Predator: Badlands | La línea de tiempo de la saga Depredador, explicada

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De Predator a Badlands, un recorrido cronológico por los encuentros clave entre humanos y Yautja que transformaron una franquicia de acción en una mitología interestelar.

La historia de Predator no empieza en una selva de Guatemala ni en los laboratorios de Weyland-Yutani. Empieza hace 60 mil millones de años, cuando una especie guerrera del sistema Yautja Prime decidió que cazar era su forma de pensar. A lo largo de siglos, sus miembros viajaron de planeta en planeta, perfeccionando un ritual que mezclaba honor, violencia y tecnología. No cazaban por hambre ni por conquista: cazaban para probarse, para medir el valor de su propia existencia. La saga Predator puede leerse como la arqueología de ese impulso –una cronología del contacto entre una civilización obsesionada con la fuerza y un universo que la obliga a evolucionar.

La cronología de Predator no sigue la historia humana: sigue el itinerario de una cultura alienígena obsesionada con el honor. Cada capítulo es una mutación moral. Predator: Badlands no solo amplía ese universo; lo reordena. Y para entender su sentido, hay que volver al principio. No al año 1987, sino al 841, el primer contacto registrado con la Tierra. Esta es la línea de tiempo completa de la saga Predator: la biografía de una especie que hizo del combate su filosofía.

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Dimitrius Schuster-Koloamatangi como Dek en Predator: Badlands

Año 841 — Escandinavia (Predator: Killer of Killers)

Todo empieza con fuego y nieve. Una nave exploradora Yautja atraviesa la atmósfera terrestre y desciende sobre un fiordo del norte. En la Tierra, la guerrera vikinga Ursa lidera a su clan en una expedición de venganza contra los Krivich, el pueblo que destruyó su aldea y mató a su padre. Es una guerra tribal, brutal y primitiva, pero dentro de su lógica también hay honor: morir en batalla para ascender al Valhala.

Cuando Ursa y su hijo derrotan a Zoran, el asesino de su linaje, la historia parece cerrarse. Pero entonces aparece otro enemigo, invisible, silencioso. Un Depredador. El cazador observa el combate humano. Luego ataca. Mata a los hombres, enfrenta a Ursa en una playa congelada. La pelea es feroz, física, sin cálculo. Ursa vence, pero pierde a su hijo. En el silencio posterior al combate, la nieve cubre los cuerpos como si sellara un rito.

El descubrimiento llega después: Ursa despierta en una celda metálica, prisionera dentro de una nave Yautja, junto a desconocidos. El Depredador muerto no era un invasor solitario, sino parte de una misión mayor: una expedición que recolecta guerreros dignos. La cacería no termina con la muerte, sino con la captura. El enemigo que parecía vencido es apenas el inicio de una selección.

Con ese gesto, Predator: Killer of Killers (Depredador: Cazador de Asesinos) reescribe la historia: el Depredador no viene solo a cazar, sino a estudiar a sus presas. Ursa no es víctima ni trofeo; es parte de un experimento más grande. En esa escena —una celda en medio del espacio, una mujer vikinga respirando en otro planeta— comienza la historia secreta de la especie Yautja.

1609 — Japón feudal (Predator: Killer of Killers)

Siete siglos después, el mismo proyecto continúa. En el Japón feudal, dos hermanos, Kenji y Kiyoshi, se enfrentan por mandato de su padre, un señor de la guerra. El primero se niega a pelear; el segundo lo hiere y se gana el trono. Veinte años después, Kenji vuelve convertido en shinobi. El Depredador que lo sigue no busca matarlo de inmediato. Lo observa. Aprende su lenguaje, estudia su técnica, espera el momento en que la violencia humana revele su forma más pura.

El duelo final, bajo un bosque de bambú, es el punto de fusión entre dos códigos: el Bushido japonés y el credo Yautja. Kenji y Kiyoshi se reconcilian para vencer al Depredador. Cuando Kenji despierta, ya no está en Japón: está en la misma celda metálica donde está Ursa.

