Chris Raven abre los ojos y ya está muerto. O casi. Sin Piedad (Mercy) lo encuentra atado a una silla, frente a una pantalla donde una jueza generada por Inteligencia Artificial le informa que tiene noventa minutos para demostrar su inocencia. Si no lo consigue, si el algoritmo lo declara culpable con un 92.5% de certeza, recibe la inyección letal. No hay apelaciones. No hay jurado. No hay presunción de inocencia. Bienvenido a Los Ángeles, 2029, donde la justicia se resolvió como se resuelve todo en el futuro: automatizándola.
Timur Bekmambetov –que produjo Unfriended, Searching, Profile, básicamente toda buena película en formato screenlife desde 2015– toma su fórmula de pantallas múltiples y la cruza con un policial de detectives. Raven (Chris Pratt) está inmóvil en la silla durante toda la película, pero el programa Mercy le da acceso total a Los Ángeles: puede revisar cámaras de seguridad, llamar testigos, investigar redes sociales, acceder a videos de celulares. Es un estado orwelliano disfrazado de herramienta de defensa. Todo está conectado, todo está disponible, todo está vigilado.
Sin Piedad pregunta –¿qué pasa cuando delegamos la justicia a las máquinas?–, pero elige ser un misterio de asesinato donde un policía tiene que descubrir quién mató a su esposa (Annabelle Wallis) antes de que se acabe el tiempo.
La premisa de Sin Piedad suena a Minority Report actualizado para la era de ChatGPT, donde una jueza generada por IA –Judge Maddox, interpretada por Rebecca Ferguson con mirada de acero y peinado corporativo– no parece tan lejana sino casi inevitable. El giro irónico –que el acusado sea el mismo detective que impulsó la creación del programa– es que Raven descubre que la eficiencia tiene un costo, y ese costo es él.

Sin Piedad (Mercy): El thriller futurista de Timur Bekmambetov
Sin Piedad transcurre en tiempo real –o casi– y Bekmambetov tiene que mantener el interés visual de un tipo atado a una silla. Lo resuelve con su arsenal de pantallas: alterna entre la sala de juicio y el mundo exterior, con ventanas múltiples simultáneas, videollamadas, gráficos 3D de las calles de LA, archivos de sitios web, posts de redes sociales, realidad virtual que termina viéndose… como una película.
Chris Pratt construyó su carrera interpretando tipos normales metidos en situaciones extraordinarias: el ladrón simpático de Guardianes de la Galaxia, el entrenador de dinosaurios, el héroe accidental. Acá lo intenta, pero el guion de Marco Van Belle no le da niveles para jugar: Raven es un catálogo de clichés –trauma por un compañero muerto, problema con el alcohol, matrimonio roto, hija adolescente (Kylie Rogers) con la que no conecta– más que un personaje.
Rebecca Ferguson, generalmente infalible, está atrapada en un papel imposible: tiene que interpretar un salvapantallas con ojos muertos y voz plana. Es intencionalmente robótica hasta que no lo es, porque Maddox puede aprender, suavizarse, humanizarse. Los cambios en la actuación de Ferguson se vuelven difíciles de leer: ¿es el personaje evolucionando o es el guion perdiendo el rumbo?
Justicia automática
El Los Ángeles de 2029 de Sin Piedad es una versión menos evocativa del de Strange Days de Kathryn Bigelow. Hay alusiones vagas a disturbios civiles, scooters policiales voladores y zonas de exclusión donde viven los “indeseables sociales”. Es un encuadre sombrío que tiene potencial político y narrativo, pero toda la miseria funciona solo como fondo atmosférico para otra historia sobre un héroe individual contra el sistema.
Sin Piedad intenta decir algo sobre la tecnología en la policía, sobre la corrupción de las fuerzas del orden, sobre un futuro donde la presunción de culpabilidad reemplaza a la de inocencia. Pero lo que realmente expone es el colapso entre justicia y productividad, ese momento preciso en que una sociedad decide que es más barato ejecutar que rehabilitar, más rápido sentenciar que investigar. El programa Mercy no es un avance tecnológico: es la culminación lógica de un sistema que siempre trató a los acusados como errores a descartar. La IA solo hizo eficiente lo que la justicia ya venía haciendo con disimulo.
La película fracasa porque confunde advertencia con espectáculo, porque filma el horror del algoritmo sin entender que el horror no está en la máquina sino en la sociedad que la inventó. Raven lucha por su vida contra una jueza digital, pero la verdadera condena no viene de Maddox: viene de un mundo que decidió que noventa minutos son suficientes para medir una vida, que 92.5% de probabilidad es lo mismo que certeza, que la velocidad importa más que la verdad. Sin Piedad muestra un futuro donde la justicia se automatizó, pero olvida que ese futuro llegó hace rato. Solo le falta el software.




