Crítica The Pitt temporada 2: El hospital como espejo de un país

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La segunda temporada de The Pitt vuelve al hospital para observar cómo el desgaste, el trabajo y las decisiones diarias definen a sus médicos.

La temporada 2 de The Pitt entiende algo esencial: que el verdadero drama no aparece cuando las cosas estallan, sino cuando se sostienen demasiado tiempo. El Pittsburgh Trauma Medical Center sigue funcionando, los turnos se cumplen, los cuerpos llegan. Lo que cambia no es el escenario, sino el peso que cada personaje carga al entrar.

Hay un momento en que dos personas que alguna vez se amaron –y que luego se dedicaron a demolerse con el ensañamiento metódico de quienes conocen exactamente dónde duele– se miran a los ojos bajo la luz brutal del hospital. Él acaba de enterarse de que tal vez tenga un tumor cerebral. Ella está ahí, presente, como un vestigio de lo que fue. Y entonces él dice, con una sencillez que parte el alma: “Mereces ser feliz”. Nada más. La serie no explica, no agrega música lacrimógena. Confía en que entendemos lo que significa que un hombre le diga eso a la mujer que fue su mujer, justo cuando la muerte empieza a asomarse como una posibilidad concreta.

Eso es la temporada 2 de The Pitt: una serie que encuentra su pulso en esos gestos breves que condensan años de vida, de desgaste y de decisiones irreversibles.

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Noah Wyle como el Dr. Rabinovich en la temporada 2 de The Pitt

The Pitt temporada 2: Rutina, presión y sistema

Noah Wyle vuelve como el Dr. Robby, un hombre atrapado en el último turno antes de tomarse una licencia prolongada. Tres meses en moto, atravesando el norte de Estados Unidos hasta Canadá, como si la geografía pudiera curar lo que la pandemia le hizo al cerebro. Todos sabemos que no va a funcionar. Él también lo sabe. Pero hay que intentarlo, ¿no? Hay que subirse a esa moto ridícula y salir a buscar algo que se parece a la paz pero que probablemente sea solo más kilómetros de asfalto y viento.

La temporada 2 de The Pitt, que transcurre el 4 de julio –porque el trauma no entiende de feriados–, arranca con Robby tratando de entregar el reino. El problema es que los reinos no se entregan. Se pierden. Sobre todo cuando quien viene a recibirlo es la Dra. Baran Al-Hashimi, interpretada por Sepideh Moafi con una intensidad que te hace pensar que esta mujer podría dirigir un país si se lo propusiera.

La Dra. Al-Hashimi llega con ideas. “Pasaportes de pacientes”. Inteligencia artificial para agilizar el papeleo. Eficiencia, esa palabra que suena tan bonita hasta que te das cuenta de lo que implica. Robby la mira con el escepticismo de quien ya vio demasiadas promesas convertirse en humo. Ella insiste. Él resiste. Es un duelo profesional, cortés, adulto, sin gritos ni portazos, pero es un duelo al fin. Y lo que está en juego no es quién tiene razón, sino algo más grande: si acaso el futuro que nos prometen es el futuro que necesitamos.

Moafi está extraordinaria. Le da a su personaje una convicción que nunca se vuelve arrogancia, una urgencia que nunca es histeria.

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Patrick Ball como Frank Langdon en The Pitt de HBO Max

El desgaste como forma de relato

Katherine LaNasa regresa como la Dra. Evans, y queda claro –si no lo había quedado antes– que esta mujer es la columna vertebral de todo. Ha visto morir gente, ha visto gente resucitar, ha visto lo peor del ser humano y también lo mejor, y aun así sigue ahí, con esa mezcla de firmeza y ternura que solo tienen quienes entienden que la compasión no es debilidad sino un acto de rebeldía contra el horror. Hay una escena en la que atiende a una víctima de violación y uno puede ver –en su manera de hablar, de moverse, de estar– todo lo que no se dice sobre lo que significa tratar a alguien que acaba de atravesar el infierno.

