Crítica Wicked: For Good | El día en que Oz perdió la inocencia

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Wicked: For Good es algo más áspero que una fantasía: Oz se vuelve un escenario de control, miedo y versiones oficiales, con Elphaba y Glinda como figuras opuestas de un mismo derrumbe.

Si la primera parte fue el viaje psicodélico de dos mujeres que cantaban a destiempo con el destino, Wicked: For Good es lo que queda después de la fiesta, cuando hay que arreglar lo que quedó roto. La película comienza meses después de aquella separación que mandó a Elphaba al cielo en su escoba, perseguida por todos, convertida en villana oficial por el gobierno; que dejó a Glinda atrapada en su burbuja rosa, convencida de que la forma más elegante de obedecer es sonreír. Ambas caminan sobre la cuerda floja de una fábula que exige convertirse en El Mago de Oz, aun cuando ellas intentan contar su propia historia.

La película respira ese clima: una tierra de Oz más áspera, más gris, más consciente de su propio espectáculo. Ya no hay tulipanes de colores ni canciones de bienvenida: hay animales convertidos en esclavos, ciudadanos que creen lo que les dicen, obreros construyendo el Camino Amarillo como si fuera un escenario o una trampa. Hay propaganda, miedo. Todo se siente en crisis. No hay espacio para la ingenuidad. Y ahí, en esa intemperie, Wicked: For Good vuelve a la historia que importa: dos mujeres que fueron amigas y que ahora, sin querer, sostienen dos mitades de un mismo derrumbe.

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Cynthia Erivo como Elphaba en Wicked: For Good

Wicked: For Good | El nuevo arco de Elphaba y Glinda

En la secuela, Jon M. Chu se aferra a lo que mejor funciona: la intimidad entre Cynthia Erivo y Ariana Grande. Todo lo demás queda en segundo plano cuando las dos se miran. Wicked: For Good es, sobre todo, la crónica de una amistad rota que intenta recomponerse mientras el mundo entero le exige que se odien. La melancolía que Erivo carga en la voz convierte cada duda de Elphaba en una herida abierta; el artificio controlado de Grande hace que Glinda sea el personaje más trágico de la historia.

Lo mejor de Wicked: For Good no es la fantasía, ni la política, ni la adaptación obligada de El Mago de Oz, sino la grieta emocional que Chu decide no maquillar. Erivo convierte cada escena en una súplica: cuando canta, la película respira; cuando se calla, la película tiembla. Grande hace algo diferente: su Glinda ya no es una muñeca luminosa, sino una chica que empieza a ver que su sonrisa es una armadura, que la burbuja es una jaula y que la bondad exige, alguna vez, decir que no. Su número The Girl in the Bubble es exactamente eso: una mujer mirando su reflejo y preguntándose cuándo dejó de ser ella.

La trama, sí: Elphaba en misión de rescate, enfrentando a un Mago que gobierna a fuerza de miedo y titulares; Glinda atrapada en las normas que ella misma ayudó a levantar; Fiyero intentando salir del papel que le escribió la corte antes de que pudiera abrir la boca; los personajes clásicos del cuento apareciendo como sombras, artefactos de una mitología que Wicked: For Good tiene que aceptar aunque le quede incómoda. Dorothy aparece y desaparece. El León, el Hombre de Hojalata y el Espantapájaros reciben su origen. Son fanstasmas contractuales.

Entonces, lo que sostiene todo es otra cosa: el modo en que Wicked: For Good habla de la amistad como una fuerza centrífuga. Ese tipo de amistad que te arma y te desarma, que te hace elegir entre lo que querés y lo que debés, que te empuja hacia el lugar exacto donde más miedo te da estar. Chu filma esa separación con una insistencia feroz: ninguna de las dos está cómoda en el pedestal que la sociedad le asignó. Elphaba asume el rol de villana y Glinda el de santa porque no las dejan ser otra cosa. Dos destinos que no eligieron, dos errores que el mundo necesita para seguir funcionando.

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Ariana Grande como Glinda en Wicked: For Good

Wicked: For Good | Cuando la fantasía se vuelve adulta

Wicked: For Good es mejor cuando se permite estar rota. Cuando muestra que Glinda, la buena, y Elphaba, la mala, son dos mitades de una misma herida: la de vivir en un mundo que decide quién sos antes de que puedas decidirlo vos mismo. Cuando la película se detiene ahí, cuando deja que la historia respire con esa mezcla de culpa, amor, furia y resignación, aparece algo que no estaba en la primera parte: una adultez inesperada.

Wicked: For Good no es perfecta. A veces se queda sin aire. A veces parece correr detrás de sí misma. A veces la épica le queda grande y a veces le queda chica. Pero tiene algo que la primera parte solo prometía: un nervio. Una velocidad. Una conciencia de que esta vez no alcanza con el espectáculo: hace falta decir algo. Y lo dice. Lo grita. Lo canta.

Hay escenas que son un puñal tecnicolor: No Good Deed, filmada como un descenso a la rabia que Erivo sostiene con una voz que parece venir desde una caverna; cuando están las dos juntas, otra vez frente a frente: la canción que en el musical es despedida, reparación, acá funciona como un inventario emocional: todo lo que fueron, todo lo que dejaron de ser, todo lo que todavía duele. No importa el fan service, la obligación, la coreografía. Cuando Erivo y Grande cantan, la película se vuelve simple: dos mujeres reconociendo que la vida, a veces, solo avanza cuando una se permite perder algo.

Lo demás –Oz, el Mago, los orígenes, la continuidad– es humo. Lo que queda es ese minuto de verdad. Ese momento de música que le gana a todo. Porque que hay despedidas que se cantan para que duren para siempre.

Tráiler de la película:

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