Margot Robbie se masturba en los páramos de Yorkshire y Jacob Elordi la mira como si no supiera si está en una película o en un sueño húmedo. Si durante décadas Cumbres Borrascosas fue leída como una historia de amor maldito, Emerald Fennell la filma como una guerra erótica prolongada. Aquí los cuerpos segregan, transpiran, se mojan bajo la lluvia hasta que la ropa se vuelve transparente. Todo está húmedo, pegajoso, brillante. No hay represión victoriana: hay dos personas que deberían ir a terapia pero prefieren arruinarse la vida mutuamente con una dedicación sádica y suicida.
Fennell tiene talento para el momento aislado, para la escena extravagante que va directo al sistema nervioso. Pero la coherencia temática nunca fue su fuerte. Promising Young Woman arrancaba eléctrica y colapsaba bajo el peso de sus propias ambiciones. Saltburn fue una colección de imágenes delirantes con ínfulas de comentario de clase. En Cumbres Borrascosas 2026, se saca de encima la carga de tener que decir algo importante. Lee la saga de Brontë sobre pasión maldita, obsesión y resentimiento multigeneracional y la resume así: un duelo constante entre dos voluntades que se necesitan para existir.

Cumbres Borrascosas 2026: El amor como narcisismo compartido
Fennell elimina todo lo que hace de Cumbres Borrascosas una novela compleja y se queda solo con el núcleo tóxico. No hay segunda generación de personajes, no hay estructura narrativa con múltiples voces, no hay hermano Hindley para complicar la dinámica familiar. Lo que queda es Cathy (Margot Robbie) y Heathcliff (Jacob Elordi) atados por una obsesión que atraviesa infancia, deseo y poder. Los dos se buscan, se lastiman, se separan, vuelven. El ciclo no tiene salida porque ninguno quiere salir. No hay un crecimiento emocional donde ambos reconocen sus errores. Simplemente, no pueden estar juntos pero tampoco pueden estar separados. Cumbres Borrascosas es esa imposibilidad en forma de tragedia griega: inevitable, brutal, casi hermosa.
Margot Robbie interpreta a una Cathy menos fantasmal y más consciente de su propio magnetismo. Catherine desea, manipula, mide las consecuencias y aun así avanza. Es egoísta, caprichosa, cruel. Pero Robbie también le da a Cathy una fragilidad que la novela no siempre permite: hay momentos donde parece perdida entre lo que quiere y lo que debería querer.
Elordi hace de Heathcliff un animal herido que aprendió a morder antes de que lo muerdan. Es objetivamente hermoso, pero esa belleza está contaminada por la violencia que lleva adentro. Heathcliff no es el héroe romántico incomprendido sino alguien roto que encontró aquello que lo mantiene vivo, y esa dependencia lo vuelve monstruoso. Cuando reaparece después de años convertido en caballero, no vuelve para recuperar a Cathy sino para destruir todo lo que ella construyó sin él.
Cathy y Heathcliff: Anatomía de la dependencia
Cumbres Borrascosas 2026 convierte a sus protagonistas en dos adictos que se excitan con la idea de lastimarse. Catherine y Heathcliff viven menos una pasión que un síndrome de abstinencia. Se desean porque se reconocen en la violencia del otro. Se destruyen porque no saben amar de otra manera. El amor aparece como una forma de ego desbordado, como una competencia por ver quién soporta más, quién hiere más, quién necesita más. Son dos narcisistas que creen que su vínculo justifica cualquier sacrificio ajeno y el dolor de los demás se vuelve daño colateral en su guerra privada.
La película gira alrededor de ellos porque Fannell no quiere explorar las consecuencias históricas del odio sino el circuito cerrado del deseo. Los demás personajes –Edgar Linton, Isabella, Nelly–funcionan como satélites que revelan el carácter corrosivo de esa relación. Edgar (Shazad Latif) es estabilidad convertida en decorado. Isabella (Alison Oliver), instrumento de venganza. Nelly (Hong Chau), testigo forzado de una catástrofe en cámara lenta.

Cumbres Borrascosas 2026: Emerald Fennell, estética gótica y música pop
Estéticamente, la película parece diseñada por alguien que confundió el siglo XIX con un video musical. La granja Earnshaw es perfectamente gótica: negra, azotada por vientos, rodeada de rocas filosas. La mansión Linton es un burdel victoriano: pisos rojos, paredes color carne, exceso decorativo en cada esquina. Fennell no busca realismo histórico sino crear mundos emocionales, por eso mezcla orquestas con canciones de Charli XCX. Cumbres Borrascosas 2026 no es cine de época: es cine sobre la obsesión, y la obsesión suena igual en 1800 que ahora.
La novela ha sido adaptada más de veinte veces. Algunas versiones privilegiaron la melancolía, otras el exotismo, otras el melodrama clásico. Fennell opta por el exceso. Su versión no es para puristas literarios sino para quienes entienden que el cine puede tomar un texto clásico y volverlo otra cosa que funciona bajo sus propias reglas. Fennell leyó a Brontë y decidió que la verdadera historia no era sobre clases sociales ni sobre Inglaterra victoriana: era sobre dos personas tan rotas que solo podían romperse más cuando estaban juntas. No hay punto medio. Es algo tan específico, tan comprometido con su propia visión delirante, que, al final, casi te convence de que siempre fue así.
Cumbres Borrascosas 2026 deja con la sensación de que Cathy y Heathcliff van a seguir destruyéndose en un loop eterno, incluso después de la muerte. Aquí, la tormenta ya no es metáfora del paisaje interior: es la única forma que conocen de estar en el mundo. Y cuando el viento se detiene, no aparece la paz. Aparece el vacío. Porque las obsesiones nunca terminan, solo se transforman.




