Crítica Predator: Badlands | La última cacería

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Western espacial, fábula biológica y drama existencial, Predator: Badlands reescribe el ADN de Depredador con una historia que no trata sobre cómo matar mejor, sino de entender por qué seguir haciéndolo.

El universo de Predator siempre fue una cacería, un catálogo de cuerpos en peligro. Durante casi cuarenta años, el Depredador fue el otro: el cazador invisible, la amenaza que acecha desde los árboles, la muerte con tres puntos rojos. Era el mal puro que llegaba para poner a prueba la masculinidad de soldados, mercenarios y guerreros de todas las épocas. En Badlands (Tierras Salvajes), Dan Trachtenberg invierte la ecuación: ahora el Depredador es el perseguido, el vulnerable, el que debe aprender a sobrevivir en un mundo que lo quiere muerto.

Desde los primeros minutos, el planeta Genna impone sus reglas. No hay selva ni desierto, sino una extensión letal de colores falsos, donde el aire parece moverse con vida propia. El protagonista –Dek, un joven Yautja considerado un “runt” por su tribu– no llega hasta allí por deporte sino por honor. Busca el trofeo imposible: el Kalisk, la criatura que mata pero “no puede morir”. Dek caza para ser reconocido, para existir. Si en su planeta natal lo llaman débil, en Genna ese defecto será lo único que le permitirá seguir respirando.

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Elle Fanning como Thia en Predator: Badlands

Predator: Badlands | La evolución del yautja

La novedad radical de Predator: Badlands está en su punto de vista. Por primera vez en la saga, el Depredador es el protagonista absoluto. No hay humanos, solo criaturas, máquinas y un joven alienígena que habla en lengua yautja y que carga con una androide partida al medio que funciona como su guía turística y conciencia moral. Dek (Dimitrius Schuster-Koloamatangi) no es el cazador mítico de los 80s: es un Depredador joven, pequeño para los estándares de su especie, rechazado por su padre, el jefe del clan. Es un animal con miedo, un guerrero en formación que empieza a dudar del valor de la violencia.

A diferencia de sus predecesoras, Predator: Badlands no es una sucesión de combates sino una historia de aprendizaje: el relato de un cuerpo que intenta entender su entorno. Una especie de western existencialista ambientado en un planeta hostil donde cada planta, cada animal, cada gota de agua esconde una forma de morir.

La aparición de Thia –una androide sintética interpretada por Elle Fanning– reconfigura la película. Mutilada por el Kalisk, Thia se arrastra con los brazos, moviéndose como un insecto herido. Su encuentro con Dek marca el inicio de una relación extraña: mitad alianza, mitad tortura. Ella habla sin parar; él apenas gruñe. Pero entre ambos surge una inteligencia común, una comprensión compartida de lo que significa ser un paria. Thia fue creada por la corporación de Alien, Weyland-Yutani, como científica para estudiar la vida de Genna. Dek fue criado por un sistema que venera la fuerza. Ninguno pertenece ya a su origen.

El tono cambia con ellos. Lo que empieza como una película de supervivencia se transforma en una especie de buddy movie extraterrestre, una comedia salvaje entre un depredador misántropo y una androide curiosa y emocional. Thia enseña a Dek que sobrevivir no es lo mismo que vivir. “Podría seguir sola –dice–, pero ¿para qué querría hacerlo?” Dek no tiene respuesta. Su cultura le enseñó que la soledad es fuerza, que necesitar a otros es debilidad. En ese diálogo se condensa la ética de Badlands: la empatía como mutación evolutiva.

Trachtenberg usa la relación entre Dek y Thia para deconstruir el código guerrero yautja desde adentro. Cada conversación entre ellos es hermenéutica involuntaria donde la androide desarma las certezas del Depredador. Le explica que un lobo alfa no es el más violento sino el que mejor protege a la manada. En ese sentido, Predator: Badlands funciona como western codificado. Hay ecos de Josey Wales, el veterano que insiste en cabalgar solo y termina acumulando aliados. Incluso aparece Bud, una simio de ojos grandes y cara de perro que se une al dúo. La manada crece. Dek se resiste. Pero el planeta lo obliga a elegir: adaptarse o morir.

El guion cae por momentos en la pedagogía inspiracional de Hollywood, pero hay un intento de plantear la fragilidad de los conceptos que sostienen la civilización: familia, deber, poder. Dek y Thia hablan de padres, hermanos, manadas, pero esas palabras ya no significan lo mismo. Badlands no trata de depredadores ni de presas, sino de la lenta transformación de la fuerza en empatía. Dek empieza queriendo demostrar que puede matar mejor que su padre. Termina entendiendo que la única victoria posible es no repetirlo.

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Dimitrius Schuster-Koloamatangi como Dek en Predator: Badlands

Predator: Badlands | La ética del lobo

La acción, cuando llega, es salvaje. Trachtenberg filma con la intensidad de un western cósmico, pero lo que persiste es el silencio entre las batallas. Dek, Thia y Bud forman una familia deformada, un eco de los equipos humanos que protagonizaban las primeras entregas. Solo que esta vez la humanidad está ausente, reemplazada por lo que queda de ella: el instinto de cuidar, de compartir, de nombrar al otro.

La franquicia Depredador lleva casi cuatro décadas funcionando con la misma premisa: un grupo de humanos armados enfrenta a un cazador alienígena superior en todos los sentidos. Trachtenberg desmantela la fórmula tres veces seguidas –primero con Prey, después con Killer of Killers, ahora con Badlands– y cada vez encuentra algo nuevo. No porque sea Kubrick sino porque mira las películas con la misma curiosidad que Thia mira Genna: como si todo estuviera por descubrirse, como si las reglas pudieran reescribirse.

Al final, Predator: Badlands plantea la pregunta: ¿qué pasa cuando consigues lo que querías y descubres que no valía la pena? Dek sale de su planeta buscando redención a través de la violencia. Encuentra otra cosa: la posibilidad de construir algo distinto, de proteger en lugar de destruir, de elegir la compañía sobre la soledad. Es apenas una grieta en la lógica de un personaje educado para matar. Pero en esa grieta cabe una película.

Tráiler de la película:

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