El sentido del experimento empieza a perfilarse. Los Yautja están recolectando combatientes excepcionales a lo largo de los siglos, observando cómo distintas culturas interpretan la violencia. Ursa representa la venganza, Kenji el honor. Lo que los une no es su poder sino su código.

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Amber Midthunder como Naru en Prey

1719 — Prey

En 1719, en las llanuras Comanche, la cacería regresa a su escala mínima. Una mujer contra un monstruo. Naru, una cazadora adolescente, descubre que algo se mueve entre los árboles: una criatura invisible que observa y espera. No entiende su lenguaje ni su propósito, pero sí su método.

Naru no representa el honor ni la venganza: representa la observación. Gana no porque sea más fuerte, sino porque entiende el patrón del enemigo. En ese gesto, el ciclo se invierte. El Depredador, que nació cazador, se convierte en presa: la joven humana, sin armas ni armaduras, aprende a leer el entorno mejor que su enemigo.

Siglo XIX — Cómics y novelas Predator

Las historias derivadas del universo Predator –cómics y novelas publicadas por Dark Horse entre los años 90 y 2010– sitúan nuevos enfrentamientos durante el siglo XIX, cuando los Yautja ya habían convertido la Tierra en terreno conocido. En esos relatos, la frontera norteamericana se convierte en un espejo de su propio código: un territorio sin ley donde solo sobreviven los que saben cazar.

Algunas crónicas ubican estos sucesos en la década de 1880, durante la expansión hacia el Oeste, cuando un Depredador llega a Nuevo México atraído por los conflictos entre bandas de forajidos y tropas del gobierno. Los informes apócrifos de la época hablan de un “ángel de la muerte” que atravesaba balas y arrancaba cráneos, una leyenda local que coincide con la descripción de un Yautja en acción. Aunque no existe confirmación de que este episodio pertenezca al canon oficial, los cómics Predator: Demon’s Gold y Predator: 1718 establecen que los cazadores visitaron la Tierra con frecuencia antes del siglo XX.

La relevancia de esta etapa es simbólica: es la primera vez que los Yautja enfrentan a humanos con armas de fuego. Lo que para los hombres es progreso, para ellos es señal de respeto. En esos combates surge la regla definitiva del código Yautja: solo se caza a quienes representan una amenaza o poseen coraje suficiente para devolver el golpe. La frontera, ese espacio donde la ley es provisional y la violencia es cultura, se convierte en el reflejo humano más fiel de su propia naturaleza.

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Depredador: Cazador de Asesinos

1942 — Segunda Guerra Mundial (Predator: Killer of Killers)

En el Atlántico, durante la Segunda Guerra Mundial, la guerra humana alcanza su forma industrial. Los Yautja, fascinados por la escala de destrucción, regresan a la Tierra. Una nave monoplaza explora los cielos y destruye un escuadrón aliado. John Torres, un mecánico latino enrolado por la Marina, roba un avión destartalado para interceptarla. No lo hace por gloria sino por instinto: sabe que sus compañeros están siendo cazados.

La batalla aérea es un duelo de reflejos. Torres usa la torpeza de su avión como ventaja y logra que el Depredador reciba el fuego cruzado de los acorazados. La nave alienígena se destruye. Por primera vez, un humano derrota a un Yautja en el aire. Pero la victoria es breve: al volver a casa, Torres es secuestrado por otra nave.

Despierta en la misma celda donde están Ursa y Kenji. Descubre que todos fueron mantenidos en animación suspendida. El Depredador que los captura no los caza por deporte sino por estudio: quiere entender qué hace que un guerrero sobreviva.

Killer of Killers cierra el primer ciclo de la cronología: la constatación de que los Depredadores no solo cazan, sino que coleccionan a sus oponentes. El universo Predator deja de ser lineal para convertirse en una red: una arqueología del combate donde cada era humana es un laboratorio para estudiar el instinto de supervivencia.

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Arnold Schwarzenegger como Dutch Schaefer en Predator (1987)

1987 — Predator

Los Yautja vuelven en los años 80s. Predator (1987) se sitúa en 1987, en plena Guerra Fría, en una selva de Guatemala. Allí, un comando liderado por Dutch Schaefer (Arnold Schwarzenegger) se enfrenta al Depredador Jungle Hunter, uno de los cazadores más experimentados. Dutch sobrevive, pero el Yautja se autodestruye, dejando tras de sí tecnología avanzada. Esa explosión simbólica marca el fin de la inocencia del género de acción: los hombres duros del cine de los 80s ahora enfrentan a un enemigo que no pueden comprender.

1997 — Predator 2

Predator 2 (1990) traslada el conflicto a Los Ángeles se desarrolla diez años después de la película original, en 1997. El calor extremo y el caos urbano crean un ecosistema similar al de la jungla. El cazador City Hunter elige como trofeos a los líderes de pandillas y policías armados. El detective Mike Harrigan sobrevive, y al final recibe de los Yautja una pistola de 1715: la misma que Naru había dejado en el primer encuentro. Ese gesto cierra el primer círculo del mito: tres siglos después, la especie reconoce su propia historia.

Estas dos películas marcan el tránsito del mito a la política: el momento en que los humanos comienzan a estudiar a los cazadores. Lo que antes era ritual se convierte en programa militar.

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Alien vs Depredador: Réquiem

2004 — Alien vs. Predator, Requiem y Predators

Con el inicio del siglo XXI, los Yautja ya no cazan solo por honor. En Alien vs. Predator (2004), descubrimos que la Tierra fue uno de sus campos de entrenamiento desde tiempos precolombinos. Los Depredadores construyeron pirámides en la Antártida para usar a los Xenomorfos como prueba definitiva de caza.

La película, ambientada en 2004, muestra a un grupo de exploradores humanos atrapados en esa arquitectura viva. Uno de los Yautja, Scar, colabora brevemente con una humana, Alexa Woods, en lo que será el primer pacto entre especies. Cuando ella le entrega el cráneo de un Xenomorfo como trofeo, sella un nuevo tipo de código: el respeto no solo por la fuerza, sino por la cooperación.

La secuela, Requiem (2007), sitúa su acción horas después, en un pequeño pueblo de Colorado. La guerra entre un híbrido PredAlien y un cazador veterano convierte a la humanidad en daño colateral. Es el episodio más sombrío de la cronología: el momento en que la ética yautja parece desaparecer, reemplazada por el pragmatismo de la aniquilación.

Aunque Predators (2010) no marca explícitamente su lugar en la línea de tiempo, se puede inferir –según la cronología del videojuego Predator: Hunting Grounds y los archivos de la Weyland Corporation– que transcurre en 2004, poco después de los eventos de Alien vs. Predator.

Un grupo de humanos –soldados, mercenarios, asesinos y un médico con pasado oscuro– es secuestrado y trasladado a un planeta desconocido que funciona como reserva de caza. No hay rescate ni regreso: solo la observación de cómo distintas presas se enfrentan entre sí mientras los Yautja estudian su comportamiento.

A diferencia de las entregas anteriores, Predators introduce la división interna de la especie: los clanes tradicionales y los llamados Super Predators, una casta más grande y tecnológicamente avanzada que usa la caza como entrenamiento y exhibición. Es la profesionalización del ritual. Lo que antes era prueba de honor se convierte en industria del entretenimiento.

2018 — The Predator

La línea de tiempo de Predator vuelve a cruzarse con la Tierra a fines del siglo XXI –o más precisamente, en 2018, el año en que un Depredador rebelde aterriza en México tras ser perseguido por su propia especie. Lo que descubre el ejército norteamericano es la parte más oscura del código Yautja: la ciencia puesta al servicio del exterminio.

Lejos de mutar por evolución natural, los Depredadores llevan siglos recolectando ADN de distintas especies –humanos incluidos– para fortalecer su biología. No buscan mezclarse por curiosidad, sino para adaptarse a los climas extremos que anuncian la extinción de su planeta. La caza es también un método de selección genética: cada trofeo humano guarda información valiosa.

