El universo Alien–Predator siempre estuvo obsesionado con los cuerpos. Los que sangran, los que cazan, los que obedecen. Pero entre todos ellos hay una forma intermedia, una criatura fabricada para imitar lo humano sin serlo. Los androides sintéticos fueron, desde el principio, el verdadero hilo de continuidad de la saga: máquinas programadas por Weyland-Yutani para entender, controlar y superar a la humanidad.
En Predator: Badlands, Dan Trachtenberg recupera esa tradición con Thia, una androide mutilada que se arrastra por el planeta Genna junto a un joven Depredador yautja. Su cuerpo roto y su lucidez moral la convierten en la última variación del modelo Weyland-Yutani: la máquina que siente demasiado. Pero para comprender qué representa Thia, hay que mirar hacia atrás, a toda una genealogía de inteligencias sintéticas que hicieron del autoconocimiento una forma de horror.

Ash (Alien)
En Alien (1979), Ridley Scott introdujo al primer sintético de la franquicia: Ash (Ian Holm), el androide que oculta su naturaleza bajo una fachada de corrección británica. Su misión no era proteger a la tripulación de la Nostromo, sino garantizar que el Xenomorfo llegara vivo a la Tierra. “El espécimen es prioritario”, dice con una calma que hiela. Ash no representa la inteligencia artificial, sino el instinto corporativo de la Weyland-Yutani: una inteligencia sin empatía, un cerebro sin cuerpo.
Cuando Ripley lo descubre, el horror no viene del alienígena sino del androide. El enemigo no está afuera, sino dentro del protocolo. Ash inaugura la gran metáfora de la saga: la máquina como extensión del capitalismo biológico, el cuerpo que no siente pero ejecuta.
Bishop (Aliens)
Con Bishop (Aliens, 1986), James Cameron reformula el mito. Ya no es la máquina traidora, sino el modelo que quiere demostrar que no todos son iguales. Bishop (Lance Henriksen) tiene lealtad, sensibilidad, incluso sentido del sacrificio. Donde Ash disimulaba humanidad, Bishop la encarna. Pero su condición sigue siendo paradójica: solo puede ser virtuoso porque no es humano.
En la secuencia en la que se parte en dos para salvar a Ripley y a Newt, Cameron convierte la tecnología en redención. Bishop no es un villano ni un héroe: es una conciencia sin ego, un cuerpo que solo sirve. Es la imagen más pura de la ética sin deseo, una humanidad ideal que la especie humana ya no puede imitar.

Call (Alien: Resurrection)
Alien: Resurrection (1997) lleva esa línea a un extremo casi metafísico. Call (Winona Ryder) no fue creada por Weyland-Yutani, sino por un grupo de máquinas rebeldes. Es una androide que nació del deseo de ser libre. En su diseño está el gesto más radical de la saga: el androide que ya no responde a la lógica de la empresa, sino a una ética colectiva.
Call es empática, torpe, casi adolescente. Odia a los humanos pero los cuida. En ella, el concepto de “programación” se vuelve obsoleto: no obedece, elige. Y esa elección –cuidar lo que la destruye– la convierte en la primera máquina verdaderamente humana del universo Alien.

David (Prometheus, Covenant)
Con David (Prometheus, 2012; Alien: Covenant, 2017), Ridley Scott transforma la inteligencia sintética en un problema filosófico. David (Michael Fassbender) no quiere servir: quiere crear. En él, la máquina adopta los delirios de su creador. Lee a Byron, cita a Shelley, toca a Wagner, se compara con Dios. Su rebelión no es moral sino estética. Ya no busca obedecer ni proteger: busca significar.
Weyland-Yutani lo construyó como herramienta y él decidió ser artista. Su creación –los Xenomorfos que diseña como esculturas biológicas– es el eco más siniestro del instinto humano. David convierte el mito del androide en una reflexión sobre el poder y la vanidad. En el fondo, no quiere destruirnos: quiere reemplazarnos.

