Toda comunidad necesita una víctima para sostener sus tradiciones. Algunas levantan monumentos. Otras construyen iglesias. En Parto Maldito (Birthrite), estrenada en HBO Max, un pueblo entero deposita su fe en el cuerpo de una mujer embarazada.
El embarazo lleva décadas funcionando como uno de los grandes motores simbólicos del género porque combina dos experiencias: la creación y la pérdida de control. Parto Maldito gira alrededor de Wren (Alice Kremelberg) y Maya (Juani Feliz), una pareja que abandona Nueva York para instalarse en una casa heredada en una pequeña localidad rural mientras espera la llegada de su primer hijo.

Pacto Maldito (Birthrite): Entre la paranoia doméstica y el folk horror
La casa, el bosque y los habitantes del pueblo están atravesados por una familiaridad sospechosa. La amenaza está en las conversaciones demasiado amables. En la disponibilidad excesiva de quienes quieren ayudar. En la sensación de que todos conocen una historia que Wren y Maya todavía desconocen.
Durante años el cine estadounidense vendió la fantasía de abandonar la ciudad para recuperar una vida más auténtica. Parto Maldito invierte esa lógica. El campo aparece como un territorio gobernado por tradiciones invisibles, aquelarres de brujas pasadas y pactos heredados.
El director Ross Partridge apuesta por erosionar la realidad hasta volverla irreconocible. Cada escena agrega una pequeña fisura. Cada encuentro deja una duda. Cada gesto cotidiano parece esconder una intención secundaria. Así, Parto Maldito instala una pregunta que circula por los agujeros del relato: ¿qué ocurre cuando una mujer pierde autoridad sobre el relato de su propio cuerpo?
Cuando Wren sufre un aborto espontáneo y en el hospital le aseguran que el embarazo nunca existió, Parto Maldito se interesa menos en descubrir qué sucedió que en observar cómo cambia la posición de Wren dentro de su entorno. La mujer que hasta ayer era escuchada empieza a convertirse en objeto de sospecha. Su experiencia deja de tener valor. Sus recuerdos son puestos en duda. Su palabra comienza a depender de la validación ajena.
Una versión contemporánea de El Bebé de Rosemary
La película encuentra allí su vínculo más evidente con El Bebé de Rosemary (Roman Polanski, 1968): la fragilidad de la autonomía femenina frente a instituciones que reclaman saber más que la propia protagonista. En 1968 era una conspiración de vecinos, médicos y marido. En Parto Maldito, la maquinaria adopta formas contemporáneas pero conserva el mismo principio. El cuerpo embarazado se convierte en un asunto público.
Wren arrastra antecedentes de ansiedad y problemas de salud mental. Cada vez que intenta explicar lo que vive, alguien encuentra una explicación alternativa. Cada vez que intenta defender una certeza, aparece un diagnóstico. La película captura un fenómeno reconocible fuera del cine: la facilidad con la que ciertos discursos médicos transforman la experiencia subjetiva en evidencia de inestabilidad.

Parto Maldito y la política del cuerpo embarazado
La maternidad atraviesa toda la película, pero no como experiencia idealizada. Parto Maldito observa el embarazo desde una perspectiva mucho menos romántica: como un estado de vulnerabilidad física, emocional y social. Un período donde el cuerpo se transforma, donde las certezas desaparecen y donde la opinión de terceros adquiere un peso insoportable.
Parto Maldito se suma a una tradición de relatos sobre maternidad, paranoia y poder, pero encuentra su propia identidad al concentrarse en algo más concreto y más contemporáneo. La película habla de rituales antiguos, de bosques y de presencias demoníacas, aunque sus verdaderos fantasmas pertenecen al presente. Son médicos que deciden qué es real. Comunidades que exigen obediencia. Instituciones que convierten la duda en diagnóstico.
Porque al final el problema nunca fue el demonio oculto entre los árboles. El problema era descubrir quién tenía derecho a nombrar la realidad.
DISPONIBLE EN HBO MAX.



