Crítica Pillion: Dialéctica del amo y el esclavo

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Harry Lighton filma la sumisión como búsqueda de identidad y convierte el BDSM en lenguaje del deseo. Pillion es una historia de amor donde la entrega no es debilidad sino una forma de conocerse.

Alexander Skarsgård baja de una moto como si viniera de otro planeta y Harry Melling lo mira con los ojos de alguien que acaba de entender que la vida puede ser otra cosa. En Pillion, Harry Lighton no filma una relación BDSM: filma el momento en que alguien descubre quién es cuando entiende la sumisión no es una falla de la personalidad sino el idioma que el cuerpo siempre habló pero le enseñaron a silenciar. Lo que podría ser una película sobre abuso termina siendo un retrato feroz sobre qué pasa cuando el único deseo es complacer el deseo del otro.

Pillion adapta la novela Box Hill de Adam Mars-Jones pero le saca su contexto histórico de los 70s y la coloca en un presente donde la homosexualidad no necesita explicación ni dramatismo. Aquí no hay armarios, no hay homofobia como clima social. El conflicto no está en ser gay, sino en cómo amar cuando el amor es una forma de obediencia.

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Harry Melling como Colin en Pillion de A24

Pillion: Harry Melling, Alexander Skarsgård y la química de lo desigual

Colin (Melling) es guardia de tránsito, canta en un cuarteto barber shop y vive con sus padres en Bromley. Ray aparece con glamour importado, un extraterrestre de Los Ángeles que trae consigo un mundo de posibilidades que Colin ni siquiera sabía que existían.

Ray no seduce: selecciona. Colin no quiere ser amado. Quiere ser usado con precisión. Porque para algunos, amar no tiene nada que ver con el intercambio ni con el cuidado mutuo. Tiene que ver con ser necesario. En los próximos meses cocinará, hará las compras, limpiará, dormirá en el piso mientras el pitbull de Ray ocupa el sillón.

Harry Melling construye un personaje que pide instrucciones incluso cuando nadie se las da. Es la disponibilidad hecha cuerpo. Colin busca un lugar donde su deseo no tenga que justificarse. No es pasivo, sino alguien que entiende que entregarse es una forma activa de existir. Melling tiene aquí su primer protagónico y lo transforma en una clase de actuación: cada gesto torpe es también un acto de valentía, cada palabra que tartamudea es el lenguaje de alguien que está aprendiendo a nombrarse.

Alexander Skarsgård interpreta a Ray como un enigma que no necesita resolverse. Tiene tatuajes con nombre de mujeres que nunca se explican, una mirada que no entrega nada pero tampoco miente. Ray es puro presente: no habla de su pasado, no promete futuro, existe en el acto de dominar con una economía emocional que podría ser crueldad si no fuera también una forma de honestidad.

La química entre ambos funciona porque Lighton entiende que el desequilibrio de poder no mata el deseo sino que lo intensifica. Colin no ama a Ray a pesar de la sumisión sino a través de ella. “A tu lado, no soy nada. Cuando soy tuyo, soy yo mismo”. La pregunta que recorre Pillion es si el amor necesita ser horizontal para ser válido, si la entrega puede ser libertad cuando es elegida.

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Alexander Skarsgård como Ray en Pillion de A24

Pillion: Lecciones de amor masoquista

La ópera prima de Harry Lighton tiene la confianza del que sabe que mostrar no es lo mismo que explicar. Las escenas de sexo son explícitas sin ser exhibicionistas, eróticas sin caer en la pornografía vacía. Es cine que confía en que el cuerpo puede ser narrativa, que el sexo cuenta algo que el diálogo no alcanza a decir.

Colin no es masoquista. El masoquista es quien diseña la escena, quien instruye al dominante sobre cómo lastimarlo, quien controla el dolor desde abajo. Colin no dicta nada: se ofrece sin guion. No hay negociación previa, no hay palabra de seguridad, no hay contrato tácito. Ray decide, Ray dispone, Ray ignora. Colin solo está disponible.

El masoquista orquesta su propia humillación, Colin simplemente encuentra en la obediencia el único lugar donde su deseo no necesita traducción. No busca el dolor como fin sino la claridad de existir sin tener que explicarse. Ray no es su empleado emocional disfrazado de amo: es alguien que genuinamente no le debe nada y esa asimetría sin red de seguridad es lo que convierte la sumisión en algo distinto al juego pactado del BDSM convencional.

Más adelante, cuando Colin empieza a reclamar más espacio emocional, la sumisión física se revela como poder afectivo. El que se entrega tiene también la capacidad de exigir. Ray, ese monumento de control, empieza a mostrar fisuras. No es que se enternece sino que descubre que dominar es más fácil si se trata un desconocido.

En definitiva, Pillion es una película sobre cómo el deseo nos enseña quiénes somos. Sobre cómo el amor, incluso cuando es desigual, puede ser el mapa hacia una versión de nosotros que desconocíamos. Porque entregarse, cuando es elección y no condena, es la forma más honesta de estar vivo. El amor aquí no es rescate ni destrucción: es el descubrimiento de que para algunos, arrodillarse es la única manera de ponerse de pie.

Tráiler de la película:

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