Los Ángeles tiene una geografía moral. Los ricos viven en las colinas, los pobres duermen bajo los puentes de las autopistas que conectan unas casas con otras, y en el medio hay una clase de personas que conocen el precio exacto de todo pero no pueden comprar nada. Caminos del Crimen (Crime 101) de Bart Layton usa la ciudad menos como escenario de un thriller que como organismo vivo donde la riqueza y la violencia comparten dirección postal y a veces el mismo apellido.
Mike Davis (Chris Hemsworth) es un ladrón de guante blanco que opera en la autopista 101 de LA. Meticuloso, solitario, la mandíbula apretada de quien lleva años perfeccionando un oficio que no puede confesar. Sharon Coombs (Halle Berry) asegura joyas a multimillonarios. El detective Lou Lubesnick (Mark Ruffalo) investiga una serie de robos mientras su matrimonio se deshace. Tres personas que orbitan el mismo dinero desde distancias distintas: uno lo toma, otra lo protege, el tercero persigue. La ciudad los mantiene separados por clase y los une por oficio. Los Ángeles funciona así: todos trabajan para los mismos ricos, aunque nadie pueda admitirlo.

El precio exacto: Dinero, oficio y distancia en Caminos del Crimen
La estructura de Caminos del Crimen es puro Michael Mann: el criminal y el detective como espejos invertidos, dos hombres que eligieron lados distintos del mismo código de honor. Hemsworth compone a Mike desde la restricción. No habla: evalúa. El cuerpo funciona como una herramienta más, entrenada para no dejar rastros. El guion le concede una infancia sugerida, pero nunca permite que esa grieta se vuelva relato. Mike no está ahí para explicarse sino para ejecutar.
Ruffalo, en cambio, trabaja con restos. Restos de matrimonio, restos de prestigio, restos de paciencia. Su Lou es un detective de Raymond Chandler atravesado por el cinismo del siglo XXI: alcohólico funcional, resaca permanente, brillante, insoportable, convencido de tener razón aunque nadie lo esté escuchando. Lou no persigue solo a un ladrón: persigue la idea de que todavía existe una lógica en el caos urbano. Cada vez que avanza un paso, la ciudad le recuerda que el orden es una ilusión cara. Y Lou no puede pagarla.
Caminos del Crimen quiere ser coral, expandirse como las autopistas que retrata. Suma un jefe criminal envejecido (, un asesino a sueldo (Barry Keoghan haciendo lo que sabe hacer: desestabilizar cada escena que habita, introducir una frecuencia de peligro), una novia (Monica Barbaro) que espera que el ladrón descubra su interioridad en algún bolsillo del traje.
Pero la película interesante que Caminos del Crimen podría haber sido está en Sharon. Halle Berry interpreta a una mujer de 53 años que sabe exactamente cuánto vale, exactamente cuánto le pagan por debajo de ese valor, y que ha desarrollado una inteligencia clínica para navegar un sistema diseñado para mantenerla donde está. Sus clientes son depredadores, esa clase de hombres que confunden riqueza con impunidad. Sharon los conoce a todos, sabe dónde guardan sus secretos, y sonríe. Berry construye ese personaje desde adentro: cada gesto de deferencia calculado, cada sonrisa una negociación. Cuando finalmente actúa desde su propio interés, Caminos del Crimen se sacude como si acabara de recordar para qué existe.

Caminos del Crimen y la herencia del thriller de los 90s
Layton tiene crédito en el género: El Impostor y American Animals demostraron un director con instinto para la tensión y la ambigüedad moral. Caminos del Crimen tiene técnica pero la trama se hunde bajo capas de convención. El robo inicial lo muestra en control absoluto del espacio y el tiempo. La tensión se construye con información distribuida en capas: quién mira, quién sospecha, quién aprieta el acelerador. Es cine que sabe cómo administrar adrenalina. Lo que no siempre sabe es qué hacer después de la descarga.
La película funciona mejor cuando abandona las pretensiones de épica moral y se permite ser lo que realmente es: un thriller de género competente que dialoga con sus propias influencias. La sombra de cierto cine criminal de los 90s atraviesa cada encuadre nocturno y cada persecución por autopista. No se trata de citas explícitas sino de una atmósfera heredada: hombres solitarios, códigos de honor, ciudades filmadas como escenarios de una épica privada.
Caminos del Crimen es una película sobre personas que conocen su propio valor y viven en un sistema que se niega a reconocerlo. Mike roba porque el trabajo honesto nunca le dio lo que el riesgo sí. Sharon protege fortunas ajenas mientras le prometen una participación que nunca llega. Lou investiga crímenes en una institución que prefiere a los obedientes a los que piensan por sí mismos. Los tres son variaciones del mismo problema: gente capaz atrapada en estructuras que los necesitan pero no los recompensan.
Los Ángeles aparece como siempre aparece en este tipo de películas: hermosa y corrupta, glamorosa e infecta, donde todos trabajan para el mismo dinero. El género criminal siempre prometió que el individuo podía torcer el sistema con suficiente inteligencia o suficiente audacia. Caminos del Crimen sugiere otra cosa: que el sistema no se subvierte, se negocia. Y que negociarlo tiene un precio que nadie en esta película termina de pagar.




