Crítica La Muerte de Robin Hood: Después del héroe

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En La Muerte de Robin Hood, Michael Sarnoski imagina qué ocurre cuando un personaje intenta abandonar el nombre que lo hizo famoso y descubre que ya pertenece a la memoria de los demás.

Los héroes también envejecen, y las leyendas suelen llegar tarde al funeral. La Muerte de Robin Hood (The Death of Robin Hood), dirigida por Michael Sarnoski para A24, encuentra al arquero inglés cuando ya no queda nada del mito: ni el bosque luminoso, ni los pobres agradecidos, ni el plantel de hombres alegres. Hay un hombre viejo, sucio, enfermo, con más barba que cara y una lista de muertos demasiado larga para entrar en una canción. Robin Hood lleva décadas esperando que alguien venga a cobrarle cada cadáver. Y alguien llega. Siempre alguien llega.

La primera operación de La Muerte de Robin Hood consiste en ensuciar un nombre que el cine limpió durante casi un siglo. El Robin Hood de Errol Flynn, el de Kevin Costner, el ladrón elegante que roba arriba para repartir abajo, queda convertido en un residuo de propaganda producido por el propio criminal. El Robin Hood de Hugh Jackman admite haber robado y asesinado por placer. Los relatos sobre su generosidad, dice, son mentira. Detrás de él hay tantas tumbas que su vida parece un cementerio.

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Hugh Jackman en La Muerte de Robin Hood

La Muerte de Robin Hood: Hugh Jackman y la belleza de los héroes caídos

Robin Hood quiere renunciar a su propia historia, pero la vida no desaparece porque su protagonista haya cambiado de opinión. Cada asesinato produjo una familia, cada familia produjo otro recuerdo, y cada recuerdo encontró una forma de sobrevivir. La Muerte de Robin Hood trabaja con una violencia que tiene descendencia. Robin Hood puede esconderse bajo otro nombre, puede abandonar el arco, puede arrastrar su cuerpo por los páramos de la Inglaterra de 1247 como un animal que busca dónde morirse. Pero los muertos saben cómo encontrarlo.

La comparación con Logan aparece sola. Jackman vuelve a interpretar a un hombre famoso por matar, envejecido hasta el agotamiento, atrapado dentro de una imagen que sobrevivirá a su cuerpo. Pero La Muerte de Robin Hood lleva esa premisa hacia un lugar más áspero. El cansancio del viejo héroe suele ser una escala previa al último gran acto: una película le concede una despedida espectacular, una oportunidad para demostrar que todavía conserva el golpe, el disparo o el gesto que lo convirtió en leyenda. Sarnoski parece más interesado en la otra pregunta. ¿Qué ocurre cuando un hombre descubre que su mayor habilidad es exactamente aquello que necesita dejar de hacer?

Por eso el movimiento decisivo llega cuando Robin Hood, herido y roto, termina en un priorato remoto bajo los cuidados de la hermana Brigid (Jodie Comer). El cambio de escenario es también un cambio de temperatura moral. Después del barro, la sangre y las emboscadas, aparecen niños huérfanos, enfermos, jardines, animales, tareas domésticas. Robin Hood intenta ser útil. Caza conejos. Trabaja. Se deja curar.

Son acciones pequeñas para un hombre acostumbrado a resolver cualquier conflicto atravesando a alguien con una flecha. La violencia, sin embargo, no desaparece porque haya mejorado la vista desde la ventana. En La Muerte de Robin Hood, la paz tiene algo de rehabilitación: exige aprender de nuevo hasta los movimientos más simples.

Brigid no es una figura destinada a absolverlo. Sarnoski le da a su relación con Robin Hood una densidad más extraña. Ella conoce el peso del pasado y el modo en que una persona puede quedar reducida a la peor versión de sí misma, pero tampoco convierte el sufrimiento en una máquina automática de perdón. Entre ambos circula una pregunta existencial: cuántas vidas puede contener una sola vida. Robin Hodd fue una persona, luego otra, luego otra más. El problema es que las anteriores siguen sentadas en la misma habitación.

Sarnoski ya había trabajado esa materia en Pig, aunque allí la historia encontraba una forma más concreta y más feroz de hablar sobre la pérdida. La Muerte de Robin Hood se mueve dentro de un territorio distinto: aquí el hombre tiene un nombre que ya pertenece a todos. Y ésa es la condena particular de Robin. Los demás personajes pueden recordar; él ha sido convertido en relato.

La película vuelve una y otra vez sobre las palabras, los nombres falsos, las versiones de un mismo hecho, las historias que cambian según quién necesita contarlas. Todo sucede después de lo importante, como si el presente fuera apenas el depósito donde terminan los restos de una biografía.

Ahí también aparece la sombra de Unforgiven. Clint Eastwood desmontaba el western mientras conservaba intacta la fascinación por el pistolero. William Munny era un asesino, pero la película conocía demasiado bien el poder de verlo volver a sacar el revólver. John Ford había formulado el asunto con brutal claridad en El Hombre Que Mató a Liberty Valance: cuando la leyenda se vuelve más poderosa que los hechos, la leyenda termina ganando.

La Muerte de Robin Hood mira ese mecanismo desde el otro lado. Robin Hood sabe que la leyenda lo ha convertido en alguien mejor de lo que fue. La cuestión ya no es si merece esa mentira. La cuestión es qué haría el mundo con la verdad.

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Jodie Comer como la hermana Brigid en La Muerte de Robin Hood

La Muerte de Robin Hood: El criminal detrás del personaje

Sarnoski encuentra allí la idea de la película: las ficciones pueden falsificar una vida y, al mismo tiempo, producir algo que esa vida jamás produjo. El Robin Hood histórico de este relato habría dejado dolor, huérfanos y venganzas. El Robin Hood inventado puede dejar otra cosa. Quizá ése sea el único gesto que queda cuando ya es demasiado tarde para reparar. Un hombre no puede volver atrás y deshacer los muertos. Una historia, en cambio, puede viajar hacia adelante y terminar perteneciendo a gente que jamás conoció al hombre que la originó.

La película funciona mejor cuando deja de preguntar si Robin Hood merece salvarse. Esa pregunta pertenece al catecismo de las películas sobre hombres violentos. La más cruel es otra: qué puede hacer un hombre con la historia de sus actos cuando esa historia ya pertenece a quienes sobrevivieron. Robin Hood quiere morir, desaparecer, abandonar el personaje. Pero ha descubierto que los personajes suelen tener más futuro que las personas.

La Muerte de Robin Hood termina en el único lugar al que podía llegar: la zona turbia donde la memoria empieza a fabricar literatura. Robin Hood quizá fue un asesino. También el que robaba a los ricos para darles a los pobres. Porque un cadáver puede enterrarse. Pero una mentira, si encuentra la historia adecuada, sobrevive mejor que los hombres.

Tráiler de la película:

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Sebastián Valle

Sebastián Valle es Licenciado en Periodismo (TEA y Universidad CAECE). Vive en Buenos Aires. Trabaja en el área cultural desde 2007. Publicó en medios nacionales como Página/12 y en medios independientes como Mutis x el Foro, Zona 11, Pulp Fiction Cine y Revista Hush. Es crítico de cine y televisión y director editorial de Plano Americano. Alumno de toda la vida de Tom Wolfe, Martín Caparrós y J. Hoberman. Tiene la sospechosa capacidad de citar a Borges aunque esté escribiendo un artículo sobre Emily en París. Contacto: sebastianvalle@planoamericano.com

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