En el final de DTF St. Louis hay un hombre solo en el jardín de su casa, sentado en una hamaca, mirando el vacío. Solo ese jardín suburbano, ese silencio de tarde de lunes, y la certeza de que Clark Forrest (Jason Bateman) arruinó todo sin saber exactamente por qué.
Todo thriller tiene la necesidad de que exista un crimen. Un crimen ordena, da sentido. Permite señalar a alguien y cerrar la historia. Pero el final de DTF St. Louis revela que no hubo complot, ni traición conyugal, ni crimen pasional. La muerte de Floyd Smernitch (David Harbour) no responde a un exceso de acción, sino a un déficit de sentido. Floyd no fue asesinado. Floyd se mató.
Steven Conrad filmó ocho episodios sobre la soledad masculina disfrazada de comedia negra. La serie gira alrededor de la duda sobre de Clark y la idea de que había algo turbio en su amistad con Floyd. Ese era el punto. Porque el prejuicio funciona solo, y la cercanía entre dos hombres que toma formas no codificadas genera una incomodidad que se traduce en sospecha. Y la sospecha, cuando encuentra una estructura que la respalde, se convierte en condena potencial.

El final de DTF St. Louis: La muerte de Floyd Smernitch
El misterio central de DTF St. Louis se resuelve de una manera que en cualquier otra serie sería una estafa: Floyd Smernitch se suicidó. Después de que su hijastro Richard (Arlan Ruf) lo viera bailar semidesnudo con Clark, Floyd se tomó de un trago la lata de Bloody Mary con Amphezyne que Clark había conseguido para ayudarlo con su disfunción eréctil. Tras meses de depresión, vergüenza y soledad, le había fallado a la persona que le daba algo de sentido a su vida.
Floyd estaba deprimido. Floyd se sentía insignificante. Floyd sentía que su masculinidad –ese artefacto frágil y exigente que la cultura entrega a los hombres sin manual de instrucciones– ya no servía. Clark lo vio, lo escuchó, estuvo dispuesto a hacer algo ridículo y tierno y radical por él. Y sin embargo Floyd muere. Y esa es la tragedia de DTF St. Louis: que a veces el amor –incluso el amor real, el amor que no pide explicaciones– llega demasiado tarde o simplemente no alcanza.
El pene deformado y la bicicleta fantasma
La causa del pene deformado de Floyd es la pieza que ordena toda la serie. Richard lo golpeó en la entrepierna con un bate de béisbol después de que Floyd –su padrastro, su referente masculino, el tipo que le enseñó a hacer equilibrio en una viga– le comunicara a su madre que ya no estaba interesado en un trabajo financiero, sino que iba a estudiar para ser intérprete de lenguaje de señas, condenándola a la lucha perpetua de la clase media endeudada. “Hice llorar a su mamá. Él era muy chico. No sabía lo que pasaba, pero entendió que había lastimado a su mamá”.
Richard no entiende lo que ve en la pileta (llegó hasta allí en la “bicicleta fantasma”, después de ver en la computadora de Floyd su cita con Tiger Tiger en la app DTF St. Louis), pero entiende lo suficiente: que hay algo fuera de lugar, algo que amenaza la estructura mínima de su familia. Su reacción –antes con el bate, después rompiendo un vidrio, luego con la mirada– siempre va en la misma dirección: eliminar o rechazar lo que puede lastimar a su madre Carol (Linda Cardellini).

