Backrooms empieza con un hombre corriendo por oficinas vacías como si hubiera llegado tarde al fin del mundo. El ruido de la cámara VHS raspa el aire. Las paredes amarillas parecen transpirar nicotina vieja. Los pasillos se multiplican con la lógica torcida de una pesadilla burocrática. Y en medio de ese laberinto sin ventanas, Kane Parsons filma el terror contemporáneo: el miedo a quedar atrapado dentro de espacios construidos para no significar nada.
Backrooms nació en internet, en un hilo perdido de 4chan, ese basurero digital donde la paranoia colectiva y el aburrimiento adolescente producen mitologías nuevas a velocidad industrial. El creepypasta original era apenas una imagen: una oficina infinita iluminada por tubos fluorescentes enfermos, alfombras húmedas y paredes amarillas capaces de provocar ansiedad física. Una fotografía cualquiera convertida en amenaza metafísica. El terror de Backrooms es el espacio mismo: esa sensación espantosa de reconocer un lugar que jamás se visitó.
La película toma ese material viral y lo lleva a otra escala, con presupuesto de A24, decorados gigantescos, actores prestigiosos y una industria desesperada por encontrar el próximo lenguaje del terror generacional. El resultado es extraño. Backrooms parece discutir consigo misma. Por momentos quiere ser experiencia sensorial pura: un descenso abstracto por oficinas imposibles donde cada puerta desemboca en otra versión del vacío. En otros momentos siente la obligación de convertirse en relato psicológico, explicar el dolor de sus personajes y traducir el misterio en trauma.

Backrooms: La estética analógica del miedo digital
Clark (Chiwetel Ejiofor) vive rodeado de sillones baratos y sueños rotos. Alguna vez quiso ser arquitecto; ahora duerme en su propio negocio como un náufrago atrapado dentro de una liquidación permanente. Su local –Cap’N Clark’s Ottoman Empire– supura una tristeza muy específica: la del hombre norteamericano que descubrió demasiado tarde que el capitalismo no recompensa el talento sino la capacidad de soportar humillaciones cotidianas. Clark vende muebles del mismo modo en que otros venden partes de sí mismos. Cada lámpara, cada mesa ratona, cada promoción fluorescente parece anunciar una derrota distinta.
Cuando encuentra la entrada hacia los Backrooms en el subsuelo del local, Parsons transforma la exploración del espacio en un ejercicio de tensión física. Clark avanza entre habitaciones imposibles donde los objetos salen de las paredes como tumores domésticos. Hay escritorios incrustados en techos, puertas que conducen a otras puertas, corredores que parecen doblarse sobre sí mismos. El horror liminal funciona porque elimina cualquier posibilidad de épica. Apenas oficinas vacías, alfombras industriales y luces de tubo. El terror del siglo XXI llega con olor a humedad corporativa.
Nacido en 2005, Parsons, criado entre pantallas y software de edición, pertenece a una generación cuya relación con las imágenes ya no pasa por el cine clásico sino por archivos comprimidos, glitches digitales y videos reproducidos a las tres de la mañana. Backrooms transpira esa sensibilidad donde internet destruyó la frontera entre lo familiar y lo siniestro. La oficina vacía, el shopping abandonado, el pasillo de hotel sin gente, el supermercado abierto de madrugada. Lugares diseñados para millones de personas que de pronto quedan vacíos y revelan una desolación insoportable. Kubrick filmaba hoteles; David Lynch, el inonsciente; Parsons filma el diseño del tedio contemporáneo.
El problema aparece cuando Backrooms intenta darle sentido a ese vacío. Hollywood desconfía del misterio puro. Necesita explicaciones, traumas, personajes rotos que proyecten sus conflictos internos sobre la dimensión paralela. Entonces aparece Mary, la terapeuta interpretada por Renate Reinsve, y los Backrooms dejan de ser un espacio psicodélico para convertirse en un espejo psicológico. El laberinto ya no produce angustia porque sea infinito sino porque refleja heridas emocionales.
Sin embargo, incluso en sus desvíos psicológicos, Backrooms conserva imágenes difíciles de expulsar del cerebro. Parsons tiene ojo para la espacialidad enferma. La cámara siempre encuentra un ángulo donde la arquitectura parece equivocada. Un pasillo demasiado largo. Una puerta colocada unos centímetros más arriba de lo normal. Un horizonte levemente corrido. Pequeñas alteraciones capaces de generar ansiedad física. Parsons trabaja desde el extrañamiento geométrico de Kubrick y la lógica surrealista de los sueños lyncheanos.

Backrooms, explicada: el significado del laberinto infinito
Las películas de terror de los 70s temían a la familia. Las de los 80s, a la invasión suburbana. Las de los 90s, a la violencia mediática. Backrooms teme al espacio vacío producido por la hiperconectividad. Una generación criada online pasa horas navegando interfaces impersonales, edificios corporativos, plataformas idénticas entre sí, oficinas sin identidad. Los Backrooms son el inconsciente arquitectónico de internet: un mundo hecho de lugares de transición donde nadie permanece demasiado tiempo pero donde todos estuvieron alguna vez.
Por eso las mejores escenas de la película ocurren cuando Clark camina. Cuando la narración desaparece y solo queda el ruido eléctrico de las luces fluorescentes. Parsons filma esos recorridos como exploraciones arqueológicas del capitalismo tardío. El mobiliario barato, las alfombras industriales y los carteles deformados funcionan como restos fósiles de una civilización obsesionada con producir comodidad prefabricada. Cada habitación parece salida de un catálogo corporativo diseñado por alguien que jamás conoció la alegría.
Incluso la criatura que aparece ocasionalmente resulta menos perturbadora que el espacio mismo. Un monstruo siempre tranquiliza un poco porque ofrece una amenaza concreta. El horror liminal, en cambio, produce otro tipo de angustia: la sospecha de que el mundo puede volverse extraño sin necesidad de que ocurra nada sobrenatural. Apenas basta una oficina vacía y demasiadas luces encendidas.
El terror contemporáneo ya no nace del exceso sino de la repetición. Los mismos pasillos. Las mismas paredes. Las mismas alfombras. Como si el mundo hubiese quedado atrapado dentro de una fotocopiadora infinita. Parsons toma esa sensación colectiva y la convierte en una estética del agotamiento contemporáneo.
El cine de terror lleva décadas intentando imaginar el futuro del miedo. Vampiros posmodernos, asesinos seriales irónicos, traumas hereditarios convertidos en metáforas familiares. Parsons llega desde YouTube para recordar que las pesadillas del presente quizás ya existen alrededor nuestro. Oficinas vacías. Centros comerciales muertos. Pasillos iluminados a las cuatro de la mañana. Lugares donde el alma humana parece haber sido reemplazada por diseño industrial. Backrooms sospecha que esos espacios infinitos ya estaban acá mucho antes de que alguien los caminara.



