Vladimir es la adaptación de la novela debut de Julia May Jonas publicada en 2022, y llega a Netflix como una de las apuestas más raras de la plataforma en lo que va del año. Una serie sobre el deseo suspendido, con Rachel Weisz como una profesora de literatura inglesa entrada que se obsesiona con su nuevo colega más joven –Vlad, interpretado por Leo Woodall, el actor que salió de The White Lotus con suficiente capital para convertirse en objeto de fantasía televisiva– mientras su marido atraviesa un escándalo público por sus relaciones con ex alumnas. Ocho episodios de treinta minutos. Cuatro horas en total para ver a una mujer desarmarse en cámara lenta.
Hay una película que Julia May Jonas citó como referencia cuando le preguntaron por el lenguaje visual de Vladimir. No fue una de las que suelen aparecer en las listas sobre “la mirada femenina”. Fue La Edad de la Inocencia, lo más erótico de la filmografía de Martin Scorsese. “¿Qué puede ser mejor que alguien que te desea tan desesperadamente que ni siquiera necesita que te saques la ropa?”.
Vladimir: Rachel Weisz y la complicidad de la cámara
Jonas es dramaturga y profesora universitaria. Debutó en la novela en 2022 y llegó a Netflix sin haber escrito para televisión. Eso explica algunas decisiones para el formato, entre ellas la protagonista habla directo a cámara durante toda la serie, un recurso que funcionó perfectamente en Fleabag. “Lo pensamos como: ¿qué pasa si tenemos a alguien hablando a cámara pero que siempre está girando la historia de una manera en que no sabés realmente si eso es la verdad o no?”, explicó Jonas en una entrevista a IndieWire.
La protagonista no miente al espectador porque sea manipuladora. Miente porque el deseo le está borrando el contorno de lo que ocurre a su alrededor. “Cuando adoptamos esa perspectiva –que puede ser amplificada por la lujuria, el estrés o lo que sea– podemos perder de vista la realidad, podemos perder de vista a los demás y podemos perdernos a nosotros mismos”, dijo.
El dispositivo de Vladimir tiene una consecuencia narrativa concreta: mientras la protagonista construye su caso ante la cámara, el espectador ve lo que ella no cuenta. Para compensar la brevedad del formato, Jonas comprimió en cuatro horas el arco de una académica que parece tenerlo todo bajo control hasta convertirse en “una mujer de mediana edad tomando una serie de malas decisiones”: deja de escribir una carta de recomendación, ignora a una ex alumna del marido que presentó una queja formal, se distancia de todo lo que no sea Vlad.

Vladimir: La serie de Netflix para la era post #MeToo
El marido es John Slattery. Aquí el personaje tiene la misma arquitectura cínica que en Mad Men. El problema no son sus relaciones con ex alumnas: el matrimonio es abierto y eso está acordado. El problema es que el escándalo se hizo público, y lo público tiene consecuencias que lo privado no tiene. Ese matiz, que podría haberse convertido en el centro de Vladimir, queda al margen. Jonas no está haciendo una serie sobre la institución universitaria ni sobre los mecanismos del #MeToo. Está haciendo una serie sobre lo que una mujer hace con su cabeza cuando algo –o alguien– interrumpe el orden que ella misma construyó.
Vlad es ese alguien. Escritor de ficción, de origen ruso, recién llegado a la universidad. Woodall lo interpreta con la suficiencia de quien sabe que está siendo mirado. Las secuencias de fantasía –abrazos furtivos, manos que tiran de ropa, cortes antes de cualquier consumación– son breves y están filmadas con la misma contención que Jonas tomó de Scorsese: el deseo como algo que se acumula y no se resuelve, que gana intensidad porque no avanza.
“En términos de la intimidad, cuando se trata de la protagonista y Vladimir, es bastante apacible. Hay mucha imaginación, mucho anhelo y deseo”, dijo Jonas. La apuesta es que ese anhelo sin descarga sea más perturbador que cualquier escena explícita. La Edad de la Inocencia funciona como modelo porque su erotismo no depende de lo que ocurre sino de lo que podría ocurrir y no ocurre. Vladimir apuesta a lo mismo: que el espectador sienta la tensión acumulada de una mujer que sabe perfectamente lo que quiere y elige, de todas formas, no tomarlo directamente.
Vladimir: Julia May Jonas y el debate universitario
La pregunta era predecible: si hoy, con algunos años de perspectiva desde la escritura del libro, Jonas habría modificado elementos de la historia o suavizado su tono. La respuesta fue directa. “Las dinámicas sexuales y de poder que ocupan zonas grises van a ser banales en términos de nuestra capacidad de lidiar con ellas”, dijo Jonas. Y aclaró el territorio en el que quiere operar: “Simplemente no creo que la serie ni el libro sean una forma de activismo, porque no creo que el arte sea muy efectivo en eso. Me interesa más un personaje que reacciona a eso de una manera muy específica dentro de circunstancias individuales, mirando sus decisiones morales”.
Vladimir llega en un momento en el que el #MeToo ya no es una conversación urgente. Lo desplazaron la guerra, la inflación, el segundo mandato de Trump y su ofensiva contra las universidades: recortes de financiamiento federal, demandas, agentes de ICE deteniendo estudiantes internacionales en los campus. Frente a eso, los conflictos internos de la academia empiezan a parecer asuntos de otro tiempo.
Esa distancia explica por qué el libro y la serie son cosas distintas. La novela fue escrita en 2022, en un clima más tenso. La serie llega cuando las emociones se enfriaron, y eso le permite a la adaptación tratar a sus personajes masculinos –el marido que tuvo sexo con alumnas, el colega joven y seguro de sí mismo– con una humanidad que en 2022 hubiera resultado más difícil de sostener.
Vladimir entra en la línea de Rooster, la nueva serie de HBO con Steve Carrell, que comparte el campus de artes liberales, profesores que se comportan como adolescentes, estudiantes que denuncian microagresiones mientras los adultos protagonizan los verdaderos escándalos. Ambas series miran con escepticismo la tendencia a tratar a los estudiantes universitarios como seres frágiles que podrían quedar dañados de por vida por las ambigüedades del mundo adulto. Que dos series con esa mirada aparezcan simultáneamente en Netflix y HBO es un síntoma de hacia dónde se corrió el centro.
Lo que ninguna de las dos toca es el clima de miedo real que hoy atraviesa la academia estadounidense: la vigilancia administrativa en las aulas, los ataques a la libertad de cátedra, el desfinanciamiento desde el gobierno federal. Vladimir transcurre en una universidad de fantasía donde el mayor problema sigue siendo quién durmió con quién. Eso puede leerse como evasión o como una decisión deliberada de Jonas de no convertir su serie en un manifiesto sobre algo que cambia demasiado rápido para que la ficción lo procese.
Vladimir está mayormente desinteresada en los fallos del sistema universitario o en la ética de las relaciones entre docentes y estudiantes. Lo que mueve Vladimir es otra cosa: el deseo de la protagonista, sus fantasías sobre Vlad, su deriva hacia las zona roja del deseo en la mediana edad.





