Durante siglos, la palabra “samurái” condensó una idea de orden, jerarquía y violencia ritualizada. En Japón, ese orden empezó a resquebrajarse mucho antes de que Shujiro Saga –el protagonista de El Último Samurái en Pie– avance solo en el barro de la batalla de Toba–Fushimi. Lo que la serie convierte en un prólogo vertiginoso fue, en la historia real, una fractura profunda: el final del shogunato Tokugawa y el comienzo de la Restauración Meiji. Una guerra civil breve, decisiva, que reposicionó al emperador, abrió las puertas a la modernización y empujó a la clase guerrera a un abismo inesperado. Ese abismo es el verdadero suelo de la serie.

El contexto histórico real de El Último Samurái en Pie
En el Japón de fines del siglo XIX, la Historia avanzaba con la violencia ciega de la pólvora, y nadie sabía si debía correr, resistir o aprender a caminar dentro del humo. El Último Samurái en Pie toma a un guerrero arrasado por el tiempo y lo lanza a un juego de supervivencia sin reglas, parte de esa sensibilidad: la de un mundo que se extingue mientras sus habitantes intentan aferrarse a los restos de un orden que ya no existe. La ficción se vende como un thriller, pero lo que late por debajo es la crónica de un derrumbe. El derrumbe de una clase, de una cultura, de una manera de entender el honor y la vida.
La batalla de Toba–Fushimi y el inicio del fin del Japón feudal
Si bien Shujiro Saga es un personaje ficticio, el período de El Último Samurái en Pie es concreto: la década posterior a la Guerra Boshin (1868-1869), cuando las fuerzas del shogunato Tokugawa fueron derrotadas por ejércitos leales al emperador Meiji. La serie abre con la Batalla de Toba–Fushimi, el combate que selló la caída del viejo régimen y la entrada de Japón en un proceso de reformas que deshizo en pocos años siglos de jerarquías.
Los samuráis –que durante generaciones monopolizaron la violencia legítima, la administración local y buena parte del imaginario nacional– pasaron de ser la columna vertebral del país a convertirse en un cuerpo sobrante. Un país que se modernizaba con ferocidad no tenía lugar para ellos. Y ahí empieza la historia real detrás de la ficción.
En ese Japón en transición, las reformas del nuevo gobierno desataron un terremoto social: la abolición de los dominios feudales, la creación de un ejército nacional reclutado entre plebeyos, la apertura forzada a tecnologías y costumbres occidentales, la eliminación del derecho a portar espada. Para quienes habían nacido para empuñar una katana, la orden era una humillación imposible de procesar. Muchos quedaron desempleados, otros se lanzaron al bandolerismo o se enrolaron en trabajos degradados. Entre 1870 y 1880 se multiplicaron los levantamientos samuráis: el motín de Hagi, la revuelta de Saga, la rebelión de Satsuma liderada por Saigō Takamori, el último romántico dispuesto a morir por un mundo que ya no podía volver.
Cómo la Restauración Meiji transformó la vida de los samuráis
El Último Samurái en Pie se sitúa justo ahí, en 1878, cuando el país intenta consolidar una modernidad que no todos aceptan. El protagonista, Shujiro Saga, pertenece a esa generación derrotada que carga con las cicatrices del campo de batalla y con la evidencia de que la valentía ya no tiene valor de mercado.
La serie dramatiza el proceso histórico con una alegoría brutal: un kodoku, un torneo de muerte inspirado en un ritual folclórico donde varios seres vivos eran encerrados en un frasco hasta que sólo quedaba uno. En la ficción son 292 participantes obligados a matarse entre sí para avanzar en una ruta vigilada desde Kioto hasta Tokio. La recompensa: una suma de dinero que ni siquiera existía en esa época, pero que funciona como símbolo de otra transición: la de un país que reemplaza prestigio por capital, honor por supervivencia económica.