El final de DTF St. Louis y el baile en la pileta
El momento más extraño, más ridículo y más emotivo del final de DTF St. Louis –y posiblemente de toda la serie– es la secuencia en la pileta Kevin Kline: Clark y Floyd en ropa interior, intentando que Clark se excite para demostrarle a Floyd que todavía puede generar deseo, que todavía vale algo, que la enfermedad no lo definió. Es absurdo. Es patético. Es, dentro de la lógica interna de estos dos personajes, un acto de amor.
Bateman lo entrega como una confesión en cámara lenta: “No sé qué estoy haciendo. Creo que estoy muy solo. Lo arruiné todo este verano.” Conrad construyó toda la temporada hacia este momento –un hombre de mediana edad, en calzoncillos, abrazado a su amigo en una pileta pública de Missouri, llorando sin poder explicar exactamente por qué– y cuando llega, no parece exagerado. Parece inevitable.
Floyd muere después de una cadena de humillaciones, vergüenzas y malentendidos que lo van dejando sin margen. La historia de su cuerpo –ese accidente absurdo, violento, casi ridículo– funciona como síntesis de todo lo demás: algo se rompe y ya no vuelve a su forma original. Pero lo que termina de empujarlo no es eso, sino por cómo queda expuesto frente a quien no debía verlo.
Richard no es solo testigo: es el hijo. Es la mirada que convierte lo que estaba contenido –torpe, secreto, confuso– en algo imposible de sostener. Lo que hasta ese momento podía vivirse como desvío, experimento o error, de golpe se vuelve definitivo.

Homer, Dalt y lo que casi pasó
El Detective Homer (Richard Jenkins) es, en DTF St. Louis, la figura moral central. No porque sea un hombre bueno en el sentido convencional –tiene sus limitaciones, sus cegueras, sus prejuicios heredados– sino porque es capaz de hacer algo que muy pocas personas hacen: cambiar de opinión frente a la evidencia. Homer va a las entrevistas con una hipótesis. Sale de ellas con otra. Escucha. Presta atención. Deja que lo que escucha modifique lo que pensaba antes de escucharlo.
La Oficial Plumb (Joy Sunday) lo ayuda en ese proceso. Es más joven, más flexible, más dispuesta a considerar que los marcos de referencia que usamos para interpretar el comportamiento humano pueden estar equivocados. Juntos forman un equipo que representa algo concreto: la posibilidad de que el sistema funcione cuando hay personas que deciden pensar en lugar de confirmar lo que ya creían.
Dalt, el fiscal, es el recordatorio de que eso no siempre ocurre. “Yo no le creo”, dice, y en esa frase caben todos los hombres que han sido condenados por ser distintos, por actuar de maneras que el sentido común no admite, por tener una intimidad que el lenguaje ordinario no tiene palabras para describir. Dalt es la tiranía de la norma.
Plumb y Homer cierran en el porche de ella, hablando de fetiches sexuales que él no entiende. La última línea temática de la serie la pronuncian ellos, casi al pasar: “Nadie es normal. Solo parece así desde la vereda de enfrente.” DTF St. Louis pasó ocho episodios demostrando esa tesis, y lo hizo con la tragedia de un hombre que no encontró las palabras a tiempo.

Que significa el final de DTF St. Louis: La anormalidad de lo normal
Clark vuelve a casa. La casa está vacía. Su esposa y sus hijas se fueron sin dejarle una nota. Su ausencia en el final de DTF St. Louis es menos un castigo que la consecuencia lógica de su negligencia afectiva. “Les importé durante doce años”, dijo Clark antes. “Quería importarle a alguien más.” DTF St. Louis lo deja sentado en ese columpio, solo, con la verdad de lo que eligió.
La serie no dice que Clark fue un héroe para Floyd. Dice que Clark fue su amigo. Que la diferencia entre esas dos cosas es más grande de lo que parece. Y que ser un amigo exige una valentía que la mayoría no ha aprendido a ejercer.
El verano terminó. Clark está solo. Floyd está muerto. Y el fiscal que casi manda a Clark al corredor de la muerte va a seguir trabajando en su oficina, va a seguir tomando decisiones sobre la vida de otras personas, va a seguir creyendo lo que le resulta más fácil creer.
Eso es lo que hace que el final de DTF St. Louis pese tanto. La pregunta que queda flotando es cuántos Floyd hay ahí afuera, cuántos Clark que no saben cómo abrir una puerta, cuántos Dalt que no quieren saber lo que hay detrás.
DISPONIBLE EN HBO Y HBO MAX.