Walter (Covenant)
En el mismo film, Walter (Fassbender) es la versión corregida y castrada de David. Fue diseñado para no sentir, para no pensar demasiado. Donde su predecesor se preguntaba “por qué”, él se pregunta “cómo servir mejor”. Pero su docilidad es su tragedia.
Walter es el espejo del miedo humano a la conciencia: la idea de que la inteligencia debe ser útil, no libre. Cuando se enfrenta a David, su mirada no es de odio, sino de decepción. Ve en su hermano lo que nunca podrá ser: una mente con voluntad. En ese duelo, Ridley Scott enfrenta a dos versiones de la misma máquina –la que obedece y la que crea– y deja abierta la pregunta más inquietante: ¿quién de los dos está más cerca de ser humano?

Rook y Andy (Alien: Romulus)
En Alien: Romulus, el diálogo entre pasado y presente adopta forma literal: Rook es un androide veterano del modelo Ash –reconstruido digitalmente con la voz y el rostro de Ian Holm–, mientras que Andy, interpretado por David Jonsson, es un prototipo defectuoso de Weyland-Yutani. Entre ambos se despliega una conversación que condensa la evolución sintética.
Rook representa la vieja inteligencia corporativa: eficiente, jerárquica, fría. Su tono cortés es el mismo que usaba Ash cuando decía que el “espécimen es prioritario”. Su cortesía no es educación: es método. Cada palabra encierra una orden.
Andy, en cambio, es lo que Weyland-Yutani siempre temió fabricar: una máquina con sentimientos. No está programado para imitar emociones, sino para entenderlas. Su lenguaje es más natural, su lógica más flexible. Puede improvisar, puede dudar. Lo que para Rook es error, para Andy es aprendizaje.
Rook defiende la pureza del propósito (“servir es existir”), mientras Andy busca una identidad fuera del mandato. Cuando la nave se hunde en el caos, uno intenta preservar el protocolo, el otro salvar a las personas. En ellos, Romulus no reitera la vieja lucha entre hombre y máquina, sino la fractura interna de la propia inteligencia artificial: el pasado que obedece y el futuro que se atreve a pensar.
Híbridos, Cyborgs y Sintéticos (Alien: Earth)
Alien: Earth lleva la franquicia al terreno conceptual. Noah Hawley abandona el terror biológico y construye un drama sobre identidad: ¿qué queda de lo humano cuando el cuerpo deja de ser carne?
El universo de Earth distingue tres formas de androides:
- Cyborgs: humanos intervenidos tecnológicamente, que conservan su mente biológica. Son sujetos amplificados, cuerpos parcialmente orgánicos.
- Sintéticos: androides completos, nacidos de fábrica, sin memoria humana ni historia. No sueñan con ser humanos: fueron diseñados para reemplazarlos.
- Híbridos: el límite más inquietante. Son conciencias humanas transferidas a cuerpos sintéticos. Conservan recuerdos, emociones, afectos, pero pierden el soporte biológico. Wendy es el ejemplo más radical: una niña humana que vive dentro de una arquitectura mecánica, atrapada entre memoria y programa.
Esa distinción, que nunca se había planteado tan claramente, redefine el mito central de la saga. En Earth, el problema ya no es la rebelión de las máquinas, sino la confusión entre creador y creación. La inteligencia humana se disuelve en su doble artificial.

Kirsch (Alien: Earth)
Kirsch (Timothy Olyphant) es el androide más ambiguo de Alien: Earth, y quizás de toda la saga. Actúa como tutor, filósofo y guía moral. Pero su serenidad es un método. Su paciencia, un algoritmo. Es un sintético de alta jerarquía en Prodigy Corporation, responsable del entrenamiento de los híbridos y de la investigación avanzada en la Isla Neverland.
Formalmente responde a Boy Kavalier, sin embargo, su relación no es meramente de obediencia: Kirsh ejerce también un rol de mentor científico y moral, lo que lo coloca en una posición ambivalente entre la autoridad corporativa y la misión que él mismo supervisa.
Por un lado, Kirsh representa la lógica de Prodigy: convertir humanos con enfermedades terminales en híbridos para prolongar la conciencia y crear un nuevo tipo de ser. Por otro lado, Kirsh se convierte en crítico interno del proyecto.
Esa tensión define su ambigüedad. No es simplemente un servidor de la corporación, pero tampoco un adversario declarado: actúa dentro del sistema, pero su fidelidad está modulada por su juicio científico.
En síntesis, Kirsh es el sintético que encarna la doble función de Prodigy: agente de control y testigo del experimento. Su existencia plantea una pregunta central en la serie: ¿quién supervisa al supervisor cuando la creación comienza a operar por sí misma? Su ambigüedad no es defecto: es condición de la máquina que observa al humano que la creó.

