Crítica Scream 7: Ghostface en la era de la IA

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Fandom, true crime y memoria digital: con Scream 7, Kevin Williamson regresa al slasher que ayudó a inventar y filma una película donde el asesino importa menos que el sistema que lo produce.

Treinta años después de que una voz preguntara por las mejores cinco películas de terror a través de un teléfono, Kevin Williamson dirige la franquicia que él mismo inventó. Scream 7 llega cargado ese peso: el de la cosa que vuelve, el de la cicatriz que se reabre, el del fantasma que resulta ser de carne y hueso. La séptima entrega recupera a Sidney Prescott, desplaza la acción a un pueblo nuevo y promete, otra vez, un juego de sospechas donde cualquiera puede estar detrás del cuchillo. Pero lo que está en juego ya no es la identidad de Ghostface, sino la de la propia saga.

Pine Grove, el nuevo escenario, no tiene la densidad mitológica de Woodsboro ni la escala urbana de la Nueva York de Scream 6. Aquí Sidney puede ser anónima, atender una cafetería y ser la esposa del jefe de policía sin que nadie sepa lo que dejó atrás. Su hija mayor se llama Tatum, y ese nombre representa treinta años de trauma comprimidos: el retrato de una mujer que convierte a sus muertos en sus vivos porque es la única forma que encontró de no perderlos dos veces.

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Naomi Campbell como Sidney Prescott en Scream 7

Scream 7: Sidney Prescott, la final girl después del miedo

Naomi Campbell vuelve a la saga con la serenidad de quien no tiene nada que demostrar. Verla en Pine Grove tratando de ser normal es ver a alguien que sabe que la normalidad es una ficción que vale la pena sostener. Después de atravesar cinco películas de cuchilladas, llamadas nocturnas y amigos muertos, Sidney ya no reacciona como una adolescente aterrorizada. Cuando atiende una llamada, no necesita procesar lo que escucha porque sabe el protocolo. Esa familiaridad cambia la temperatura de la película. Si el slasher clásico depende del aprendizaje forzado de su protagonista, en Scream 7 Sidney no tiene miedo sino el cansancio de quien ya tuvo miedo demasiadas veces.

Ghostface la encuentra igual. Ghostface siempre la encuentra. Porque Ghostface no es un asesino que la persigue sino la imposibilidad de escapar de nuestra historia. Es una función dramática, el mecanismo que hace que los personajes muestren quiénes son cuando el miedo los reduce a sus componentes esenciales. La pregunta de quién está detrás de la máscara importa menos que la de qué revela cada sospechoso sobre las relaciones que lo rodean. El horror no está en el cuchillo sino en el diagnóstico que produce.

Si Scream siempre fue una máquina de comentarios sobre el propio cine, sobre la relación entre el espectador y el horror, sobre la complicidad del que mira con lo que mira, el incipit de Scream 7 lleva esas ideas a su conclusión material: dos fanáticos del true crime recorren de la casa Macher, ahora convertida en museo interactivo, en atracción turística dedicada a los crímenes que la franquicia convirtió en mitología pop. La Inteligencia Artificial hace hablar a los muertos y abre una línea inquietante: la saga que nació comentando el artificio del cine ahora utiliza un artificio tecnológico para sostener su propio archivo.

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Ghostface en Scream 7

Scream 7: El slasher y la repetición como destino

Comparada con Scream 6 –que desplazó la acción a Nueva York y al menos intentó modificar la escala–, esta entrega prefiere replegarse. El regreso a lo pequeño no implica mayor intensidad sino reducción de ambición. Kevin Williamson filma con oficio, pero el oficio no reemplaza la urgencia. La película parece hecha desde la administración de una herencia más que desde la necesidad de decir algo. La saga que supo preguntarse por qué miramos violencia ahora se limita a garantizar que la violencia ocurra en tiempo y forma.

Y, sin embargo, algo persiste. Esa cosa de tragedia griega –personajes que conocen su destino pero no pueden evitarlo– para Edipos posmodernos; esa estructura whodunit que mantiene el placer infantil de sospechar de todos, revisar gestos, contar coartadas; esa dimensión lúdica que sigue funcionando porque pertenece a la esencia de la saga. El problema es que el juego ya no pone en peligro a quien lo juega.

El slasher siempre trabajó con la idea de retorno. El asesino vuelve. Los muertos vuelven. Con otra voz, con otra cara, con el nombre de otra persona, como hijos que nunca terminaron de nacer. Scream 7 intenta llevar ese retorno a un punto de acumulación. La operación es evidente: devolver a Sidney al centro, reinstalar la idea de familia amenazada y sumar un dispositivo contemporáneo –la Inteligencia Artificial como forma de resucitar voces y rostros– que permita explotar el pasado sin tener que pensarlo demasiado.

Pasaron treinta años de Scream, aquel ejercicio de autopsia del terror que en 1996 desmontó el género desde adentro con la sonrisa del que sabe demasiado. En Scream 7, el teléfono suena otra vez. La máscara aparece otra vez. Sidney corre otra vez. Pero tal vez la cuestión no sea quién está detrás del cuchillo sino si queda algo por cortar.

Tráiler de la película:

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