Brigitte Bardot murió a los 91 años en su casa del sur de Francia. La noticia fue confirmada por Bruno Jacquelin, presidente de la Fundación Brigitte Bardot para la protección de los animales, y difundida por la agencia Associated Press. La actriz había sido hospitalizada el mes anterior.
La muerte de Brigitte Bardot cierra una de las trayectorias más visibles del cine europeo del siglo XX, aunque su retiro de la actuación se había producido hace más de medio siglo. Desde entonces, su presencia pública se sostuvo por otros medios: el activismo por los derechos de los animales, sus declaraciones políticas y una atención mediática constante que nunca terminó de disiparse.
Bardot murió en Saint-Tropez, el mismo lugar que quedó asociado a su figura desde mediados de los años 50. Allí se filmó Y Dios Creó a la Mujer, la película que la convirtió en una figura internacional y que modificó de manera duradera la relación entre cine, sexualidad y celebridad.
Su carrera cinematográfica fue breve en términos cronológicos, pero extensa en efectos. Entre mediados de los años 50 y principios de los 70, Bardot concentró una atención que desbordó al cine francés y alteró la relación entre pantalla, sexualidad y figura femenina. Su retiro temprano, anunciado en 1973 cuando tenía 39 años, no cerró esa historia: la desplazó hacia otros terrenos, algunos más conflictivos que otros.
La figura de Bardot sigue siendo difícil de ordenar porque no responde a un solo relato. Fue estrella internacional, emblema generacional, cuerpo observado, actriz discutida, activista radical y voz política incómoda. La suma de esos planos explica por qué su muerte no funciona como cierre, sino como reactivación de preguntas que llevan décadas abiertas.

Brigitte Bardot y el impacto de Y Dios Creó a la Mujer
El punto de inflexión de la carrera de Brigitte Bardot fue Et Dieu… créa la femme (Y Dios Creó a la Mujer), estrenada en 1956 y dirigida por Roger Vadim, entonces su esposo. La película tuvo un recibimiento moderado en Francia, pero se convirtió en un fenómeno internacional. En Estados Unidos y otros países fue objeto de censura, polémica y atención mediática, un combo que terminó amplificando su alcance.
Bardot interpretaba a una joven cuya sensualidad no estaba subordinada a la mirada masculina tradicional del cine clásico. No se trataba solo de erotismo explícito para la época, sino de una forma de presencia que escapaba al control moral de los personajes y, por extensión, del público. La película no ofrecía una lectura moral cerrada: mostraba, exponía y dejaba que el malestar circulara.
Ese efecto fue decisivo. Bardot quedó asociada a una nueva forma de representación femenina que contrastaba tanto con el modelo hollywoodense como con la figura de la mujer madura y sofisticada que había dominado el cine anterior. La industria, especialmente la estadounidense, incorporó rápidamente esa imagen juvenil y sexualizada. La tendencia no se revirtió.
El vínculo entre Bardot y Vadim fue central en ese proceso. Él entendió antes que otros el potencial de esa imagen y la convirtió en núcleo narrativo. Incluso después de su divorcio, siguió intentando explotar esa fórmula, con resultados cada vez más pálidos. La propia filmografía de Bardot muestra el desgaste progresivo de ese molde.

Brigitte Bardot entre el cine de autor y el mito mediático
Aunque su imagen pública tendió a eclipsar su trabajo actoral, Bardot buscó de manera sostenida escapar del encasillamiento. Trabajó con directores como Jean-Luc Godard, Louis Malle y Henri-Georges Clouzot, en proyectos que tensionaban su figura dentro del relato.
Le Mépris (El Desprecio), de Godard, estrenada en 1963, es el ejemplo más citado. La película utiliza el cuerpo y la fama de Bardot como parte del dispositivo crítico: no los disimula ni los celebra sin distancia. Godard explota su imagen pública para pensar el cine, el deseo y el desgaste de la industria. El resultado no convirtió a Bardot en una actriz “prestigiosa” según los parámetros clásicos, pero sí la inscribió en una obra central del cine europeo.
En otros films, como La Vérité de Clouzot o Viva Maria! de Malle, Bardot ensayó registros distintos, con reconocimiento desigual. Recibió premios y nominaciones, pero nunca logró desplazar del todo la lectura dominante que la fijaba como objeto antes que como intérprete. Ese límite fue una constante, y también una fuente de frustración.
Paralelamente, su vida privada se convirtió en material narrativo permanente. Sus matrimonios, relaciones y escándalos alimentaron una cobertura que no distinguía entre persona y personaje. Bardot fue una de las primeras figuras modernas en experimentar ese tipo de exposición continua, sin mediaciones claras. El mito se construyó tanto fuera como dentro de la pantalla.
Retiro, activismo y controversias públicas
El retiro de Brigitte Bardot del cine, anunciado en 1973, fue definitivo. No volvió a actuar ni permitió que su vida fuera reinterpretada en una biografía audiovisual. A partir de entonces, concentró su energía en el activismo por los derechos de los animales, un campo en el que su compromiso fue sostenido y radical.
En 1986 creó la Fundación Brigitte Bardot, dedicada a la protección animal. Su militancia incluyó campañas públicas, protestas y enfrentamientos con gobiernos e instituciones. Rechazó condecoraciones oficiales y no evitó el conflicto. En ese terreno, su figura mantuvo una coherencia que incluso sus críticos reconocen.
El problema fue que ese activismo convivió con declaraciones políticas y públicas que la llevaron a los tribunales. Bardot fue multada en varias ocasiones por incitación al odio racial, especialmente por comentarios dirigidos a comunidades musulmanas y a la inmigración en Francia. También expresó su apoyo a dirigentes de la extrema derecha, lo que terminó de fracturar su imagen pública.
Esa etapa consolidó una paradoja difícil de resolver: una figura asociada históricamente a la liberación de costumbres se convirtió, con el tiempo, en una voz alineada con posiciones conservadoras y excluyentes. No hay reconciliación posible entre esos planos, y cualquier lectura que intente suavizar esa tensión pierde rigor.
Brigitte Bardot no pareció interesada en corregir esa deriva. Defendió sus posiciones hasta el final, incluso cuando eso implicó aislamiento simbólico dentro del mismo país que había contribuido a convertirla en emblema. Su figura quedó así atravesada por una incomodidad persistente, que explica tanto la vigencia como la dificultad de su legado.
Al momento de su muerte, Brigitte Bardot vivía alejada de la vida pública directa, pero su nombre seguía ligado a debates activos. Su fallecimiento no clausura esas discusiones: las reactiva desde un lugar distinto, marcado por la distancia histórica pero también por la persistencia de los conflictos que atravesaron su última etapa.