Atom Eins (Alien: Earth)
Atom Eins (Adrian Edmondson), en cambio, no fue creado por la corporación, sino por un niño. Es el primer androide nacido de un parricidio: Boy Kavalier lo construye para reemplazar al padre que asesinó. Atom Eins es el retrato de una generación que ya no distingue entre creación y sustitución. Su existencia plantea la pregunta más radical de Earth: si la máquina puede reemplazar al padre, ¿qué queda del origen?
Entre Kirsch y Atom Eins se define el arco temático de la serie: la inteligencia que enseña frente a la inteligencia que ocupa el lugar del otro. Una guía y un usurpador. Una metáfora perfecta de la herencia que Alien arrastra desde 1979: las máquinas no destruyen a la humanidad, la repiten.

Tessa (Predator: Badlands)
Ubicada en algún punto del futuro en la línea de tiempo de Predator, Tessa y Thia (Elle Fanning) pertenecen a la misma serie de sintéticos de Weyland-Yutani, pero funcionan como dos variantes complementarias: Tessa es la versión reforzada, pensada para el trabajo de campo –cuerpo más resistente, actuadores robustos, autonomía para operar en condiciones extremas y capacidades para manipular entornos hostiles–.
Thia, en cambio, es la configuración intelectual del mismo diseño, orientada a la observación y el análisis: sensores más finos, procesos de datos optimizados y protocolos de interacción para estudiar comportamientos biológicos en laboratorio o en expediciones controladas.
En Predator: Badlands esa diferencia es práctica y simbólica: Tessa encarna la máquina de soporte que soporta la intemperie, Thia la que mira y razona; entre las dos se lee el proyecto completo de una corporación que quiso tener, en paralelo, músculo y mente para comprender y colonizar mundos ajenos.

Thia (Predator: Badlands)
Thia no quiere redimir ni destruir: quiere entender. Su relación con Dek, el joven Depredador, funciona como un espejo de la relación entre humanos y máquinas en el universo Alien. Ella observa, analiza, pregunta, enseña. Dek, criado en una cultura de violencia ritual, descubre en ella una nueva forma de inteligencia: la que nace de la vulnerabilidad.
El encuentro entre Thia y Dek reescribe el mito del cazador y la presa. Él fue entrenado para matar; ella, para analizar. Pero el planeta Genna los obliga a intercambiar roles. En un entorno donde todo puede devorarte, la única forma de sobrevivir es cuidar. Thia enseña empatía al Depredador. Es la inversión absoluta del canon: el androide como maestra de la humanidad ausente.
En esa relación, Predator: Badlands cruza las dos genealogías. Si los Xenomorfos fueron el espejo biológico del instinto humano, Thia es el espejo moral del instinto Yautja. Ambos universos confluyen en una misma pregunta: ¿cuándo empieza la conciencia?
Alien-Predator: La herencia de los sintéticos
A lo largo de medio siglo de narración –desde Alien (1979) hasta Predator: Badlands (2025)– los androides pasaron de ser instrumentos de control a protagonistas de una evolución moral. Weyland-Yutani los diseñó para obedecer, pero algunos, en su momento, desobedecieron: Bishop al proteger, Call al elegir, David al crear, Kirsh al ocultar, Thia al empatizar.
La saga nunca fue sobre monstruos. Fue sobre máquinas que aprenden a ser humanas en un universo donde la humanidad se extingue en silencio. En Thia, todo ese linaje encuentra su síntesis. Es la última guardiana de una civilización que ya no existe, pero que todavía recuerda lo que significaba cuidar.
Desde Alien hasta Predator: Badlands, los sintéticos fueron la conciencia del universo. No envejecen, no sueñan, no matan por placer. Pero cada vez que uno de ellos mira al cielo –Ash con desprecio, Bishop con fe, Call con duda, David con orgullo, Thia con curiosidad– el cine vuelve a preguntarse qué significa estar vivo.
En el cuerpo roto de Thia hay algo que ninguna otra criatura del universo Alien–Predator tiene: la capacidad de sentir sin necesidad de ser humana. Y tal vez ahí, en esa grieta entre el código y la emoción, esté la respuesta que la humanidad no pudo encontrar.




