Crítica The Beauty (Belleza Perfecta): El cuerpo como distopía contemporánea

critica The Beauty
Ryan Murphy vuelve al horror corporal con una serie sobre belleza, inyecciones y combustión espontánea. The Beauty es una autopsia del deseo de perfección cuando el físico es marca registrada.

The Beauty (Belleza Perfecta) es la serie más Ryan Murphy de todas las series de Ryan Murphy: sexy, camp, eficaz, redundante. Basada en el cómic de Jason A. Hurley y Jeremy Haun, The Beauty construye un mundo donde la belleza dejó de ser aspiración para convertirse en enfermedad. Una sustancia –que luego se transmite sexualmente, porque Murphy nunca desperdicia una metáfora sobre el SIDA– promete el cuerpo perfecto. El precio de esa solución –biológico, social, ético– es el verdadero núcleo de la serie.

El comienzo marca el tono. Bella Hadid camina por la pasarela de Balenciaga en París. Algo anda mal. Su cuerpo necesita agua con la desesperación de un animal herido. Sale del evento, roba una moto, cruza la ciudad mientras suena Firestarter de The Prodigy. Y explota. Murphy abre The Beauty con una secuencia de acción dirigida por alguien que entendió que el body horror funciona mejor cuando el cuerpo está en movimiento, cuando la destrucción es espectáculo y el espectáculo es una forma de apocalipsis personal. La belleza, en The Beauty, es inestable. Puede hacerte arder en cualquier momento.

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Rebecca Hall como Bennett en The Beauty (Belleza Perfecta) de Disney+

The Beauty: Ozempic, capitalismo y el precio de la perfección

La premisa de The Beauty: ¿qué estarías dispuesto a hacer para ser bello? ¿Cuánto pagarías? ¿A quién matarías? La serie actualiza la sátira de Nip/Tuck –su obra maestra sobre cirugía plástica y autodestrucción– y la cruza con la cultura Ozempic, esa fiebre contemporánea por las inyecciones milagrosas que prometen cuerpos de revista sin esfuerzo. Murphy mira a los GLP-1, a las celebridades de Instagram, a los millonarios que pagan fortunas por su juventud artificial, y dice: esto nunca termina bien.

Porque lo interesante de The Beauty no es la droga en sí, sino quién la controla y quién la consume. Los millonarios –Ashton Kutcher interpreta a uno que parece Elon Musk si Musk fuera más honesto sobre su delirio mesiánico– ven en la droga una oportunidad de negocio, de control, de perpetuar un sistema donde la belleza es mercancía y la mercancía es poder. “Los billonarios no necesitamos amigos, tenemos empleados”. Murphy no es sutil. Pero acá la falta de sutileza funciona: el capitalismo es obsceno, y The Beauty lo filma con igual obscenidad.

Del otro lado están los que quieren la droga: Jeremy (Jeremy Pope), un incel que vive en un sótano y cree que todos sus problemas se resolverían si fuera flaco y atractivo; Bella (Emma Halleen), una adolescente insegura que siente que es invisible; Clara (Rev Yolanda), una mujer trans que busca una transición más rápida, más simple, más accesible. Murphy les da espacio, les da episodios enteros, les da empatía. Son los mejores capítulos de la serie: breves, íntimos, devastadores. Porque The Beauty entiende que el deseo de belleza no es vanidad pura sino una forma de supervivencia en un mundo que castiga todo lo que no se ajusta al molde.

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Evan Peters como Madsen en The Beauty (Belleza Perfecta) de Disne+

Evan Peters y Rebecca Hall: Agentes del FBI en un mundo que se derrite

A partir de ese evento inicial, The Beauty se estructura como un thriller internacional, en el que dos agentes del FBI –Madsen (Evan Peters) y Bennett (Rebecca Hall)– investigan las explosiones. La pareja también tiene sexo, porque Murphy nunca desperdicia la oportunidad de mezclar thriller con melodrama sexual. Peters está en su mejor momento: finalmente puede jugar al héroe de acción, pelear en Italia, lucir el traje. Hall trabaja un personaje diseñado alrededor de la ironía de que hasta las personas bellas tienen inseguridades.

La investigación los lleva de París a Roma, de Roma a Nueva York, mientras más cuerpos explotan y más pistas los acercan a la verdad: que The Beauty no es solo una droga sino un virus, una conspiración, una forma de control social. Anthony Ramos interpreta al asesino a sueldo: un Patrick Bateman menos yuppie, más letal, igual de vacío. Con Jeremy Pope, la serie encuentra una chispa inesperada. Pope entrega la mejor actuación de la serie: profundidad donde solo había diálogo, matices donde había camp.

The Beauty: Entre Cronenberg y La Sustancia

Visualmente, The Beauty es puro Cronenberg: cuerpos que se transforman, piel que se desprende, carne que muta. Hay ecos de La Mosca, de Rabid, de Videodrome. Pero donde Cronenberg usaba el body horror para hablar de enfermedad, deseo, tecnología, Murphy lo usa para el espectáculo. Los efectos –piel descartada, fluidos de colores imposibles, cuerpos que se retuercen– carecen de peso simbólico. Es gore bonito, diseñado para shockear a los casuales más que a los fanáticos del género.

Las comparaciones con La Sustancia son inevitables. Ambas hablan de belleza, envejecimiento, transformación corporal. Pero donde la película de Coralie Fargeat es rabia feminista destilada, The Beauty se dispersa en once episodios que no cierran su historia. Murphy tiene momentos brillantes: el episodio de los técnicos de laboratorio, el de la adolescente insegura, cualquier escena con Isabella Rossellini, que introduce una dimensión reflexiva que la serie necesita: un recordatorio de que la belleza real no tiene nada que ver con la perfección.

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The Beauty explora

The Beauty, explicada: El cuerpo como mercancía

Lo mejor de The Beauty es que entiende que el body horror no es solo un género sino un síntoma. En 2026, con la mitad de la población usando GLP-1, con la cultura de la delgadez extrema de vuelta en el mainstream, con los influencers vendiendo cuerpos imposibles a millones de seguidores, una serie sobre una droga que te hace bello pero te mata por dentro es puro realismo. Querer verse mejor, sentirse mejor, durar más, no aparece como una pulsión monstruosa, sino como una respuesta lógica a un sistema que mide el valor personal en términos de apariencia y eficiencia.

The Beauty no va a cambiar nada. No va a hacer que la gente deje de inyectarse Ozempic ni que los billonarios dejen de vender soluciones mágicas. Pero funciona como espejo negro de una sociedad que prefiere arder antes que envejecer, que elige la belleza aunque cueste la vida. Murphy no tiene respuestas –nunca las tiene– pero al menos hace preguntas. Y las hace con suficiente sangre, fuego y carne derretida como para que sea imposible mirar hacia otro lado.

En definitiva, The Beauty es Murphy en estado puro: caótico, desigual, excesivo, fascinante. Una serie que promete más de lo que entrega pero que, en sus mejores momentos, logra capturar algo verdadero sobre el horror de vivir en un cuerpo que nunca es suficiente. Porque al final, lo que explota en The Beauty no son solo los cuerpos inyectados con la droga. Es la ilusión misma de que la belleza puede salvarnos.

DISPONIBLE EN DISNEY+.

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