La adolescencia es ese lugar donde una humillación puede durar para siempre. Carrie, la serie de ocho episodios de Mike Flanagan para Prime Video, empieza después de una masacre, con llamadas al 911, imágenes de un pueblo destruido y sobrevivientes que intentan reconstruir una noche que dejó demasiados muertos alrededor de una chica que acaba de descubrir el mundo y una madre que decidió que el mundo era el enemigo.
La serie vuelve a Carrie después de Brian De Palma, Sissy Spacek, la secuela, el musical y la versión de Kimberly Peirce de 2013. Flanagan llega a ese cementerio de adaptaciones con una pregunta propia: quién se queda con el relato, qué pasa con Carrie cuando la cuenta el pueblo entero. El director toma la novela de Stephen King publicada en 1974 y conserva su mecanismo esencial –una adolescente aislada, una escuela incapaz de contenerla y la telequinesis que crece junto con el dolor de existir– para convertirlo en una historia sobre las formas contemporáneas de fabricar una víctima.

Carrie: Mike Flanagan, o el precio de ser diferente
Carrie (Summer H. Howell) llega a Ewen High School después de haber pasado su vida dentro de una casa dominada por el fanatismo religioso de Margaret White (Samantha Sloyan). Su entrada tiene algo de experimento involuntario: Carrie no sabe lo que es un celular, internet, las reglas sociales de una escuela y esa manía de convertir al diferente en entretenimiento. Su ignorancia tiene una dimensión feroz porque alrededor de ella todos saben: saben filmar, comentar, publicar y juzgar en una época donde la crueldad tiene público, archivo y distribución inmediata.
La estructura de testimonios contradictorios (Carrie es víctima o monstruo, heroína o amenaza) retoma la forma ensayística y epistolar de la novela y la traslada a su equivalente contemporáneo: el documental, el comentario anónimo, la cuenta de Instagram (CarrieRed_). El bullying ahora necesita una audiencia y una tecnología capaz de convertir cualquier momento de vulnerabilidad en material disponible para todos. La violencia deja de tener un único autor porque todos pueden reproducirla.
Flanagan amplía el relato de King para mirar al reparto que rodea a Carrie. Sue Snell (Siena Agudong), Tommy Ross (Joel Oulette), Billy Nolan (Arthur Conti) y Chris Hargensen (Alison Thornton) dejan de funcionar como piezas destinadas a conducir a Carrie hacia el desastre. La serie permite conocer sus familias, sus contradicciones y sus miserias. Los traumas familiares de los personajes no absuelven, pero muestra cómo una humillación puede viajar de una persona a otra hasta encontrar a alguien con menos poder. La escuela termina reproduciendo lo que las familias ya enseñaron.
Margaret White es el centro de esa tesis: una fundamentalista que ya no vive encerrada en el cuarto de oración sino que circula por los pasillos de la escuela con la seguridad de quien conoce los reglamentos y las cámaras. Su fe no admite dudas pero sí público, y su maternidad viene mezclada con teorías de la conspiración y versículos de la Biblia. Su religión deja de ser una rareza doméstica y adquiere una dimensión social. La mujer que educó a Carrie para temerle a su propio cuerpo encuentra aliados en una sociedad llena de adultos convencidos de saber qué deberían pensar y sentir los jóvenes.
Carrie queda atrapada entre esas dos formas de violencia. Su madre intenta protegerla del mundo eliminando su acceso a él; sus compañeros quieren incorporarla mediante la humillación. El despertar telequinético importa menos como espectáculo que como consecuencia psicológica. Cada emoción que Carrie aprendió a reprimir encuentra una respuesta física. El cuerpo empieza a expresar aquello que Margaret convirtió en pecado y aquello que la escuela convirtió en entretenimiento.
Carrie: Stephen King y la fábrica de monstruos
Hay en Carrie una amabilidad casi insoportable porque todavía cree que las personas pueden ser buenas. Cuando descubre que puede mover objetos con la mente, también descubre una forma de poder que no depende de agradarle a nadie.
La serie también conecta a Carrie con una genealogía de mujeres jóvenes consideradas extraordinarias y, por eso mismo, peligrosas. Flanagan mira hacia figuras cuya diferencia fue interpretada como milagro, amenaza o enfermedad. La conexión permite leer la telequinesis como una forma de poder femenino que una sociedad necesita eliminar. Carrie pertenece a una tradición basada en la vergüenza que exige pureza mientras teme lo que podrían hacer si dejan de obedecer.
Carrie conserva la pregunta de Stephen King sobre el terror que produce una adolescente cuando deja de ser dócil. En 1974, un secreto podía quedar reducido a un rumor. Ahora existe una copia de cada humillación y esa copia puede regresar en cualquier momento. Los sobrevivientes recuerdan, justifican, esconden. Cada testimonio intenta separar a quien habla de aquello que hizo. La adolescencia de Carrie pertenece a un presente que encontró una forma industrial de reproducir la violencia.
La empatía de Flanagan modifica el material de King y lo acerca a una pregunta que la novela ya contenía: qué ocurre cuando una sociedad fabrica durante años aquello que después decide llamar monstruo. En definitiva, Carrie tiene el mismo poder que los demás: el de destruir todo a su alrededor.
DISPONIBLE EN PRIME VIDEO.



