La Muerte del Unicornio (Death of a Unicorn) es el debut como director de Alex Scharfman y se inscribe en una zona híbrida: comedia negra, terror y fábula contemporánea. Producida por A24 y estrenada en HBO Max, la película se desarrolla en un entorno aislado –un vasto retiro privado en las montañas– y se organiza a partir de un hecho que desestabiliza todo el relato. Un viaje laboral. Un padre y una hija. Un unicornio atropellado en la ruta.
Elliot Kintner (Paul Rudd) trabaja para la familia Leopold, magnates farmacéuticos que han convertido la filantropía en una extensión del negocio. Viaja con Ridley (Jenna Ortega), su hija, hacia la propiedad del clan para cerrar un acuerdo que podría garantizarle estabilidad económica. En el trayecto, el auto impacta contra algo. Ese algo tiene cuerno, cascos y sangre violeta. Elliot toma una decisión más practica que lógica: esconder el cadáver en el baúl y llegar a destino.
La Muerte del Unicornio elige no construir misterio alrededor de la criatura. El unicornio no es sólo una aparición sobrenatural o un símbolo abstracto: es carne, sangre, materia. Su potencia narrativa no está en lo que representa sino en lo que habilita: la criatura muerta tiene sangre con propiedades curativas, lo que desata la codicia de los anfitriones y, eventualmente, la venganza de otros unicornios.

La Muerte del Unicornio: Jenna Ortega y sus criaturas imposibles
A partir de ahí, la película se desplaza hacia una disputa entre explotación, culpa y supervivencia. La pregunta deja de ser qué es ese cuerpo y pasa a ser quién puede usarlo. Porque en definitiva, La Muerte del Unicornio es un relato sobre la propiedad. Todo lo que entra en el campo visual de los Leopold –la tierra, los empleados, el conocimiento científico, el unicornio– es tratado bajo la misma lógica: si está disponible, incluso lo imposible, es explotable.
Paul Rudd interpreta a Elliot como un hombre entrenado para no incomodarse. Su trabajo consiste en mediar, suavizar, legitimar. Frente al unicornio, su reacción no es el asombro sino el cálculo. Rudd construye el personaje desde la pasividad activa: siempre está haciendo algo para que nada cambie. Jenna Ortega, en cambio, ocupa el lugar de la fricción. Ridley observa, investiga, objeta. Es la voz moral del grupo que nadie escucha hasta que ya es tarde; el único personaje que se pregunta qué consecuencias puede tener lo que están haciendo.
La Muerte del Unicornio tiene un comentario social explícito, aunque no especialmente profundo. Alex Scharfman apunta contra una lógica de extracción permanente: todo puede ser convertido en recurso si se dispone del capital suficiente.
La familia Leopold funciona como un bloque: el patriarca enfermo, la esposa dedicada a la gestión simbólica del poder y el heredero que combina privilegio con torpeza. Richard E. Grant compone a Odell con una mezcla de agotamiento físico y voracidad intacta. Su cáncer no lo vuelve frágil, lo vuelve urgente. Téa Leoni encarna una gestión del poder más silenciosa, preocupada por la imagen y la continuidad. Will Poulter construye al heredero idiota y peligroso con la soltura de quien sabe que no necesita esforzarse demasiado para resultar detestable.
Hay algo desconcertante en ver cómo una premisa tan particular –unicornios vengadores contra millonarios farmacéuticos– termina sintiéndose genérica. Quizás porque La Muerte del Unicornio nunca decide qué película quiere hacer: si una comedia negra, un slasher fantástico o una fábula moral sobre el capitalismo tardío. El resultado es una rareza que no lo suficientemente sangrienta para los fans del gore, no lo suficientemente graciosa para quienes buscan comedia, no lo suficientemente afilada para funcionar como sátira. Su mérito es intentar algo distinto, de proponer que los unicornios también quieren comerse a los ricos.
La Muerte del Unicornio observa cómo un sistema absorbe lo excepcional. El unicornio es estudiado, es explotado y termina integrado al circuito de decisiones que ya estaba en marcha. Scharfman filma ese proceso con una mezcla de ligereza y crueldad que define el alcance de su debut, donde el terror no está en la criatura ni en la sangre, sino en la eficacia con la que el mundo convierte lo imposible en un negocio.
DISPONIBLE EN HBO MAX.




