The Boys temporada 5: Bienvenidos al desierto de lo real

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Colapso institucional, mesianismo y la violencia como forma de gobierno: más que una batalla final, la temporada 5 de The Boys propone una lectura feroz del presente político.

El poder absoluto no necesita una justificación moral, solo requiere la eliminación sistemática de cualquier límite institucional. La temporada 5 de The Boys es la autopsia de ese cadáver que todavía respira: la democracia. La última entrega de la serie abandona la sátira corporativa para hundirse en el centro de un régimen fascista bajo el mando de Homelander, donde el líder de The Seven ya no busca la aprobación del mercado, sino directamente la sumisión de la especie humana.

The Boys llega a su desenlace con Antony Starr llevando a Homelander al límite en que el fascismo y la teología se vuelven uno. El narcisismo se convierte en doctrina oficial, y permite que figuras como Firecracker (Valorie Curry) o el nuevo teleevangelista Oh Father (Daveed Digs) utilicen la comunicación masiva para validar la persecución de minorías y opositores. Si The Boys se movía en la parodia de los mecanismos de Marvel, ahora se desplaza hacia la liturgia del autoritarismo y la transformación de una democracia en un organismo al servicio de la psicopatía de un solo individuo. Bienvenidos al desierto de lo real.

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Antony Starr como Homelander en la temporada 5 de The Boys

The Boys temporada 5: El ascenso fascista de Homelander y el fin de la democracia

En la temporada 5 de The Boys, Homelander asume su posición como una validación de su propia superioridad biológica. Ya no quedan rastros de la sutileza de Vought, sino una retórica que transforma la exclusión en una forma de higiene nacional. El control total del aparato estatal le ha permitido inaugurar una era de purga sistemática con centros de detención para disidentes a lo largo de Estados Unidos. La democracia es una extensión de su ego. Y aun así, le falta algo. Lo que le falta es la inmortalidad. La única forma de completar el mito de sí mismo.

Del otro lado de la barricada, la resistencia se arrastra por el barro de sus propias contradicciones. Billy Butcher (Karl Urban), consumido por una toxicidad del Compuesto V, es un hombre que se está convirtiendo en su propia tumba. El personaje comenzó la serie como un hombre movido por una venganza personal y terminó siendo algo que se parece demasiado a lo que odia, encarna el viejo dilema de Nietzsche –mirar al monstruo el tiempo suficiente como para transformarse en uno– traducido al lenguaje gore de la serie. Su lucha contra Homelander perdió cualquier rastro de épica para volverse una pelea de alcantarilla entre dos monstruos que ya no recuerdan por qué se odian.

El grupo –Hughie (Jack Quaid), Starlight (Erin Moriarty), Mother’s Milk (Laz Alonso), Kimiko (Karen Fukuhara), Frenchie (Tomar Capone)–, quebrado tras un año de encierro y tortura, se reúne bajo el peso de un trauma que ya no permite el heroísmo, sino apenas el sabotaje. Persisten, se mueven, trazan planes, pero el eje de la temporada 5 de The Boys no está en la posibilidad de victoria sino en el desgaste de seguir existiendo bajo reglas que ya no responden a ningún contrato social reconocible.

La búsqueda del V1, ese origen químico del poder, que podría inmunizar a Homelander contra el virus que Vought creó en la Universisdad Godolkin, se convierte en la excusa para explorar el agotamiento de los ideales. The Boys ya no pelean por salvar el mundo, solo esperan que el incendio no los queme demasiado pronto.

Butcher vs Homelander en un mundo sin contrato social

La temporada 5 de The Boys avanza hacia una confrontación que la serie lleva prometiendo desde el comienzo: Butcher contra Homelander, el rencor personal contra la megalomanía mesiánica, dos formas distintas del mismo veneno. Los mejores episodios –en particular el quinto, de estructura antológica, que dedica tiempo a personajes marginales– sugieren que The Boys sabe que su legado no está en el gore sino en los momentos en que sus personajes se preguntan, en silencio, si todavía son reconocibles para sí mismos.

Karl Urban lleva seis temporadas construyendo a Butcher desde adentro, con la economía de quien sabe que el exceso es fácil y la contención es el verdadero trabajo. Antony Starr hace lo opuesto: Homelander es puro exceso, pura superficie, y Starr hace de esa superficie un abismo. Juntos sostienen una serie que ha elegido, en su tramo final, apostar por la escala máxima sin perder de vista que lo que vuelve a un personaje memorable no es la cantidad de daño que puede infligir sino la cantidad de verdad que puede resistir.

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Karl Urban como Billy Butcher en la temporada 5 de The Boys

El final de The Boys y su lectura del presente

The Boys nació como sátira de la omnipotencia cultural del cine de superhéroes y del complejo industrial-mediático que lo sostiene. Esa crítica sigue presente en la temporada 5, pero ya no es el nervio central. La serie se ha ido transformando en algo más ambicioso –una radiografía del proyecto político norteamericano y de varias partes del mundo– y más incoherente para sí misma –esa necesidad de Amazon de seguir pariendo precuelas y secuelas–.

La temporada quiere avanzar hacia un final y, al mismo tiempo, seguir expandiéndose. Pero incluso bajo esa presión comercial, The Boys mantiene su pulso punk y el cierre de su historia se siente como una caída libre hacia el pavimento.

La serie termina en el momento justo, con el mundo real habiéndola alcanzado y en algunos aspectos superado. La violencia de la serie busca menos el impacto visual que la náusea moral. Eric Kripke entendió que para contar el fin del mundo no hacía falta un apocalipsis sino una lenta degradación de la empatía.

Porque el final de The Boys es el registro de una época que permitió que sus facciones más peligrosas tomaran el control de la realidad. Porque cuando lo real adopta la forma de la ficción, la ficción pierde su privilegio. Lo que nos queda es el silencio de una sociedad que se quedó sin argumentos para defenderse de sus propios monstruos.

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