Crítica Sirāt: La fiesta en el fin del mundo

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Una fiesta electrónica se convierte en una travesía física y espiritual a través del desierto. Sirāt es una road movie sobre cuerpos al límite, comunidad efímera y la sensación de que el mundo se está acabando.

El sonido llega primero. Parlantes apilados como monolitos en el desierto marroquí, bajos que retumban contra la piedra de un cañón, chicas y chicos moviéndose sobre la arena seca. Óliver Laxe abre Sirāt en una fiesta ilegal donde cinco ravers bailan con intensidad farmacológica, como si sus cuerpos fueran la expresión musical de la unidad originaria de todo lo existente. La cámara los sigue, los pierde, los encuentra de nuevo. Todavía no sabemos que estamos viendo los últimos momentos antes de que la realidad comience a desintegrarse.

Sergi López aparece en la fiesta como un intruso. Es Luis, un padre que busca a su hija desaparecida hace cinco meses, quizás metida en el movimiento de free parties. Lo acompaña su hijo Esteban (Bruno Núñez) y su perro Pipa. Cuando el ejército llega a desalojar el lugar, el grupo –Tonin, Jade, Bigui, Josh, Stef– huyen hacia otra rave en la frontera con Mauritania y Luis comienza a seguirlos. Bienvenidos a Sirāt, donde donde el movimiento sustituye a la certeza y avanzar es apenas otra manera de postergar la caída.

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Sergi López como Luis en Sirāt

Sirāt: El desierto como puente entre el cielo y el infierno

El título viene del Islam: Sirāt es el puente entre el paraíso y el infierno, más angosto que un cabello y más afilado que una espada. Laxe toma la metáfora y la convierte en una carretera de montaña donde los camiones de se balancean al borde del abismo. Sirāt es una road movie, pero el camino no lleva a ningún lado excepto hacia adelante. El desierto es materia viva, hostil, incierta: un espacio que rechaza la vida humana y no ofrece a cambio ninguna promesa de que cruzarlo valga la pena.

Lo que empieza como película de búsqueda familiar se transforma cuando Laxe introduce la primera grieta en la estructura. Sirāt no sigue la lógica narrativa sino que se arma como un set de techno ambient: fases que se expanden, ritmo distendido que de pronto quiebra, silencios que pesan tanto como el ruido. Cada momento de amistad convive con la amenaza de disolución, cada baile existe a centímetros del vacío.

Laxe detalla la materialidad del viaje con pulso documental: una rueda que se hunde, un motor que se recalienta, la negociación constante con el terreno. Sirāt busca lo concreto, esos pequeños desastres que acumulados revelan que cruzar el desierto no es viaje sino supervivencia.

Laxe entiende que la música electrónica es una forma de estar en el mundo con una intensidad que la vida normal no permite. Sus party people –actores no profesionales, cuerpos marcados por años de vida en los márgenes– no son hedonistas sino gente que encontró en la música la única comunidad que tiene sentido.

Sergi López funciona como contraste. Su presencia pesada anuncia que Sirāt no va a resolverse en reconciliación familiar. La película parte de un impulso –encontrar a la hija– pero deriva hacia otra cosa: la pregunta de qué significa seguir adelante cuando ya no sabés hacia dónde vas.

Oliver Laxe y el cine sin control

Desde Todos Vós Sodes Capitáns, su primer largometraje, Laxe construye películas que se descontrolan. En ese documental sobre un taller de cine con niños en Marruecos, los estudiantes terminaban dirigiendo y el cineasta quedaba desplazado de su propio proyecto. Era una película que se deshacía para volverse otra cosa, pura mirada sin argumento.

Sirāt retoma esa lógica pero la lleva más lejos. La trama se diluye en momentos laterales, diálogos que circulan entre idiomas (francés, español, inglés), noticias que hablan de una posible Tercera Guerra Mundial. Hay un flotamiento deliberado, una negativa a anclar el relato en certezas.

La atención de Laxe está en los cuerpos. Bigui es un manco que lleva una remera de Freaks, Tonin tiene una pierna protésica, todos parecen desplazados de cualquier contexto que no sea la pista improvisada en medio de la nada. Un grupo hermoso de marginales en pleno motín existencial contra la vida oficinista que ofrece el sistema, donde obedecer fue y sigue siendo una muestra de buena educación.

Tonin, Jade, Bigui, Josh, Stef tienen esa cualidad dionisíaca de Nietzsche: cuerpos que encontraron en el éxtasis colectivo la disolución del yo y la fusión con algo más grande. Bailar es la respuesta a la finitud. Un grupo que entendió aquello que decía el marqués de Sade: el placer es superior al dolor, porque el placer quiere la eternidad.

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Richard Ballamyun como Bigui en Sirāt

Éxtasis y fatalidad como estados simultáneos

“¿Así se siente el fin del mundo?”, pregunta alguien en un momento. Sirāt es una película sobre ese sentimiento: la certeza de que el colapso no es futuro sino presente, que el apocalipsis ya está sucediendo y lo único que queda es seguir bailando. El fin del mundo no es evento sino el estado permanente de la realidad.

Sirāt es una película sobre una rebelión imposible: bailar sabiendo que la música no cambia nada, avanzar sabiendo que el camino puede terminar en cualquier momento, sostener la comunidad porque es lo único que nos queda. El sonido no salva, no redime, no transforma. Pero afirma que estar presente en el propio cuerpo, vibrar al unísono con otros cuerpos, tiene valor incluso –especialmente– cuando todo alrededor se desintegra.

La pregunta que late en Sirāt es la de Midnight Oil: ¿cómo bailar mientras las camas arden? Laxe responde: ¿cómo no hacerlo? La música no apaga el fuego pero vuelve soportable el calor. El éxtasis no detiene la catástrofe pero la vuelve habitable. Y esos momentos son todo lo que tenemos.

En definitiva, Sirāt es un memento mori disfrazado de road movie techno. Cada beat es un recordatorio de que el cuerpo es finito, cada baile es ensayo de la desaparición, cada paso sobre el puente angosto puede ser el último. Laxe filma con la certeza de que abandonarse a la música no promete liberación sino aprendizaje: que somos frágiles, que el mundo es hostil, que la comunidad dura lo que dura y después solo queda el silencio. Pero mientras la música suena, mientras los cuerpos se mueven, mientras hay algo que vibra contra la piedra del desierto, todavía hay algo parecido a la esperanza. O al menos algo parecido a estar vivo.

Tráiler de la película:

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