El Falsario, la película de Netflix ambientada en uno de los períodos más convulsos de la historia italiana reciente, toma como punto de partida una figura real: Antonio Chichiarelli, pintor y falsificador cuya trayectoria quedó ligada a algunos de los episodios políticos más oscuros del país. Dirigida por
Stefano Lodovichi, la ficción se apoya en hechos documentados, pero adopta una forma narrativa que mezcla reconstrucción histórica, dramatización y zonas deliberadamente opacas.
Después de explorar el imperio del porno con Sra. Playmen, Netflix vuelve con El Falsario a la Roma de los años 70, durante los llamados Años de Plomo, marcados por el terrorismo de extrema izquierda y extrema derecha, la violencia política y la intervención de estructuras estatales y criminales. En ese contexto aparece Chichiarelli, retratado como un artista sin estabilidad económica, ajeno a las militancias ideológicas de su entorno, pero dotado de una habilidad técnica que lo convierte en una pieza útil para actores muy distintos entre sí.
La película no se presenta como una biografía tradicional. El Falsario utiliza la figura de Chichiarelli (Pietro Castellitto) para recorrer una trama mayor, donde la falsificación artística funciona como metáfora práctica: documentos, comunicados y pruebas manipuladas en un país atravesado por la desconfianza. El relato avanza sobre hechos reales, pero también expone las grietas de un período histórico donde muchas certezas siguen en discusión.

El Falsario y el caso real de Antonio Chichiarelli
Antonio Chichiarelli existió y su nombre aparece en los registros judiciales italianos asociado a dos episodios centrales. El primero es la falsificación de un comunicado atribuido a las Brigadas Rojas durante el secuestro de Aldo Moro en 1978. El segundo, el robo a los depósitos de Brink’s Securmark en Roma en 1984, uno de los asaltos más grandes de la época.
Según las investigaciones periodísticas en las que se basa El Falsario, Chichiarelli era un pintor con formación clásica que sobrevivía realizando retratos y copias de obras célebres. Esa destreza lo llevó a vincularse con galeristas, intermediarios del mercado ilegal de arte y, más tarde, con integrantes de la Banda della Magliana, una organización criminal que expandió su influencia en la capital italiana durante esos años.
El episodio más conocido de su historia ocurre en abril de 1978. En pleno secuestro de Aldo Moro, ex primer ministro y figura central de la Democracia Cristiana, aparece un comunicado que anuncia falsamente su suicidio y sitúa el supuesto cuerpo en el lago de la Duchessa. El texto, fechado el 18 de abril, no provenía de las Brigadas Rojas. Era una falsificación atribuida a Chichiarelli.
El objetivo del documento, según distintas hipótesis, no era cerrar el caso sino forzar una reacción: obligar a los secuestradores a desmentir la información y confirmar que Moro seguía con vida. También funcionaba como una prueba de clima político, midiendo la reacción de la opinión pública y de las instituciones frente a una noticia de ese calibre.
El Falsario dramatiza ese encargo como una operación impulsada desde sectores del Estado, representados por un funcionario policial conocido como “el Sastre”. Si bien la identidad de estos intermediarios nunca fue establecida con claridad, los vínculos entre servicios de inteligencia, fuerzas de seguridad y operaciones encubiertas forman parte del debate histórico sobre el caso Moro.
El secuestro y la muerte de Aldo Moro
La figura de Aldo Moro ocupa un lugar central en El Falsario. Su secuestro y asesinato marcaron un antes y un después en la política italiana. Moro era uno de los principales impulsores del llamado “compromiso histórico”, un acercamiento entre la Democracia Cristiana y el Partido Comunista Italiano que generaba resistencias tanto dentro como fuera del país.
Las Brigadas Rojas lo secuestraron el 16 de marzo de 1978 y lo mantuvieron cautivo durante 55 días. Durante ese período circularon comunicados, negociaciones fallidas y operaciones paralelas que aún hoy generan controversia. El falso comunicado firmado por Chichiarelli se inserta en ese clima de desinformación y maniobras cruzadas.
La mención al suicidio no era casual. En ese momento, todavía estaba fresca la noticia del suicidio colectivo de miembros de la Fracción del Ejército Rojo alemán en la prisión de Stammheim, un episodio ampliamente difundido por la prensa internacional. La referencia podía leerse como una provocación simbólica y como un mensaje cifrado hacia distintos actores políticos.
Moro fue asesinado el 9 de mayo de 1978. Su cuerpo apareció en el baúl de un auto en el centro de Roma. El Falsario muestra a Chichiarelli enterándose del desenlace como un ciudadano más, siguiendo a la multitud que se acerca al lugar. Esa decisión narrativa subraya un rasgo clave: pese a su participación en una operación relevante, Chichiarelli nunca fue un protagonista político, sino un instrumento prescindible.
El Falsario: Antonio Chichiarelli, entre el arte y la falsificación
Uno de los ejes de El Falsario es la relación entre la falsificación artística y la falsificación política. Antonio Chichiarelli copiaba obras de Bernini o Jacques-Louis David con la misma precisión que imitaba el lenguaje y la tipografía de un comunicado revolucionario. La película insiste en esa continuidad técnica más que en cualquier motivación ideológica.
El personaje carece de afiliación política estable. No comparte la militancia de su amigo Fabiano, vinculado a las Brigadas Rojas, ni la vocación religiosa de Vittorio, el sacerdote que también forma parte de su círculo. Su ambición es individual: reconocimiento, dinero, validación de su talento. Esa falta de anclaje lo vuelve funcional a distintos poderes, pero también lo deja sin protección.
Tras el caso Moro, Chichiarelli continuó operando en los márgenes, produciendo documentos falsos y obras apócrifas. Su nombre vuelve a aparecer en 1984, con el robo a Brink’s Securmark. Del depósito romano desaparecieron 35 mil millones de liras, una suma equivalente a unos 21 millones de dólares de la época.
En el lugar del robo se encontraron pistas diseñadas para desviar la investigación: símbolos, documentos y hasta una foto de Aldo Moro. Todo indicaba una puesta en escena. Para algunos periodistas, ese robo fue una forma de ajuste de cuentas. Chichiarelli habría intentado devolver, a su manera, el uso que el Estado hizo de sus habilidades durante el secuestro.
El último golpe y una muerte sin respuestas
El Falsario conecta el robo de 1984 con un último movimiento de Chichiarelli: asegurar su independencia económica y preparar una salida de Roma junto a su pareja. En paralelo, introduce un elemento de ficción basado en versiones periodísticas: la posesión de los escritos completos de Aldo Moro durante su cautiverio, documentos que nunca fueron publicados íntegramente.
En el relato, esos papeles funcionan como garantía de supervivencia. Mientras el Estado no sepa dónde están, Chichiarelli sigue siendo útil. El Falsario muestra cómo esa seguridad es frágil y depende de lealtades que se erosionan. La traición no proviene de las estructuras de poder, sino del círculo íntimo.
Antonio Chichiarelli murió a fines de 1984, pocos meses después del robo. Fue asesinado a tiros en circunstancias nunca aclaradas del todo. El caso quedó abierto a especulaciones, como tantos otros episodios de los años de plomo. La película replica esa ambigüedad y la integra a su tono general.
El Falsario no busca resolver el misterio ni ofrecer una verdad definitiva. Utiliza un personaje real para explorar una época en la que el límite entre delito, política y razón de Estado era poroso. La historia de Chichiarelli queda así como una pieza menor dentro de un entramado mayor, donde la falsificación no era una anomalía, sino una herramienta habitual.
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