El origen del kodoku: Historia, mito y reinterpretación en la serie
La referencia histórica es menos literal que emocional. El kodoku nunca existió como mecanismo estatal ni como castigo para samuráis empobrecidos. Pero lo que sí existió –y moldeó el imaginario de la serie– fue la sensación de exterminio, de competencia salvaje, de un futuro que sólo permitiría que sobrevivieran unos pocos. La modernización Meiji, por más celebrada que sea en retrospectiva, fue un proceso despiadado para quienes quedaron fuera del nuevo contrato social. Y en ese espejo se mira la ficción: en cómo una cultura se quiebra cuando se le quita su fundamento.
El Último Samurái en Pie, basada en la novela histórica Ikusagami de Shogo Imamura, recrea la época con una mirada contemporánea: cuerpos exhaustos, batallas filmadas con un virtuosismo que busca romper el molde del jidaigeki clásico, mujeres que escapan del rol ornamental reservado por décadas a los relatos samuráis. Pero su fuerza está en la lectura política del momento. El protagonista, empujado al torneo por la miseria y la enfermedad de su familia, es la síntesis del colapso: un hombre formado para la guerra que debe vender su vida para comprar medicina. No es un héroe épico: es el retrato de un sector social que, al perder su función, pierde su identidad.
El contexto histórico de El Último Samurái en Pie agrega capas a la serie. La epidemia de cólera de 1877-1879, que efectivamente azotó Japón, mató a cientos de miles –se estima un millón de infectados y más de cien mil muertos– y puso en evidencia las fragilidades del nuevo orden: un Estado obsesionado con modernizarse pero incapaz de proteger a su población más vulnerable. Este dato, retomado en la serie, convierte la tragedia familiar del protagonista en un síntoma mayor: en Japón, modernización no siempre significó bienestar. Muchas veces significó desigualdad, abandono, ruptura.
En El Último Samurái en Pie, también resuena la memoria de la violencia interna del período Meiji. Los samuráis no fueron simplemente víctimas: varios participaron en masacres, en campañas represivas, en choques sangrientos contra campesinos. La serie suaviza ese aspecto para construir un personaje con el que se pueda empatizar, pero la Historia es menos complaciente: la caída del sistema no fue sólo el fin de una tradición noble; fue la consecuencia de siglos de rigidez política y militarización del poder.
Fujii, el director de El Último Samurái en Pie, habla de “actualizar el jidaigeki”. Y lo hace no sólo estilísticamente: lo actualiza porque entiende que la historia de una clase expulsada de su lugar también es la historia de cualquier país que se transforma demasiado rápido. La pregunta que articula la serie –¿cómo se sobrevive cuando todo lo que te definía desaparece?– es tan del siglo XIX como del XXI. Japón hoy enfrenta problemas distintos: precarización laboral, crisis demográfica, tensiones identitarias frente a Occidente. Pero el eco emocional es el mismo que en 1878: la angustia de no saber si uno pertenece al país que está naciendo.

El Último Samurái en Pie: crisis, identidad y supervivencia samurái
Ahí está la eficacia de El Último Samurái en Pie: en presentar la extinción del samurái no como una postal museística sino como un drama contemporáneo. En usar el pasado para pensar el presente sin convertirlo en discurso. Y en filmar un torneo imposible para contar algo real: la lucha desesperada por no hundirse cuando el mundo cambia de golpe.
El atractivo de El Último Samurái en Pie –que renovó para una temporada 2– no está en su precisión histórica sino en su capacidad para leer la Historia como un campo minado donde cada decisión individual revela una fractura colectiva. La serie exagera, estiliza, condensa. Pero al hacerlo ilumina un momento que en Japón todavía incomoda: la certeza de que la modernidad vino acompañada de pérdidas irreparables.
Si su protagonista avanza con la espada en alto no es para defender un pasado perfecto, sino para atravesar un presente que lo expulsa. En esa tensión –entre la dignidad y la desesperación, entre la épica y el hambre–está el corazón del verdadero relato detrás de la ficción. Y en esa tensión, también, el recuerdo de un país que cambió para siempre mientras muchos intentaban, como Shujiro, seguir siendo alguien en medio del polvo.
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