The Madison: Michelle Pfeiffer y el paisaje después del amor

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Montana, un río perfecto y una mujer que perdió al hombre que organizaba su mundo: con The Madison, Taylor Sheridan convierte el paisaje en el escenario de un drama sobre el duelo y la identidad.

Taylor Sheridan lleva una década construyendo el mismo argumento con distintos nombres. Yellowstone, 1923, Landman, Marshals y ahora The Madison: variaciones de la tesis de que Estados Unidos extravió algo en el camino hacia las ciudades y que ese algo todavía está en la montaña o el desierto, oliendo a pino, a polvo, a whisky, a peligro. Lo que distingue a The Madison del resto de su catálogo es que esta vez el argumento no viene con balas y sangre sino con duelo. La ciudad como lugar donde se muere, el campo como lugar donde se aprende a seguir viviendo.

El río Madison, los prados, el silencio, la madera, los hombres que pescan y no necesitan terapia. Todos los años, Preston Clyburn (Kurt Russell) deja su piso de lujo en Manhattan y viaja a las cabañas de su hermano Paul (Matthew Fox) en Montana para encontrar la vida verdadera. Esta vez, lo que encuentra es todo lo contrario: una tormenta, vientos huracanados y la avioneta en la que viajaban cae en medio del paisaje. Y alguien tiene que ir a reconocer los cuerpos.

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Kurt Russell como Preston Clyburn en The Madison de Paramount+

The Madison: Taylor Sheridan apuesta por el duelo y el silencio

Stacy Clyburn (Michelle Pfeiffer) tiene 60 años y la tragedia que la golpea no es solo la pérdida de su esposo sino el descubrimiento de que no sabe quién es sin él. La pregunta que Pfeiffer lleva en el cuerpo durante los seis episodios de The Madison es esta: qué hace alguien cuando desaparece la persona alrededor de la cual se construyó una vida, ese hilo invisible que le daba forma a cada decisión, a cada sonrisa, a cada mañana.

Stacy va a Montana a reconocer un cuerpo y se queda por la culpa retroactiva de no haber acompañado nunca a Preston a ese el lugar donde su marido era más él mismo y donde ahora su ausencia es más concreta, más inapelable. Porque Stacy no está buscando consuelo sino identidad, y la identidad no se encuentra en un bello atardecer sino en el trabajo lento de aprender a ser una persona que no se define a través de otra.

Las dos hijas del matrimonio son las que usa Sheridan como argumento ideológico. Abby (Beau Garrett), la mayor, tiene algo de los personajes de Sheridan que mejor funcionan: una rabia sin destinatario claro que Montana empieza a organizar. Paige (Elle Chapman), la menor, es la caricatura del liberalismo urbano que el productor necesita para que su tesis funcione: frágil, caprichosa, incapaz. Lo que ninguna de las dos puede hacer es lo que hace Pfeiffer: resistir la tesis desde adentro, llevar el duelo como una condición del cuerpo que el paisaje no alivia sino que vuelve más visible.

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Michelle Pfeiffer como Stacy Clyburn en The Madison de Paramount+

The Madison: Michelle Pfeiffer, una mujer frente al paisaje

Michelle Pfeiffer hace lo que sólo pueden hacer las actrices que llevan décadas aprendiendo a no hacer nada innecesario. Su carrera tuvo el destino extraño de las actrices que Hollywood no supo dónde poner después de los 40: demasiado buena para los papeles que le ofrecían, demasiado específica para los que no le ofrecían. The Madison le devuelve un centro de gravedad. Pfeiffer es la serie entera.

La directora Christina Alexandra Voros filma Montana con una luz que no pide perdón por ser hermosa, y el sonido de la serie –el río, el viento, los animales– funciona como contrapunto físico al ruido que sangra a través de las paredes del departamento de Stacy en Nueva York. Ese contraste es The Madison: Montana cura y Nueva York enferma, el dolor tiene solución geográfica, una mujer de 60 años que perdió la persona que organizaba su mundo puede encontrar una respuesta abrazando a una vaca o en el vuelo de los gansos sobre el río al amanecer.

Pero la cara de Pfeiffer en las escenas junto al río no expresa comunión con la naturaleza sino la expresión de alguien que está mirando algo que no le pertenece y que ahora tampoco le pertenece a nadie. Su dolor está en el cuerpo, no en la geografía, y esa tensión –entre lo que la serie quiere decir sobre el campo y la ciudad y lo que la actriz muestra con sus gestos– es donde The Madison encuentra una grieta para respirar.

La serie fue renovada por una segunda temporada antes del estreno. El río seguirá ahí, perfecto y ajeno. Pfeiffer seguirá mirándolo y seguirá igual de rota. Porque el duelo no es un problema de latitud, el cuerpo no sana por cambiar de código postal, y a veces la única cosa honesta que puede hacer alguien frente a una pérdida es seguir de pie sin entender bien por qué.

El dolor no tiene vista al río. Pero a veces el río ayuda a pensar en otra cosa.

DISPONIBLE EN PARAMOUNT+.

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