En Spider-Noir, la nueva serie de Sony para Prime Video, Nicolas Cage quiere ser Humprey Bogart. Camina bajo la lluvia con una gabardina arrugada, el sombrero hundido hasta las cejas, un cigarrillo colgando de la boca y la tristeza profesional de quien lleva demasiados años cargando su derrota. En algún lugar de Nueva York suena jazz, alguien miente detrás de una persiana americana y un hombre mitad araña intenta recordar por qué todavía sigue vivo. Spider-Noir no es una serie sobre Spider-Man: es sobre Nicolas Cage poseído por el fantasma del cine negro.
Si Marvel convirtió a Spider-Man en un adolescente brillante, simpático, ansioso, diseñado para que cada generación pudiera verse reflejada en él como en un espejo hormonal, Spider-Noir hace lo contrario: envejece al héroe y lo vuelve un hombre que arrastra su melancolía entre oficinas húmedas, clubes nocturnos y departamentos con olor a sueños rotos. Después de la muerte de su novia cinco años atrás, The Spider desapareció y lo que quedó fue Ben Reilly, un detective derrotado de novela pulp.

Spider-Noir: Nicolas Cage y el Spider-Man más extraño de Sony
El showrunner Oren Uziel (22 Jump Street, The Cloverfield Paradox) construye la serie sobre un principio que el noir conoce bien: el trauma no es el pasado, es la textura de cada día. La novia muerta de Reilly es menos el origen de una venganza que lo que hace que el mundo se vea como se ve, que cada cosa tenga el peso específico del desastre. La Gran Depresión es más que contexto histórico: es el equivalente colectivo de lo que Reilly siente por dentro. Un país entero aprendiendo que el sistema prometió algo que no iba a poder cumplir.
Nicolas Cage lleva décadas construyendo una carrera que es, en sí misma, una teoría sobre la identidad. Cambió de nombre. Estudió la fisicalidad de Buster Keaton y el teatro kabuki. Llamó a su método “nuevo chamanismo.” Cuando aparece en pantalla, Spider-Noir tiene electricidad. El hombre actúa como si cada escena ocurriera cinco minutos antes de un colapso nervioso. Habla con acentos distintos dentro de una misma conversación. Camina doblando las extremidades como un insecto recién aprendido a usar piernas humanas.
Nadie trabaja la rareza corporal como él. Mirarlo actuar produce la sensación de ver a un extraterrestre intentando adaptarse a la civilización. Cada vez que abre los ojos demasiado grandes o mueve los hombros como un animal incómodo dentro de piel humana, aparece una versión alternativa de la serie: una más delirante, más cercana al body horror de Cronenberg que a las fantasías heroicas del género.

La estética pulp y policial detrás de Spider-Noir
Pero la gran obsesión de Spider-Noir es la nostalgia. No solamente por el cine negro sino por una época donde las narraciones populares todavía podían ser ingenuas respecto del heroísmo. La serie transcurre en una Manhattan deprimida, húmeda, poblada de veteranos de guerra rotos y periodistas que todavía creen que una noticia puede cambiar algo. En el fondo, Spider-Noir fantasea con un pasado cinematográfico donde los hombres dañados todavía podían encontrar redención golpeando criminales en callejones oscuros. Pero el presente cultural ya no cree demasiado en eso. Por eso la serie vive atrapada entre cinismo y melancolía.
La estructura de Spider-Noir es la del policial con mafiosos, femme fatales y conspiraciones urbanas. Silvermane (Brendan Gleeson), domina la ciudad como un padrino cansado de seguir respirando. Cat Hardy (Li Jun Li) canta en clubes nocturnos con el magnetismo clásico de las mujeres diseñadas para arruinar hombres emocionalmente frágiles. Una figura de un deseo que Reilly todavía no sabe si puede permitirse. Flint Marko/Sandman (Jack Huston) es un hombre que se convierte en algo que no eligió ser.
La Nueva York de Spider-Noir está construida con restos culturales del siglo XX. Cine negro, seriales radiales, historietas baratas, humo de cigarrillo y expresionismo alemán. Los ángulos inclinados aparecen con el entusiasmo de un estudiante de cine que acaba de descubrir a Orson Welles. La serie vive en la tensión entre lo que la franquicia necesita y lo que el noir exige. La primera quiere que el arco avance, que el trauma encuentre salida, que la redención sea posible. El segundo vive de la ambigüedad, de la derrota que no se sublima, del detective que resuelve el caso pero no resuelve nada de lo que importa de verdad.
La decisión de ofrecer cada episodio en versión blanco y negro y versión color es el manifiesto de la temporada: revela que la serie todavía está negociando su propia identidad visual. El blanco y negro tiene la textura de los sueños de Reilly; el color tiene la vibración de los cómics de los 90s. Darran Tiernan –director de fotografía de Perry Mason– entrega encuadres que de vez en cuando transforman la serie en otra cosa: un espejo que revela lo que el plano anterior ocultó, una composición donde la sombra escribe un texto paralelo.
La araña que aprendió a ser humano copiando a James Cagney es, en el fondo, el personaje más transparente que el cine de superhéroes ha producido en años. Verdadero sin necesidad de ser realista: un hombre que construyó una identidad de préstamos y citas, y que ahora, en 1933, en la oscuridad de Manhattan, tiene que decidir si esa identidad prestada alcanza para hacer algo que valga la pena. Spider-Noir todavía está aprendiendo a ser la serie que esa pregunta merece. Cage ya lo sabe hace rato.
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