Cuando Quentin Tarantino rodó Kill Bill, no pensaba en dos películas. Kill Bill: The Whole Bloody Affair era su idea original: una historia de venganza contada en una sola pieza, con el ritmo de una épica gore y el tono de una tragedia de artes marciales. En el proceso de producción, los tiempos del montaje y la duración del metraje llevaron a dividirla. Lo que debía ser un único relato continuo se transformó en dos estrenos separados, con un año de distancia y dos formas distintas de mirar la misma historia.
Desde entonces, la versión completa de Kill Bill se volvió una especie de leyenda dentro del cine contemporáneo. Circuló en rumores, en foros de fanáticos y en pequeñas proyecciones privadas que confirmaban su existencia. Tarantino la mostró en Cannes en 2006 y más tarde en su propio cine, el New Beverly, pero nunca llegó al circuito comercial. The Whole Bloody Affair no es solo una versión extendida: es la película tal como fue concebida, antes de que la industria la adaptara a sus límites de tiempo y de mercado.
El guion original tenía 200 páginas y una promesa escrita en rojo y negro sobre la portada blanca, garabateada con la letra inconfundible de su creador: “Uma Thurman va a matar a Bill”. Era principios de 2002 y ese manuscrito circulaba por Hollywood como el material más codiciado del año. Quentin Tarantino acababa de completar su primer guion original desde que había pasado de ser el chico prodigio independiente de Perros de la Calle al cerebro ganador del Oscar detrás Pulp Fiction, ocho años atrás.
Kill Bill iba a ser un evento todavía más grande. O, como resultó, eventos. Ese guion fue la última vez que la historia de Bill, la novia y el Escuadrón Asesino Víbora Mortal se contaría como una narrativa continua, hasta ahora.

Kill Bill: The Whole Bloody Affair | La película que Tarantino imaginó
El estreno en cines de Kill Bill: The Whole Bloody Affair marca la primera vez que una audiencia amplia tiene la oportunidad de ver Kill Bill como Tarantino la concibió originalmente, como fue filmada durante 155 días entre mediados de 2002 y mediados de 2003. La historia surgió de conversaciones entre Tarantino y Thurman durante la producción de Pulp Fiction, una variación sobre Fox Force Five, el piloto de televisión que el personaje de Thurman discute con Vincent Vega de John Travolta.
Durante varias cervezas, Tarantino y Thurman armaron una elaborada trama de venganza ejecutada por una novia que recibe un disparo en la cabeza y es dada por muerta vestida de blanco. Los créditos de la película explican el origen: “Basada en el personaje de ‘La Novia’ creado por Q & U”.
Cuando Tarantino escribió Kill Bill, pensaba en un western japonés con alma de cómic. La estructura respondía más a una construcción literaria que a una fórmula de género. La Novia debía recorrer una serie de enfrentamientos que funcionarían como capítulos de una novela visual. Esa organización, inspirada en Lady Snowblood y en las películas de samuráis de los 70s, se mantuvo intacta en el rodaje, pero se volvió problemática en el montaje. El resultado inicial duraba más de cuatro horas.
Miramax, la productora, le propuso dividirla. Tarantino aceptó, pero insistió en que el corte fuera exacto: el primer volumen cerraría con el duelo contra O-Ren Ishii y el segundo se centraría en el ajuste de cuentas final. El público recibió ambos como eventos separados, aunque el director siempre sostuvo que eran dos partes del mismo cuerpo. “Yo la escribí y la dirigí como una sola película”, dijo años después. “Dividirla fue una decisión práctica, no artística”.
Esa diferencia explica por qué The Whole Bloody Affair tiene una narrativa más fluida. Sin la recapitulación del segundo volumen ni el final abrupto del primero, el tono cambia. La historia respira como una sola unidad. También incluye una secuencia animada inédita de siete minutos y medio que amplía la historia de O-Ren Ishii y refuerza la conexión entre las dos mitades.
La versión completa de Kill Bill no añade escenas al azar ni material descartado: recompone la película como fue pensada, con la cadencia que Tarantino había diseñado. En su conjunto, revela el orden lógico de la narración y el equilibrio entre sus influencias. Las referencias al cine de kung-fu, al spaghetti western y al exploitation no se perciben como citas aisladas, sino como parte de un lenguaje coherente.