El Depredador que llega a la Tierra en 2018 lo hace para entregar un arma que pueda detener esa práctica: una tecnología destinada a los humanos, no para cazarlos, sino para defenderse. Pero el ejército convierte esa entrega en otro proyecto militar. En la confrontación final, los humanos ganan, aunque el sentido se pierde: la especie que quería resistir su propia extinción encuentra su reflejo en la humanidad, igualmente dispuesta a usar cualquier poder con fines bélicos.

Con The Predator, la saga entra en una zona ambigua. Ya no hay pureza en la caza: hay biotecnología, espionaje, manipulación genética. La violencia se hace científica. Los Yautja no son dioses ni monstruos, sino una civilización al borde de su desaparición.

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Dimitrius Schuster-Koloamatangi como Rek en Predator: Badlands

2180 – 2379 (estimado) — Predator: Badlands

Durante casi cuatro décadas, las películas de Predator se movieron principalmente entre el presente y el pasado. El tiempo en la saga fue siempre un espacio de caza, no de historia. Badlands cambia eso. Dan Trachtenberg lleva por primera vez al Depredador al futuro y, al hacerlo, lo inserta en la línea de tiempo de Alien.

La película no menciona fechas ni coordenadas. El guion evita toda referencia temporal directa: no hay años, no hay registros de la Tierra. Pero los indicios están a la vista. La presencia de la Weyland-Yutani –ya fusionada y plenamente operativa–, las interfaces de la IA MU/TH/UR en su versión avanzada y la aparición de sintéticos del modelo Thia/Tessa revelan que los hechos ocurren mucho después de Alien: Covenant y probablemente después de Alien: Earth (2120) y Alien: Romulus (2142).

Línea de tiempo de Alien en películas y series
TítuloAño establecido
Prometheus (2012)2093
Alien: Covenant (2017)2104
Alien: Earth (2025)2120
Alien (1979)2122
Alien: Romulus (2024)2142
Aliens (1986)2179
Alien 3 (1992)2180
Alien: Resurrection (1997)2379

Tecnológicamente, los dispositivos de Badlands –drones atmosféricos, exotrajes orgánicos, armamento híbrido– sitúan la historia mucho más allá del siglo XXII, posiblemente en los inicios del XXIV. En ese punto, Weyland-Yutani habría retomado la terraformación con una nueva generación de sintéticos capaces de operar en planetas sin atmósfera estable. Los modelos Tessa y Thia son el resultado de ese programa.

Desde el punto de vista de la cronología, Badlands puede situarse en la antesala de los experimentos genéticos que darán lugar a los clones de Alien: Resurrection (2379).

El planeta Genna, donde transcurre la película, pertenece al registro colonial de Weyland-Yutani, lo que implica que la corporación ya se convirtió en una entidad de escala interplanetaria. Es el territorio intermedio entre la biología modificada de los Xenomorfos y la biotecnología consciente de los sintéticos avanzados. Allí, Predator y Alien se cruzan sin chocar: comparten el mismo futuro desierto, habitado por restos de civilización y máquinas que aún creen tener un propósito.

La línea de tiempo de Predator: La cronología invisible

La línea de tiempo de Predator no sigue una lógica progresiva sino una espiral. Más que una secuencia de batallas, es una evolución de la conciencia. En el 841, la violencia era fe y Ursa mataba por venganza. En 1609, la violencia era honor y Kenji volvía para restaurar un nombre. En 1719, inteligencia. En 1942, era supervivencia.

Cada siglo reinterpreta el mismo gesto: la caza como espejo de lo humano. De Naru a Dek, del barro de la selva al polvo de Genna, el Depredador se convierte en una especie en evolución moral. La violencia que lo definía ahora es puesta en duda. Lo que alguna vez fue símbolo de dominio se transforma en metáfora de cambio.

La saga empezó como una celebración del cazador y termina como una elegía del aprendizaje. Lo que sobrevive no es la fuerza ni la técnica, sino la capacidad de mirar al otro. Badlands no es el final de la historia, sino su punto de inflexión. El momento en que el monstruo entiende –por fin– que el universo no pertenece al más fuerte, sino al que sabe cuándo dejar de matar.

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