Crítica El Testimonio de Ann Lee: Amanda Seyfried y el erotismo reprimido de la fe

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Entre el éxtasis religioso, el celibato y la violencia del cuerpo, El Testimonio de Ann Lee es una experiencia sensorial sobre cómo el dolor personal puede transformarse en un delirio colectivo.

Si Dios es un concepto a través del cual medimos nuestro dolor, Ann Lee fue su propia unidad de medida. Nació en Manchester en 1736, trabajó de niña en una hilandería, se casó contra su voluntad, parió cuatro veces y cuatro veces tuvo que enterrar a sus hijos antes del año. Algo ahí se rompió para siempre. El Testimonio de Ann Lee es una película sobre esa mujer que llevó el terror en el cuerpo durante toda su vida y decidió, en lugar de abandonar a Dios, intentar corregirle el guion.

Amanda Seyfried ofrece una actuación que va directo al sistema nervioso. Mira con ojos demasiado grandes para este mundo, pero sus movimientos pertenecen a la realidad: convulsiona, baila, grita, trabaja, pierde, emigra, crea una comunidad en el invierno de Nueva Inglaterra. La directora noruega Mona Fastvold construye El Testimonio de Ann Lee sobre esa contradicción: la biografía de una predicadora espiritual filmada como experiencia física, donde lo místico se vuelve materia y la religión es menos un doctrina que una terapia de shock.

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Amada Seyfried en El Testimonio de Ann Lee

El Testimonio de Ann Lee: Represión, sexo y dolor

Cada trauma tiene una historia de origen. El de Ann Lee es un cuerpo encima de otro. Esa niña de Manchester ve a su padre sobre su madre y construye una lógica implacable que gobernará toda su vida: que la carne en contacto con otra carne produce asco. Luego vendrá el sexo con su marido Abraham Stanley, una obligación contractual que se convierte en un ejercicio de dominación a través de un sadomasoquismo soft sacado de las páginas de Thérèse, Filósofa, novela libertina francesa de 1748, el manual del siglo XVIII para entender que el éxtasis religioso y el placer sexual son la misma cosa con distinto nombre.

Pero Ann Lee no abandona el éxtasis. Los Shakers se llamaban así porque temblaban: el culto era convulsión, sacudida, caída al suelo, grito primal. Durante la oración compartida, los fieles entran en estado de orgasmo inminente. Las coreografías de Celia Rowlson-Hall lleva los cuerpos a posiciones que los adultos ya no deberían intentar y el coro Phil Minton Feral canta desde un lugar anterior a la melodía, mientras la danza se vuelve energía erótica: la comunidad se abraza, se roza, se respira y el grupo entero tiembla hasta que la sala parece una sola criatura que no sabe si está sufriendo o acabando. Porque Ann Lee no abolió el placer. Solo le cambió el destinatario.

Después llegarán los partos y los duelos, la cárcel y los ayunos. Ann Lee comienza a tener visiones y decide proclamar que el sexo es la fuente del pecado original y que la abstinencia es el único camino hacia la salvación. Si la carne produce muerte, la carne no debe tocarse. Si el coito engendra sufrimiento, el coito es el diablo. Con esa doctrina, una predicadora callejera, iluminada o delirante, funda una de las sectas más extrañas del siglo XVIII, lidera una emigración a América y convence a miles de personas de que el celibato es sinónimo de gracia divina.

El Testimonio de Ann Lee: La utopía célibe de los Shakers

Los Shakers fueron un experimento que la historia guardó en su gabinete de curiosidades: en su apogeo llegaron a seis mil miembros; hoy quedan dos. Una comunidad que prohíbe el sexo solo puede crecer por conversión, lo que la condena desde su origen a una extinción negociada pacientemente con el tiempo.

La Madre –así la llamaban dentro de la comunidad, con el cinismo involuntario del destino– lo intuía. El Testimonio de Ann Lee sugiere que quizás no le importaba demasiado: lo que le interesaba era la calidad de la presencia, no su perpetuación. Los Shakers eran los mejores artesanos del nuevo continente. Construían muebles, armarios, cajas, herramientas. Una silla bien hecha, decían, es una forma de oración. Fastvold los filma como si construir y rezar fueran la misma operación –la pérdida del yo en la acción– con distintos materiales.

Lo interesante de El Testimonio de Ann Lee es que no intenta resolver la contradicción central de su protagonista. Fastvold muestra a esa mujer que vio a su padre sobre su madre, que parió y enterró cuatro veces, que encontró en la convulsión colectiva un placer que ningún hombre le había dado sin cobrarle algo a cambio, crear un imperialismo espiritual a través del cual predicó el amor universal y abolió la intimidad, veneró la igualdad y ejerció el poder con la misma energía que combatía a los hombres de su tiempo.

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Religión y éxtasis en El Testamento de Ann Lee

El Testimonio de Ann Lee: La teología del dolor

El guion de Mona Fastvold, escrito junto a Brady Corbet –director de El Brutalista, otra película sobre un inmigrante que trae a Estados Unidos una visión radical y choca contra la resistencia autóctona– comparte la misma pregunta: qué sucede cuando un proyecto de vida es también un proyecto de arte, cuando la coherencia personal exige un precio que el entorno no está dispuesto a pagar.

El Testimonio de Ann Lee no es una película religiosa, aunque trata sobre la religión. No es una película feminista, aunque su protagonista redefine la autoridad espiritual en un siglo que no contemplaba esa posibilidad para una mujer analfabeta de clase obrera. No es una película de época aunque cada tela, cada herramienta, cada espacio respira siglo XVIII. Es, antes que cualquier otra cosa, una película sobre lo que hace un ser humano cuando el dolor supera la capacidad de procesarlo.

Ann Lee reescribió a Dios desde el útero vaciado cuatro veces, con la autoridad de quien ha pagado ese derecho con intereses. Y eso –reescribir a Dios desde la pérdida, convertir el duelo en doctrina, construir comunidad donde antes había ausencia– es la respuesta al horror biológico de reproducirse solo para ver morir. Porque tal vez el problema de la fe no sea creer en Dios, sino encontrar una excusa para seguir respirando.

Tráiler de la película:

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