El fin del mundo no comienza con una bomba, ni con otro Chernobyl, ni con una guerra: comienza con una sonrisa. En Pluribus, la nueva serie de Vince Gilligan, la humanidad entera se despierta feliz, conectada, unida en un sola consciencia. Todos, menos una mujer. Carol Sturka (Rhea Seehorn), una escritora de novelas románticas que odia sus libros, a cada fan que le agradece, cada gesto estúpido o amable del mundo. Cuando el planeta entero se funde en un mismo cerebro, ella queda afuera. Y por primera vez en su vida, estar sola no tiene sentido.
Gilligan, que reinventó el drama criminal con Breaking Bad y Better Call Saul, cambia el polvo azul de la metanfetamina por algo más aterrador: un virus que convierte la felicidad en infección, la empatía en dictadura. No hay zombis ni cadáveres: hay armonía, hay paz, hay un silencio que suena a pesadilla. El creador más moralista de la televisión norteamericana vuelve a hablar de la culpa, pero ahora desde otro lugar: ¿qué pasa cuando la redención ya no es una opción, porque todos fueron redimidos sin buscarlo? Pluribus es el reverso espiritual de Breaking Bad: si Walter White se perdió por querer ser Dios, Carol Sturka se pierde por no querer serlo.

Pluribus: Rhea Seehorn en el apocalipsis de la felicidad
El tono de la serie es de ciencia ficción, pero la materia es humana. Gilligan no filma el futuro, filma la soledad. El apocalipsis no llega con fuego sino con felicidad obligatoria. En la primera media hora, el mundo entero cambia. Las personas sonríen, se abrazan, hablan en plural: el “yo” no existe, existe el “nosotros”. Y Carol, la única que no puede sentirlo, se convierte en una amenaza. En este mundo perfecto es la última célula enferma que lucha por sobrevivir.
Rhea Seehorn sostiene la serie. Gilligan escribió el papel para ella, y la deja sola en pantalla durante largos minutos, sin corte, sin respiro. Su cuerpo es la trama. Hay algo animal en su forma de resistir, algo profundamente humano en su negativa a ceder. Carol Sturka no busca salvar al mundo: busca seguir sintiendo. Se enfurece, se desespera, provoca a la masa con su rabia y descubre que su dolor tiene poder. Que si grita, la mente colectiva convulsiona. Que su tristeza, su última propiedad privada, puede apagar por un instante el planeta.
Visualmente, el universo de Gilligan vuelve a ser un laboratorio moral. Albuquerque ya no es un desierto, es un paraíso artificial: calles impecables, luz demasiado limpia, colores que parecen de otro sistema solar. Cuando llega la noche, Pluribus se tiñe de neón, como si la oscuridad fuera el único refugio posible frente a tanto orden. Gilligan filma la felicidad como si fuera un régimen político, un estado de excepción que nadie percibe. Y en ese espacio, Carol es la disidente, la que aún conserva la capacidad de pensar por sí misma, de decir no.
Hay momentos en los que Pluribus es una comedia negra, pero por debajo de la superficie supura algo insano. El mundo entero piensa al unísono y ella no puede seguir el ritmo. A veces, la serie se detiene en pequeños gestos: la sombra de Helen –su pareja muerta durante la transformación–, un vaso vacío en la mesa, una conversación con una voz sin cuerpo. En esos silencios, Pluribus se parece más a The Leftovers que a Black Mirror: un relato sobre la pérdida y el absurdo de seguir existiendo en un mundo donde ya nada duele.
La construcción narrativa es precisa. Cada episodio avanza como un paso en un razonamiento. El espectador aprende el mundo junto con Carol, sin respuestas inmediatas ni giros forzados. Cuando aparecen los otros once inmunes, dispersos por el planeta, la serie se abre hacia un nuevo tipo de amenaza: la posibilidad de que la resistencia sea apenas otra ilusión. Gilligan siembra esa sospecha sin resolverla, porque en Pluribus la incertidumbre no es un obstáculo: es el único lugar donde la libertad sobrevive.

Pluribus: El infierno según Vince Gilligan
Gilligan ya no necesita el dramatismo del ascenso ni la catarsis de la caída. La tensión está en lo estático, en lo que no cambia. Pluribus no busca el clímax: busca la vibración que queda cuando todo se apaga. Las escenas largas, los planos inmóviles, los espacios simétricos, construyen una sensación de amenaza tranquila. Todo parece demasiado correcto, demasiado amable, demasiado feliz. Como si el infierno no fuera un lugar sino la ausencia de sufrimiento.
Pluribus es muchas cosas a la vez: una sátira sobre la cultura de la positividad, una parábola sobre la pérdida del yo, una fábula científica sobre la empatía como tiranía. Pero, sobre todo, es el retrato de una mujer que se aferra al derecho de sentirse mal. Vince Gilligan cambia el laboratorio de química por un laboratorio emocional y demuestra que el dilema moral puede tener aspecto de ciencia ficción. Si en Breaking Bad la pregunta era cuánto mal se necesita para sobrevivir, en Pluribus la pregunta es otra: ¿cuánta tristeza puede soportar una persona sin dejar de ser humana?
En Pluribus, la alegría universal es una forma sofisticada del control. Carol dice querer salvar a la humanidad, pero en realidad quiere salvarse a sí misma. En su negativa a sonreír, en su obstinación por seguir sintiendo dolor, hay una forma mínima de libertad. En un mundo unido por la alegría, ella elige su sociopatía. Y en esa soledad –áspera, lúcida, invencible–, Pluribus encuentra épica en el último gesto digno que queda: no entregarse a la felicidad.




