En 1748, se publicó en Francia una novela, atribuida al marqués Boyer d’Argens, que el Estado confiscó, la Iglesia condenó y los lectores copiaron a mano para seguir leyéndola: Thérèse, Philosophe, en la que una joven observa a escondidas cómo un confesor flagela a una creyente hasta que ambos alcanzan un estado que el libro describe con el vocabulario de la mística y el detalle de la pornografía. En El Testimonio de Ann Lee, Abraham Stanley consigue una copia y decide verificar en su esposa el valor filosófico de las teorías libertinas del libro.
Porque lo que Thérèse saca de la escena entre el confesor y la novicia es una conclusión existencial: que el placer del cuerpo y el éxtasis religioso son la misma cosa con distinto nombre, y que la moral que los separa es una construcción conveniente para algunos, pero no para ella. El libro termina con Thérèse viviendo en concubinato con un conde ilustrado, sin culpa, sin matrimonio, sin Dios. La Ilustración francesa resumida en una novela erótica de iniciación sexual: la razón como herramienta de liberación, el cuerpo como territorio soberano, la Iglesia como enfermedad autoinmune del cuerpo social.

El Testimonio de Ann Lee: Thérèse, sexo y religión
En 1748, cuando se publica Thérèse, Philosophe en Francia, en los molinos de Manchester Ann Lee tiene doce años. De día trabaja en una hilandería catorce horas y de noche recibe el castigo de su padre delante de sus hermanos. Años más tarde, cuando el herrero Abraham Stanley decide aplicar las enseñanzas de Thérèse en su esposa, el cuerpo de Ann Lee responde con una memoria previa: alguien con autoridad sobre ella, una vara, el dolor como pedagogía.
Lo que separa a Thérèse de Ann Lee es toda la distancia que existe entre el libertinaje europeo y el cuerpo que lo padece. El siglo XVIII francés produjo una filosofía del placer subversiva: contra el matrimonio como contrato de propiedad, contra la Iglesia como policía de la intimidad, contra la hipocresía de una Iglesia y de una aristocracia que no necesitaban que le explicaran el placer en un libro porque lo organizaba en privado. Thérèse, Philosophe era para la burguesía, para el pueblo que leía con una vela y fantaseaba con un mundo donde el cuerpo no fuera una deuda con Dios.
El libertinaje era el derecho de los nobles y sacerdotes. Los colegios jesuitas aplicaban castigos corporales a los alumnos: postales sado de la pedagogía cristiana, con varas y látigos incluidos. Sus curas eran conocidos en todos los burdeles de París por pedir a las prostitutas que los azotaran. En argot, la pederastia se conocía como “molinisme”, en honor al teólogo de la congregación Luis de Molina. La pedofilia no era castigada, pero la sodomía –para cualquier sexo– merecía la pena de muerte, por ser una práctica contraria al mandato divino de reproducirse.
Voltaire, Diderot, d’Holbach fueron la vanguardia de la razón contra el dogma. Del cuerpo contra la culpa. Pero la filosofía del placer, como casi toda filosofía, fue escrita por hombres y ejercida sobre cuerpos que no siempre eligieron participar de la experiencia. Thérèse es una fantasía: la mujer que descubre el placer sin coerción, que aprende sin trauma, que concluye sin cicatrices. Ann Lee fue su versión real.
Del otro lado del Canal, la tradición era opuesta y complementaria. Inglaterra había exportado al siglo XVII americano su variante más dura del protestantismo: puritanos que cruzaron el Atlántico convencidos de que el cuerpo era el territorio del diablo y que la salvación exigía su domesticación permanente. La sexualidad como peligro, el placer como trampa, la vigilancia mutua como forma de comunidad.
Las colonias americanas construyeron sociedades donde el trabajo y la austeridad eran virtudes teológicas, donde la danza era sospechosa y la felicidad una señal de relajamiento moral. El mismo continente que iba a proclamar en 1776 que todos los hombres nacen libres e iguales había brujas en Salem 80 años antes. Las acusadas eran en su mayoría mujeres que no encajaban: viudas con propiedades, vecinas incómodas, cuerpos que sentían de maneras no autorizadas.

La Tercera Vía de Ann Lee: Entre el placer sexual y éxtasis religioso
En ese cruce –el libertinaje que llega de Francia a los cuartos de los matrimonios ingleses y el puritanismo que espera al otro lado del Atlántico como una promesa y una amenaza– vivió Ann Lee, esa mujer que después de parir y enterrar cuatro veces a sus hijos, llegó a una conclusión que ninguno de los dos siglos tenía prevista: que si el cuerpo era el territorio del pecado, la solución no era reprimirlo sino vaciarlo de función reproductiva, redirigir su energía hacia arriba, convertir el temblor en oración y el grito en himno.
Ann Lee no eligió ni la libertad de Thérèse ni el silencio del puritanismo. Inventó una tercera vía: el éxtasis sin consecuencias. El cuerpo como instrumento de lo divino.
El libertinaje francés como el shakerismo de Ann Lee combatían el mismo enemigo: el matrimonio burgués como institución de control. Los philosophes lo atacaban desde el placer; Ann Lee lo atacaba desde el celibato. Unos querían más cuerpo; ella quería el cuerpo en otra frecuencia. Lo que Thérèse, Philosophe proponía como argumento para la libertad sexual, Ann Lee lo convirtió en argumento para su abolición. Leyeron el mismo siglo XVIII y llegaron a continentes distintos, como corresponde a quienes partieron de cuerpos distintos: el que aplica la filosofía y el que la sufre.
La historia terminó, como siempre, con el tiempo resolviendo lo que las ideas no pudieron. El libertinaje francés sobrevivió y mutó: Sade, Baudelaire, Bataille, toda una genealogía que llega hasta Thérèse, Philosophe reeditada hoy como clásico erótico en ediciones ilustradas. Los Shakers, que en su apogeo llegaron a seis mil miembros, hoy son dos. Una comunidad que prohíbe el sexo elige desde el origen su propia extinción, lo que es, en cierta manera, la forma más consecuente de haber creído de verdad en lo que se predicaba.
Thérèse tiene herederos. De Ann Lee, quedaron las sillas.





