedar reducidos a un número de expediente.

La casa ya no está. El misterio, en cambio, sigue de pie, y probablemente va a seguir así para siempre: sin techo, sin paredes, ocupando el mismo lugar exacto donde antes había un dormitorio.

DISPONIBLE EN NETFLIX.

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Apolina Bangs

Apolina Bangs es Licenciada en Periodismo Cultural y crítica de cine con base en Barcelona. Con una trayectoria consolidada en el análisis de tendencias globales de cine y streaming, colabora habitualmente en diversas publicaciones de cultura y artes visuales en Europa y Latinoamérica. Cuando no está consumiendo cantidades excesivas de cultura pop, Apolina lee: desde Bukowski a Cortázar, pasando por su amado Lester Bangs. Es crítica residente de Plano Americano y una incansable defensora del cine independiente. Contacto: apolinabangs@planoamericano.com

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