Los jóvenes doctores han crecido. No en el sentido cursi, sino en el literal: tienen diez meses más de experiencia, diez meses más de no haber dormido, diez meses más de haber visto cuerpos abrirse y cerrarse bajo sus manos. Supriya Ganesh, Fiona Dourif, Isa Briones, Gerran Howell: todos vuelven y la serie confía en que ya los conocemos, en que no hace falta explicar quiénes son.

Patrick Ball vuelve como el Dr. Frank Langdon, el médico que robó medicación de un paciente y que ahora, después de diez meses en rehabilitación, intenta demostrar que merece una segunda oportunidad. Robby no está convencido. Robby cree que hay cosas que no se perdonan. Y uno entiende ambas posturas, porque la serie no toma partido: simplemente muestra a dos hombres tratando de navegar las aguas turbias de la redención y la traición.

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Noah Wyle como el Dr. Rabinovich en The Pitt

La medicina como retrato de lo humano

The Pitt sigue haciendo lo que mejor sabe hacer: equilibrar los casos grandes –esos que se extienden varios episodios y te destrozan de a poco– con los pequeños, esos que entran y salen en una hora pero que igual te dejan marcado. Un hombre va al médico por algo que parece menor y resulta que tiene un tumor. Una mujer llega con una infección en la pierna que amenaza con llevársela entera. No son giros de guion: son cosas que pasan. Todos los días. A gente como cualquiera.

Lo extraordinario de The Pitt es que nunca usa la enfermedad como excusa para el melodrama. La enfermedad es la enfermedad: aterradora, indiferente, democrática. Y los médicos son personas que hacen lo que pueden con lo que tienen, que a veces no es suficiente y a veces es apenas suficiente y a veces –solo a veces– es un milagro.

The Pitt transcurre en tiempo real. Quince horas. 15 episodios. Un turno. Un código negro. Y esa decisión se convierte en el corazón de todo: porque el tiempo en un hospital no es el tiempo de afuera. Es un tiempo espeso, urgente, donde cinco minutos pueden ser la diferencia entre la vida y la muerte.

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Noah Wyle como el Dr. Rabinovich en The Pitt

The Pitt temporada 2: Trabajar en medio de lo irreparable

La temporada 2 de The Pitt habla de inteligencia artificial, de desnutrición en las cárceles, de la crisis de los seguros médicos, de la ciberseguridad precaria, de un país que exprime a su gente hasta que no queda nada. Un paciente sin seguro que tiene que elegir entre comer y comprarse la medicación, un preso que llega desnutrido porque el sistema penitenciario es una máquina de triturar personas, un médico que lleva días sin dormir porque no hay plata para contratar más personal.

R. Scott Gemmill, el creador, ha dicho que la sala de emergencias es la red de seguridad de la sociedad. Y es verdad. Pero también es verdad que esa red está cada vez más rota, cada vez más tensa, cada vez más cerca de romperse del todo.

Wyle está inmenso. No hace lo mismo que en la primera temporada, donde su personaje era puro trauma a punto de estallar. Acá es otra cosa: un hombre tratando de soltarse, de confiar en que el mundo puede seguir girando sin él. Y es más difícil actuar eso, porque es más sutil, más interno. Pero él lo logra. Cada gesto, cada mirada, cada silencio: todo está ahí, preciso, verdadero.

La temporada 2 de The Pitt entiende que la vida no se resuelve en una hora ni en quince, que las cosas importantes tardan y duelen y a veces ni siquiera tienen resolución. Es una serie sobre el presente perpetuo. Sobre lo que significa estar ahí, en el medio del desastre, tratando de salvar lo que se pueda salvar. Sobre la imposibilidad de desconectar cuando tu trabajo consiste en mantener viva a la gente. Sobre la pregunta que todos nos hacemos en algún momento: ¿soy reemplazable? ¿Qué pasa si me voy?

La respuesta, por supuesto, es que el mundo sigue. Pero también es cierto que el mundo es un poco peor sin las personas que se quedan, contra todo pronóstico, tratando de arreglarlo.

DISPONIBLE EN HBO Y HBO MAX.

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