El regreso de Vince Gilligan a la televisión con Pluribus tiene algo de exorcismo. Tras casi dos décadas en el desierto moral de Breaking Bad y Better Call Saul, el creador cambió el laboratorio y la sala del tribunal por un virus que promete la paz total. Apple TV estrenó la serie con dos episodios y una premisa desconcertante: el fin de la humanidad llega cuando todos se vuelven amables.
Rhea Seehorn interpreta a Carol Sturka, una escritora que sobrevive a la catástrofe y observa cómo la gente –incluida su esposa– se disuelve en una masa sonriente que solo desea “ayudar”. En ese mundo, la empatía es contagiosa y la soledad se convierte en resistencia. Lo que sigue es una parábola sobre la pérdida de individualidad y la violencia de lo colectivo, contada con el tono de una comedia negra disfrazada de ciencia ficción apocalíptica.
Gilligan imaginó Pluribus mucho antes de la pandemia y de la fiebre por la Inteligencia Artificial (IA). Durante los años de Better Call Saul, la idea lo acompañaba en sus caminatas por Toluca Lake: un protagonista que, de pronto, es rodeado por un mundo que lo adora hasta anularlo. “Pensaba en alguien a quien todos le ofrecen su vida”, recordó. El germen era un cuento moral sobre el amor y el control, sobre cómo incluso el bien absoluto puede ser destructivo.
Pluribus desarrolla esa intuición con un tono deliberadamente ambiguo. Cuando un grupo de científicos recibe una señal extraterrestre que contiene una secuencia de ARN, el experimento se desborda y la humanidad queda unida por una conciencia común: “La Unión”. Solo doce personas permanecen inmunes. No hay zombies ni violencia explícita; hay cortesía, cooperación, una serenidad inquietante. El poder se disfraza de armonía. Y Carol, la única que parece ver la amenaza, se convierte en una figura contradictoria: la última disidente de un mundo perfecto.

Pluribus y el malestar de la felicidad
La elección de Seehorn no es casual. Gilligan escribió el personaje para ella mientras filmaban la última temporada de Better Call Saul. La actriz interpreta a Carol como una mujer incapaz de disfrutar, irritada por la obligación de estar bien. “Es una bomba emocional”, dice. Su infelicidad es lo que la salva: en el universo de Pluribus, la tristeza es una forma de lucidez.
La serie plantea una pregunta incómoda: ¿por qué resistir un mundo sin sufrimiento? Un sobreviviente le pregunta a Carol: “¿Por qué el mundo necesita ser salvado?”. Esa duda atraviesa la historia como un eco filosófico. La felicidad universal aparece como una forma extrema de sometimiento.
Gilligan invierte el mito clásico del apocalipsis. Aquí no hay castigo ni expiación, sino una amabilidad que todo lo absorbe. La humanidad se convierte en un organismo que respira al unísono y elimina la diferencia. En ese contexto, la protagonista no lucha por sobrevivir, sino por conservar su identidad. En la tradición del género, es una hereje que defiende el derecho a ser infeliz.
Aunque Pluribus utiliza los códigos del thriller, su conflicto central es moral. Gilligan ya había explorado la transformación del hombre común en Breaking Bad, pero ahora el dilema no es el poder ni la ambición, sino la rendición. Carol es lo opuesto a Walter White: no busca dominar al mundo, sino mantenerse al margen. En una época saturada de ficciones sobre la autodestrucción, Pluribus imagina la extinción como una tregua.

Vince Gilligan y Rhea Seehorn: La humanidad como error necesario
Gilligan suele decir que el héroe es una especie en peligro. Después de años escribiendo antihéroes, quiso recuperar la idea de una bondad posible. “En este momento de la historia necesitamos más héroes”, afirmó. Pero Pluribus no ofrece redenciones sencillas. Su protagonista no es noble ni altruista: es inepta, colérica, vulnerable. La serie defiende que incluso la bondad necesita conflicto, que no hay virtud sin imperfección.
Esa visión se traduce en la puesta en escena. Los escenarios de Albuquerque vuelven, pero ya no son el desierto moral de Breaking Bad, sino un territorio luminoso donde el peligro es invisible. La fotografía acentúa esa paradoja: una catástrofe que brilla.
Seehorn sostiene la ambigüedad con una interpretación seca, casi contenida. Su gesto escéptico frente a la euforia general es el punto de apoyo de toda la historia. “Lo que más me interesa de Carol es que se equivoca”, dijo la actriz. “Su rebeldía tiene un costo.” Ese costo es la culpa: sus estallidos emocionales matan, literalmente, a millones, cuando la colmena se detiene ante su negatividad.
Gilligan asume que Pluribus es una extensión natural de su carrera, pero también un desvío. Después de pasar quince años en los márgenes de la moral, quiso probar si aún era posible contar historias sobre el bien. El resultado es una fábula sobre la imposibilidad de alcanzarlo. En lugar de un relato sobre el mal, construye un alegato sobre la resistencia al consenso.

Pluribus como experimento del control
Aunque Vince Gilligan insiste en que Pluribus no nació como una alegoría sobre la inteligencia artificial, la coincidencia es inevitable. En la serie, una conciencia colectiva absorbe a la humanidad en nombre del progreso y la empatía; en la realidad, la tecnología promete algo parecido. El propio creador lo reconoce con ironía: “Odio la IA. Es la máquina de plagio más cara del mundo.”
El texto que acompaña los créditos –“Esta serie fue hecha por humanos”– es una declaración política, pero también una advertencia. Si Breaking Bad exploraba cómo un hombre podía corromperse por su ego, Pluribus pregunta qué sucede cuando la humanidad renuncia a él.
Seehorn también expresó su rechazo a la idea de actores digitales: “Dan vergüenza”, dijo sobre las agencias que quisieron representar a una actriz creada por IA. En Pluribus, esa defensa de lo humano adquiere un valor literal. Carol se enfrenta a un enemigo que no miente, no odia y no sufre. En ese espejo, la imperfección se vuelve un privilegio.
El proyecto marcó el primer conflicto de ofertas en la carrera de Gilligan. Varios estudios compitieron por producirlo, y Apple ganó prometiendo “confianza y tiempo”. La serie ya tiene confirmada una segunda temporada. “Sabemos cómo debería terminar”, dijo el creador, “pero si encontramos algo mejor, lo cambiaremos.” En su boca, esa flexibilidad suena menos a estrategia que a principio ético: no ser demasiado dueño de las propias ideas.
Pluribus es, en ese sentido, un experimento sobre el control. La colmena no impone la felicidad por la fuerza: la ofrece como una tentación. Carol resiste no por heroísmo, sino por orgullo. Su obstinación recuerda la de Gilligan frente a la industria del contenido masivo: la defensa de la singularidad frente al algoritmo. “¿Querés vivir alimentándote de basura?”, preguntó. “Podés hacerlo. Pero sigue siendo basura.”
Esa es la idea que sostiene la serie y su creación. En una cultura donde todo se uniforma, Pluribus es una anomalía: un relato sobre la incomodidad de ser distinto. La felicidad como enfermedad y la humanidad como error necesario.




