Yorgos Lanthimos vuelve a filmar el fin del mundo, pero esta vez con ese olor a falta de sexo que tienen las teorías conspirativas cuando se toman demasiado en serio. Bugonia –su adaptación de Save the Green Planet!, la película surcoreana de culto de Jang Joon-hwan– transcurre en un suburbio de Atlanta donde todo parece a punto de romperse y alguien llamado Teddy está convencido de que la CEO de una empresa farmacéutica es un alien del planeta Andrómeda.
Su plan: secuestrarla, raparle la cabeza, ponerle crema antihistamínica para bloquear sus señales telepáticas y obligarla a revelar su verdadera naturaleza extraterrestre. Lanthimos convierte este floripondio paranoico en sátira de guerra de clases, en farsa sobre el colapso masculino, en tratado sobre cómo el sistema obliga a elegir entre ser depredadores o desaparecer en el intento.

Bugonia: La comedia negra del fin del mundo
En Bugonia, Michelle Fuller (Emma Stone) es todo lo que Teddy odia: exitosa, rica, tapa de revistas. Pero sobre todo es una experta en hablar sin decir nada, en sonreír mientras destruye vidas, en vender empatía corporativa como si fuera una mercancía y no una contradicción.
Stone interpreta a Michelle como un bot programado para simular humanidad. Es la mezcla inestable de Elon Musk con Elizabeth Holmes, el tipo de ejecutiva que ha fusionado su personalidad con la jerga empresarial hasta convertirse en un manual de recursos humanos. Cada frase busca un objetivo, cada pausa busca un efecto, cada gesto responde a un plan. Incluso atada a una silla conserva la actitud de quien está acostumbrada a dominar una sala, a despedir empleados, a manejar cualquier tipo de crisis.
Teddy es el otro lado del espejo: trabajador mal pagado, apicultor amateur, terrorista ecológico incel. Es uno de esos hombres que ya no esperan nada: la mirada fija, el cuerpo endurecido por años de fracasos y una convicción a prueba de sentido común. Las teorías que consume le dan algo que su vida nunca le ofreció: una razón para seguir respirando.
Jesse Plemons lo interpreta con una mezcla exacta de ternura y toxicidad. Teddy tiene razones legítimas para su rabia: Auxolith –la empresa de Michelle– mató a sus abejas con pesticidas, dejó a su madre en coma con un medicamento experimental, lo explota en un trabajo basura. Pero su dolor ha mutado en algo más oscuro, más retorcido. Se castró químicamente para mantener la mente clara, convenció a su primo Don (Aidan Delbis) de ayudarlo con su plan, transformó su sufrimiento en el dogma de su revolución personal.

Bugonia, explicada: Secuestro, delirio y lucha de clases
Lanthimos filma el secuestro como si fuera una coreografía del fracaso. Michelle –entrenada en artes marciales como parte de su rutina matutina– pelea con fiereza pero termina sedada, encerrada en el sótano de Teddy, rapada y cubierta de crema. Lo que sigue es un duelo verbal donde cada uno usa su arsenal: ella con su vocabulario corporativo, él con su certeza delirante de que está salvando al planeta.
Lanthimos usa el encierro para revelar cómo funciona una mentira cuando encuentra un cuerpo dispuesto a defenderla. Teddy necesita que Michelle sea una alienígena porque no puede soportar que el mundo lo haya derrotado sin intervención sobrenatural. Necesita que la injusticia tenga un origen claro, visible, castigable.
Michelle resiste como quien ya sobrevivió a demasiadas reuniones, demandas, auditorías, entrevistas y correcciones de imagen. Usa todas las tácticas del manual de psicología pop empresarial: identificarse con sus captores, ofrecerles ayuda, confesar sus pecados corporativos. Su estrategia tiene cálculo. Stone juega con ese doble registro: su Michelle es alguien que aprendió, durante años, que cualquier emoción real puede costar dinero, reputación o poder.
Don es el corazón roto de Bugonia. Aidan Delbis lo interpreta con una dulzura que contrasta con la brutalidad que lo rodea. Don se estremece cuando Teddy rapa a Michelle, se rebela cuando la tortura con descargas eléctricas, sufre cada escalada de violencia como si fuera propia. Don ama a Teddy más de lo que cree en sus teorías, y esa lealtad lo convierte en nuestros ojos mientras la película se hunde en las esquinas más oscuras de la mente de su primo.

Bugonia: Radiografía de la paranoia moderna
El guion de Will Tracy (Succession, El Menú) reposiciona la historia original como parábola estadounidense: la conspiración no es solo paranoia sino síntoma de un país que ha roto a sus ciudadanos. Bugonia funciona como sátira del presente: Michelle y Teddy son los extremos de la falla humana. Ella es la neoliberal plutocrática que ha perfeccionado el arte de la crueldad educada, él es el aceleracionista apocalíptico que ha fumado todo el humo de internet. Bugonia no pretende resolver la era Trump, pero captura su anatomía: la rabia legítima envenenada por el algoritmo, la desesperación económica convertida en fundamentalismo online.
Emma Stone y Jesse Plemons –dos de los mejores actores de esta generación– se destrozan mutuamente y crean algo eléctrico. Stone le da a Michelle con tantas capas de contradicción que es imposible no mirarla: es glacial y vacía pero también fascinante en su ambivalencia inhumana. El Teddy de Plemons tiene lógica idiosincrática que hace sus creencias sinceras aunque no convincentes, y su ingenuidad está balanceada con la suficiente inteligencia como para no ser solo un looser con sobredosis de internet.
Lanthimos trabaja con el director de fotografía Robbie Ryan para construir un mundo en crisis permanente: la fotografía de Bugonia convierte cada plano en evidencia de colapso, desde el sótano claustrofóbico hasta los exteriores que prometen escape pero solo ofrecen más encierro. La partitura de Jerskin Fendrix funciona como extensión de la histeria general.
Bugonia refiere a la creencia griega antigua de que las abejas renacen de cadáveres de bueyes: regeneración desde la muerte, vida desde la podredumbre. La película comparte ADN con Parasite y otras exploraciones recientes sobre el impulso autodestructivo de nuestra especie, pero Lanthimos no busca hacer sociología ni filosofía. Busca exponer cuerpos atravesados por la tensión, la ambición, el delirio y la impotencia. Teddy no es un monstruo. Michelle no es un demonio. Don no es un mártir. Son tres productos distintos de un mundo que convirtió el fracaso en rutina y la violencia en una forma de comunicación.
Bugonia se mueve entre la furia genuina y el cinismo autoconsciente. La pregunta que atraviesa la película es cuándo aprenderemos, pero la película misma parece haber perdido fe en que la lección sea posible. Es el retrato de un mundo cansado, desorientado y dispuesto a romper lo que tenga adelante con tal de sentir que todavía importa salvarlo.




