La nueva serie de Netflix, La Bestia en Mí (The Beast In Me), no entra por la puerta habitual del thriller. Se mete en la cabeza por otro lado: por la sospecha, por la incomodidad, por esa sensación de que alguien está mintiendo aunque todo suene razonable. Gabe Rotter no reinventa el género, pero entiende bien dónde se juega su nervio: en la fricción entre dos personas que podrían salvarse o destruirse en cualquier momento.
La Bestia En Mí: La dinámica entre Danes y Rhys como núcleo del relato
Aggie Wiggs vive así, en esa frontera. Escritora premiada, encerrada en una casa que se está viniendo abajo igual que ella, intentando avanzar con un libro que no le importa a nadie. Claire Danes la interpreta como si no supiera si está en una serie o en un mal sueño. No actúa: se desgasta. Camina como si el piso estuviera inclinado, mira como si fuera a romper algo. Y esa energía –mínima, contenida, filosa– es lo que vuelve creíble que un tipo como Nile Jarvis la vea y piense: ahí hay algo interesante.
Nile aparece como todos los villanos de esta época: sonriente, carismático, dueño de una fortuna y de un cadáver que no aparece. Matthew Rhys lo interpreta con una calma que inquieta. No porque amenace, sino porque parece disfrutar cada segundo en el que el resto intenta descifrarlo. No se sabe si es capaz de matar a alguien. Lo que se sabe es que podría convencerte de que vos lo harías por él.
El encuentro entre Aggie y Nile es la chispa que empuja a La Bestia En Mí. Un cruce tenso, casi ridículo, en el que se dicen cosas que no importan mientras pasa lo esencial: dos personas se reconocen. No en lo evidente –la carrera, la fama, el dolor– sino en lo que esconden. Ambos vienen del mismo lugar: la rabia. Ella la disfraza de duelo; él de encanto. Y cuando Nile le propone a Aggie escribir un libro sobre su vida, la serie finalmente se acomoda en su verdadero registro: dos personajes que quieren controlar la narrativa porque temen lo que puede decir la versión real.

La Bestia En Mí: Poder, dinero y discurso público
Antonio Campos filma esa relación con paciencia. La cámara mira desde los bordes, nunca desde el centro. Las casas parecen más grandes de lo que son; el bosque, más cerca de comerse todo. La puesta en escena entiende que La Bestia En Mí funciona mejor cuando los personajes quedan chicos dentro del plano. La amenaza no viene de solo del vecino: viene de todos lados.
La serie avanza con ritmo. A veces se cruza con subtramas que funcionan más como ruido que como construcción –el agente de FBI cansado, el padre todopoderoso a lo Succession, la pelea por el proyecto urbano que podría haber salido de cualquier diario–, pero incluso ahí La Bestia En Mí mantiene algo que casi nunca se sostiene en los thrillers largos: la concentración. Nada dura más de lo necesario. Nada se explica del todo. Las mejores decisiones están en lo que queda fuera de campo.
El centro es esa relación que no se define. No son aliados, no son enemigos, no son amantes. Son testigos el uno del otro. Rhys domina cada escena con un magnetismo extraño: no seduce sino que te arrastra. Danes, en cambio, trabaja desde el quiebre. Su Aggie puede llorar en un plano y desmontarte en el siguiente. El duelo, acá, no es una excusa dramática: es un estado físico.
Hay un momento en el que Nile mira a Aggie y le dice que reconoce en ella “el hambre”. La frase no sería nada sin lo que viene después: Aggie se queda quieta, como si acabara de escuchar algo que no quiere admitir. Ese es el corazón de La Bestia En Mí. No si Nile mató a su esposa, no si el libro va a redimir a alguien, no si el misterio se resuelve. El centro es cómo se contagian. Cómo la oscuridad del otro se vuelve un espejo.
La Bestia en Mí no se siente nueva, pero tampoco quiere reescribir el género. Es un thriller que confía en que la intensidad puede crecer sin incendios. Que el peligro puede ser una conversación. Que la violencia puede ser una idea. Tiene algo que la vuelve adictiva: la certeza de que cada personaje oculta una versión que el otro podría revelar.
Porque la bestia, la que importa, es la que cada uno intenta mantener a raya mientras finge normalidad. Aggie, encerrada en su culpa. Nile, atrapado en su propia ficción. Los dos, buscando una historia que los exculpe.
El thriller funciona mejor cuando el peligro no es externo. Cuando lo que asusta es la posibilidad de que un personaje esté a punto de aceptar algo que lo destruye. La Bestia en Mí se ubica ahí, en ese hueco donde la verdad se vuelve insoportable y el vínculo entre Aggie y Nile deja de ser un juego de poder para convertirse en algo parecido a una confesión involuntaria.
Al final, lo que queda no es el misterio ni la resolución del caso, sino la incomodidad de ver a dos personajes que descubren que pueden dañarse incluso cuando creen estar protegiéndose. La Bestia en Mí trabaja en esa grieta donde el vínculo es una amenaza y también una necesidad. La intriga se resuelve; pero lo que queda vibrando es esa pregunta que ninguno se anima a decir en voz alta: qué parte de uno se vuelve irreconocible cuando alguien más empieza a observarla.
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