El estreno de Secuestros: Elizabeth Smart en Netflix trae de vuelta un caso que estremeció a Estados Unidos en 2002. El documental avanza sobre los hechos, el proceso de búsqueda y la experiencia de quien fue raptada siendo adolescente.
Elizabeth Smart tenía 14 años cuando fue secuestrada en la madrugada del 5 de junio de 2002. El impacto mediático y social fue inmediato. La desaparición de una menor en un vecindario residencial detonó una de las búsquedas más intensas de la historia reciente del país, con miles de pistas y un operativo policial desbordado.
Smart permaneció cautiva durante nueve meses. Secuestros se construye a partir de su testimonio actual, declaraciones de su familia y de los investigadores que trabajaron el caso, además de material de archivo que no había sido objeto de circulación pública hasta ahora.
En un contexto saturado de producciones sobre crímenes reales, Secuestros: Elizabeth Smart opta por una perspectiva precisa: desplaza el eje del perpetrador y coloca el relato en la vivencia de la víctima y en el impacto prolongado que el cautiverio dejó en el tiempo, más allá del momento del rescate.

Elizabeth Smart y la noche del secuestro
El documental de Netflix comienza con la madrugada del 5 de junio de 2002. Elizabeth Smart dormía en su habitación junto a su hermana menor, Mary Katherine, cuando un hombre armado ingresó por una ventana. La amenaza fue directa: si gritaba, la mataría.
Mary Katherine, en estado de shock, logró alertar a sus padres. Al principio, creyeron que se trataba de un mal sueño. La certeza llegó al encontrar una ventana forzada y una de sus hijas desaparecida. Desde ese momento se puso en marcha una búsqueda que involucró a la policía local, al FBI y a los medios nacionales.
El secuestrador, Brian David Mitchell, era un hombre criado dentro de la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días, pero con los años se apartó de esa comunidad y desarrolló creencias religiosas propias. Se proclamaba profeta y predicaba una doctrina personal, prácticas que derivaron en su excomunión. En ese contexto adoptó el nombre Emmanuel David Isaiah, con el que se presentaba como predicador.
Elizabeth Smart fue llevada a un campamento en la montaña, donde también se encontraba Wanda Barzee, esposa de Mitchell. Desde el inicio, el control se ejerció mediante amenazas, aislamiento y una lógica de sometimiento sostenida en un discurso religioso.
Las descripciones del cautiverio que presenta el documental no evitan los detalles que son centrales para entender la experiencia: privación de libertad, manipulación psicológica, violencia sexual reiterada y amenazas constantes.
Durante ese período estuvo disfrazada, moviéndose con sus captores y ocultando su identidad. A pesar de haber estado relativamente cerca de zonas urbanas en varias ocasiones, nadie la identificó hasta que una difusión mediática masiva permitió reconocer a los secuestradores y alertar a las autoridades.
La búsqueda, la identificación y el rescate
Mientras Elizabeth permanecía cautiva, su familia tomó un rol activo en la investigación. Ante la falta de avances visibles, decidieron difundir por su cuenta el identikit del secuestrador realizado con las descripciones que aportó Mary Katherine. Esa decisión fue determinante. Un hombre reconoció en el dibujo a su cuñado y aportó información clave a la policía.
El 12 de marzo de 2003, una llamada al 911 alertó sobre un grupo que caminaba por una ruta de Utah vestido con túnicas blancas. Las imágenes coincidían con las difundidas en televisión. Cuando la policía interceptó al grupo, identificó a Elizabeth Smart.
El caso produjo una compleja secuencia judicial. Mitchell fue finalmente condenado a cadena perpetua sin posibilidad de libertad condicional por el secuestro, abuso sexual y otros cargos relacionados con la violencia que ejerció sobre Smart. Barzee recibió una pena de 15 años, fue liberada en 2018 y volvió a estar bajo supervisión legal en 2025 por violaciones a las condiciones de su libertad.
El documental incorpora testimonios de figuras diversas: desde investigadores que explican la lógica detrás de cada pista hasta familiares que describen la tensión de vivir con la ausencia prolongada de una hija. También se da lugar al recuerdo de errores, confusiones y sospechas, como haber considerado inicialmente la posibilidad de que el secuestro hubiera sido perpetrado desde el propio entorno familiar, hipótesis que la policía barajó en los primeros días.
Secuestros: Elizabeth Smart | Relato, memoria y consecuencias
Una dimensión central de Secuestros: Elizabeth Smart es la reflexión sobre lo que siguió al rescate. Más allá de la cobertura mediática y del proceso judicial, el documental dedica una parte sustancial a la reconstrucción personal y emocional de Elizabeth Smart. Ella misma explica por qué decidió contar su historia ahora: no solo para documentar los hechos, sino para dar contexto a lo que vivió y ofrecer un punto de referencia para otros sobrevivientes.
Smart habla de la culpa, del miedo y del silencio que suele rodear a las víctimas de abuso. Terminó la escuela, obtuvo un título universitario, formó una familia y creó una fundación dedicada a la asistencia de sobrevivientes de violencia sexual.
Secuestros: Elizabeth Smart también examina las reacciones de quienes la buscaron y la encontraron: los ciudadanos que hicieron la llamada que condujo al rescate, los agentes que procesaron pistas contradictorias y los familiares que vivieron el proceso con altos niveles de exposición pública. Esa diversidad de voces aporta capas distintas al relato, mostrando que un caso así no es el resultado de una sola perspectiva, sino de múltiples actores que operan en contextos de incertidumbre y urgencia.
El documental no reduce el caso a una historia de horror resuelta. Lo coloca en una trayectoria más amplia: cómo una comunidad responde, cómo una familia enfrenta la ausencia prolongada de una hija y cómo una víctima reconstruye su vida cargando las consecuencias que se extienden mucho más allá del secuestro.
DISPONIBLE EN NETFLIX.




