Crítica Hamnet: La muerte y sus dobles

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En Hamnet, Chloé Zhao examina el matrimonio de Agnes y Shakespeare como un territorio fracturado por la pérdida y atravesado por la pregunta sobre qué puede hacer el arte frente a la muerte.

Jessie Buckley grita y ese sonido es el de un animal herido que espera la muerte. Hamnet es una película sobre el momento en que el mundo se parte al medio y ya no hay forma de volver a armarlo. La novela de Maggie O’Farrell sobre William Shakespeare, Agnes –su esposa– y el hijo que perdieron a los 11 años, le permite a Chloé Zhao explorar el matrimonio como ecosistema, el duelo como enfermedad del cuerpo, sobre qué hace una madre cuando le quitan lo único que no puede reemplazarse, y qué hace un padre cuando la única forma de procesar la pérdida es escribirla.

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Jessie Buckley como Agnes en Hamnet de Chloé Zhao

Shakespeare antes del mito: Cuerpo, deseo y ausencia

Will y Agnes se conocen y se desean con violencia. Él es un profesor de latín agobiado por las deudas de su padre, ella es una mujer que vive más cerca de los árboles que de la gente. Paul Mescal la mira como si fuera la respuesta a una pregunta que todavía no formuló. Jessie Buckley lo mira como si supiera lo que va a pasar y no le importara. No hay cortejo elegante ni diálogo ingenioso: hay sexo, urgencia, hambre. Se tocan como si el cuerpo fuera la única certeza disponible. Hamnet se instala ahí: en ese punto donde la vida ocurre antes de ser explicada.

Los hijos llegan como llegan siempre: rápido, ruidosos, demandantes. Primero una niña. Después los mellizos: Hamnet y Judith, que llega callada, sin respiración, azul. Agnes la revive a pura voluntad. La muerte quiso llevarse a Judith, pero Agnes no la dejó. La muerte aceptó. Por ahora.

Will empieza a irse. Londres lo llama, las obras lo llaman, la ambición lo llama. Agnes se queda en Stratford sosteniendo todo: la casa, los hijos, la rabia acumulada de ser la que siempre se queda. Mescal actúa la culpa en la forma en que esquiva la mirada, en cómo promete cosas que sabe que no va a cumplir, en la manera en que escribe toda la noche como si las palabras pudieran compensar la ausencia.

Y entonces llega la peste. Judith se enferma. Hamnet se acuesta junto a su hermana para engañar a la muerte y la muerte se deja engañar: se lleva al niño equivocado. Hamnet muere. Judith vive. Zhao construye la tragedia sobre ese intercambio imposible, sobre la idea de que la muerte acepta canjes pero nunca devoluciones.

Hamnet: Jessie Buckley y el duelo como experiencia física

Lo que sigue es un estudio sobre el duelo en su forma más primitiva. Agnes grita, se quiebra, culpa. No hay belleza en su dolor porque Zhao no está interesada en la estética del sufrimiento: está interesada en el sufrimiento como experiencia física. Cuando Will finalmente vuelve, ella lo mira como se mira a un desertor.

Will es un hombre que sabe que falló y que no hay palabras en ningún idioma que puedan repararlo. Entonces hace lo único que sabe hacer: escribir. Se encierra, trabaja en una obra que todavía no tiene forma definida. Agnes vive su duelo en Stratford, Will vive el suyo en Londres. No se consuelan porque no saben cómo. La distancia entre ellos ya no es solo geográfica sino existencial. Dos personas atravesadas por la misma pérdida que ya no comparten el mismo mundo.

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Paul Mescal como William Shakespeare en Hamnet

Hamnet: La herida antes del canon

Zhao estructura la película en capítulos emocionales más que narrativos. Cada sección tiene su propio ritmo, su propia temperatura. El encuentro inicial entre Will y Agnes es puro deseo filmado con largas tomas que dejan respirar el espacio. La vida familiar es caos doméstico capturado con la espontaneidad de un documental. La muerte de Hamnet es silencio y horror, un plano del niño caminando solo por un mundo crepuscular que funciona como representación visual del tránsito entre la vida y la nada.

Shakespeare escribió Hamlet como forma de transitar lo indecible, de darle lenguaje al vacío que deja una muerte. No es que la obra le devuelva a su hijo, pero le devuelve otra cosa: la posibilidad de entender que el arte no repara nada, pero crea un espacio donde el dolor puede existir sin destruir. La obra no trae de vuelta a Hamnet, pero le da forma a la ausencia. Y esa forma, por frágil que sea, es suficiente para seguir respirando.

La película dice que escribir puede ser un acto de amor tanto como un acto de egoísmo, que crear es una manera de dialogar con los muertos, que el teatro puede ser el lugar donde finalmente lloramos lo que no pudimos llorar solos. Y dice, sobre todo, que la pérdida no se supera pero se transforma. Hamnet murió. Hamlet vive. Y entre esos dos nombres está toda la distancia entre ser o no ser. El resto es silencio.

Tráiler de la película:

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