Kill Bill: De la fragmentación al estreno en cines
La división de Kill Bill no fue solo un asunto industrial; se convirtió en parte de su identidad cultural. El díptico de 2003 y 2004 marcó un punto alto en el cine de acción y en la estética de Tarantino. Cada volumen tenía su tono: el primero era más explosivo, el segundo más introspectivo. Pero el conjunto generó un fenómeno. Las imágenes se volvieron iconos inmediatos: la pelea en la Casa de las Hojas Azules, el silbido de Elle Driver en el hospital, el entrenamiento con Pai Mei, la frase final de Bill sobre Superman.
El público se apropió de la película como se apropia de una canción. Cada parte ofrecía un momento que podía aislarse, repetirse, circular. Internet y la cultura del remix multiplicaron su impacto. Tarantino, que había construido su estilo a partir de citas y referencias, terminó convertido en objeto de cita. Kill Bill se volvió el espejo de su método: una película hecha de fragmentos que a su vez produce nuevos fragmentos.
La espera por The Whole Bloody Affair –que se estrena en salas de Estados Unidos en diciembre– reforzó ese carácter. El público sabía que existía una versión total, pero inaccesible. Esa ausencia la transformó en mito. Las proyecciones en Cannes y en el New Beverly, casi secretas, alimentaron la leyenda. Durante años, ver la película entera fue un privilegio reservado a pocos. La expectativa no era solo por el metraje adicional, sino por la posibilidad de ver Kill Bill como unidad narrativa, como el relato continuo que Tarantino había imaginado.
Con el tiempo, la versión completa se convirtió en un símbolo del control autoral: la película que el director guarda hasta que el contexto le permite mostrarla. En un medio cada vez más marcado por las versiones alternativas y los cortes del director, The Whole Bloody Affair es un antecedente fundamental. No se trata de una expansión sino de una restitución.

Kill Bill y su influencia en la cultura pop
Más de veinte años después, Kill Bill: The Whole Bloody Affair sigue siendo una referencia transversal. Su influencia se extiende más allá del cine: aparece en videoclips, videojuegos, desfiles de moda y series que citan su estética sin necesidad de explicarla. La imagen de Uma Thurman con la katana sobre el fondo amarillo sintetiza un tipo de violencia estilizada que Tarantino llevó a su máxima expresión.
En la filmografía del director, Kill Bill ocupa un lugar intermedio entre la cita y la invención. Toma elementos del cine japonés y del western, pero los organiza desde una lógica emocional. La venganza no se filma como catarsis, sino como reconstrucción de identidad. La Novia no busca justicia; busca rearmar su vida después de haber sido borrada. Esa dimensión personal, que en la versión dividida aparecía diluida, se potencia en la continuidad del montaje original.
El mito de The Whole Bloody Affair también funciona como espejo de la propia carrera de Tarantino. Su insistencia en preservar la experiencia cinematográfica –en 35 mm, en salas, con sonido analógico– contrasta con una industria cada vez más digital y serializada. Mantener esa versión oculta durante años fue, en cierto modo, un manifiesto sobre su relación con el cine: mostrarlo sólo cuando se pueda ver como corresponde.
Aunque Tarantino ha dicho que no habrá un Vol. 3, la posibilidad sigue viva en la imaginación de los espectadores. Parte del atractivo de Kill Bill es esa sensación de historia abierta, de universo inconcluso. La idea de que la hija de Vernita Green busque venganza, o que la hija de La Novia retome el ciclo, alimenta la mitología. Pero incluso sin nuevas entregas, el conjunto ya ocupa un lugar definitivo.
Kill Bill: The Whole Bloody Affair representa algo más que la suma de sus partes. Es la película que muestra cómo una idea puede resistir a las imposiciones del mercado, cómo una obra puede fragmentarse y seguir siendo reconocible, cómo el mito puede reemplazar a la existencia física. En ese sentido, la película no solo pertenece al cine: pertenece a la memoria cultural de una época que aprendió a mirar a través de sus imágenes.
Mirá el tráiler a continuación:




