Edgar Wright es un cineasta del movimiento. En El Sobreviviente (The Running Man) no hay planos quietos, no hay respiro: todo se mueve como si la velocidad fuera una forma de negar la derrota. Wright no filma una persecución, sino la necesidad de seguir corriendo cuando ya no hay adónde ir. Lo que al comienzo parece un thriller futurista se convierte en algo más corrosivo: el retrato de un país que ya no se sostiene ni en su propio mito. La historia se basa en el libro que Stephen King publicó bajo el seudónimo de Richard Bachman, pero Wright no necesita actualizarlo: el futuro ya llegó. Solo había que encender la televisión.
La película transcurre en una versión distópica de Estados Unidos donde Network controla todo: gobierno, medios, economía. Ben Richards (Glen Powell) vive hacinado con su esposa y su hija. Todo lo que alguna vez fue vida –el trabajo, la casa, la familia– se transformó en desesperación. La hija está enferma. La medicina cuesta más que la esperanza. Ben descubre que la única salida económica posible es la televisión, que promete dinero y solo pide a cambio su dignidad. O su vida.
El programa se llama El Sobreviviente: tres participantes se esconden durante treinta días mientras cazadores profesionales y millones de espectadores siguen su rastro en vivo. Si uno sobrevive, gana una fortuna. Ninguno lo logró hasta ahora.

Glen Powell en El Sobreviviente: Cuerpo, furia y precariedad
El Sobreviviente es una máquina de acción donde la violencia es espectáculo, la supervivencia un producto televisivo y la furia la única mercancía que no se puede comprar. El resultado es un thriller vertiginoso sobre la desigualdad, el entretenimiento como opio y la forma en que el poder convierte cada gesto de rebeldía en contenido.
Wright abandona por completo la versión camp de 1987 con Arnold Schwarzenegger y regresa a la novela original de King para extraer su núcleo más oscuro. La cacería no ocurre en un estudio de televisión sino en las calles, hoteles baratos, alcantarillas y barrios marginales. Cada transeúnte puede ser delator o ejecutor. La paranoia no viene de adentro sino de afuera: cualquiera puede matarte por una recompensa.
El futuro según Wright se parece demasiado al presente. La puesta en escena oscila entre lo tecnológico y lo decadente: calles llenas de basura, drones vigilando, anuncios superpuestos con violencia. El Sobreviviente no se detiene a explicar el contexto político ni el colapso económico. Network existe, controla, explota. El programa existe, entretiene, mata. Ben corre porque no tiene alternativa. Lo que importa es la forma en la que el mundo aceptó que el espectáculo haya reemplazado al Estado y que la única justicia posible sea volverse trending topic.
Glen Powell sostiene la película con el carisma de las estrellas de acción de los 80s pero con la energía nerviosa del presente. Su Ben Richards es John McClane nacido en la precariedad: no es policía ni héroe profesional, apenas un hombre desesperado que aprende a sobrevivir mientras lo hace. Powell actúa con la rabia contenida de quien no puede permitirse el lujo de ser encantador. Su cuerpo se convierte en narrativa: corre, cae, se levanta, vuelve a correr. No hay tiempo para el drama porque ya hay demasiado drama en todos lados. Lo que queda es una pregunta que atraviesa cada secuencia: ¿cuánto dolor puede volverse espectáculo antes de que deje de doler?
El juego televisivo está diseñado por Dan Killian (Josh Brolin), productor televisivo, tiburón del rating, proxeneta del morbo. Colman Domingo, como presentador del show, conduce la masacre con euforia demencial. “¡El deseo de matar es nuestro derecho de nacimiento! ¡Libéralo!” El programa funciona como propaganda y entretenimiento: los concursantes son criminalizados, convertidos en amenazas públicas que merecen morir. La audiencia aplaude, denuncia, caza. Pura demagogia fascista envuelta en brillantina y luces de neón.
Wright filma el programa dentro de la película con la estética saturada de los realities shows: gráficos chillones, música estridente, cortes rápidos a reacciones del público. Pero también construye la textura del mundo exterior con influencia directa de Paul Verhoeven: RoboCop, Total Recall. La violencia de dibujos animados, el diseño de producción retro-futurista, la división brutal entre clases sociales. Si Verhoeven filmaba la distopía corporativa con distancia irónica, Wright la filma desde adentro del caos.
No quiere recrear una época sino apropiándose de su sintaxis visual. El montaje es agresivo, cortante, pero nunca confuso. Cada golpe se siente, cada bala importa, cada metro corrido cuenta. La música funciona como una máquina de dopamina. La película suena como un hit y duele como una noticia. Lo que debería emocionar produce náusea. Lo que debería indignar produce likes. El Sobreviviente no tiene tiempo para planos contemplativos ni respiraciones dramáticas: es urgencia sostenida durante ciento veinte minutos.

El Sobreviviente: El presente según Edgar Wright
A diferencia del film de 1987, que usaba el show como excusa para la acción, esta versión concentra su fuerza en la mirada. Wright deja que la violencia se vuelva repetitiva, que la espectacularidad canse. Esa insistencia produce la sensación de una película que quiere desactivar su propio placer. Cada corte es una descarga eléctrica, cada persecución un loop. La velocidad no construye tensión: la disuelve. No hay catarsis ni clímax, sino saturación. Wright filma el entretenimiento como un virus que se comió todo, incluso al cine. No hay victoria posible cuando el enemigo es el deseo de mirar.
El Sobreviviente no busca ser una advertencia ni una distopía. Es una confirmación. La televisión, las redes, la política, el entretenimiento: todo forma parte del mismo circuito que transforma el miedo en consumo. Wright registra cómo se filma el colapso con la estética del éxito. Su película deja un eco que dura más que cualquier persecución: la certeza de que la humanidad encontró su forma final en el espectáculo.
Richards se rebela, pero su rebelión es televisada, monetizada, se vuelve viral. Su gesto de resistencia se convierte en contenido. La revolución, en espectáculo. Es el momento más lúcido de Wright: el héroe no destruye el sistema, lo alimenta. Wright filma el ruido, el cansancio, la euforia hueca de un público que ya no distingue entre vida y entretenimiento. El Sobreviviente es una película sobre esa imposibilidad: la de escapar de un mundo que convirtió la desesperación en prime time.
Wright sabe que la mejor crítica política no viene de los discursos sino de construir un mundo donde la injusticia sea tan obvia que resulte obscena. Ben Richards corre porque el sistema lo obligó a correr. La película corre porque el entretenimiento contemporáneo no permite pausas. Ambos transpiran, sangran, gritan. Uno sobrevive para ver a su hija. La otra sobrevive hasta que su último acto la descarrila. Pero durante el tiempo que dura su carrera, El Sobreviviente es exactamente lo que promete: adrenalina con conciencia de clase, violencia con propósito, diversión que duele.




