Los Testamentos: La nueva generación del régimen tras la caída de las Criadas

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La serie secuela Los Testamentos muestra una Gilead debilitada que encuentra en las adolescentes la clave para sobrevivir: ya no se trata de someter mujeres, sino de formarlas desde el origen.

En Los Testamentos, la serie secuela de El Cuento de la Criada de Disney+, Agnes toca la campana en el patio de su escuela y sus compañeras salen en fila ordenada para aplaudir. Aplauden, con una mezcla perfecta de fascinación y envidia silenciosa, que ella acaba de menstruar por primera vez. Luego le prenden un pin verde en la ropa, como si su útero acabara de ganar una medalla. Agnes sonríe. Y en esa sonrisa –tensa, performativa, levemente aterrorizada– contiene todo el horror de la serie: el de las mujeres que aprenden a celebrar su propia jaula.

Gilead, en la versión de Los Testamentos, ya no es el monstruo omnipotente de los primeros años. Han pasado cuatro años desde que June y Mayday liberaron a las Criadas y recuperaron Boston, y el régimen muestra sus grietas. Los Comandantes ya no pasean su superioridad con la suficiencia de antes; ahora reaccionan, tantean, prueban. Esta Gilead a la defensiva es más inquietante que Gilead en su apogeo, porque en la desesperación los sistemas totalitarios se vuelven más creativos en su crueldad.

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Chase Infiniti como Agnes MacKenzie en Los Testamentos

Los Testamentos: Las Ciruelas, el experimento social del régimen

La solución que encontraron los arquitectos de este mundo sin Criadas es simple y monstruosa: convertir a las niñas. Si las mujeres adultas resultaron demasiado conscientes de su propia sujeción –demasiado capaces de recordar cómo era el mundo antes–, entonces habrá que trabajar con material más maleable. Las Ciruelas, como llaman a estas adolescentes en formación, son la primera generación que crecerá sin haber conocido otra cosa. No tienen con qué comparar. No tienen pasado que las proteja. Solo tienen el presente cuidadosamente administrado por las Tías, esas mujeres que eligieron el poder de vigilar sobre la impotencia de ser vigiladas.

Ann Dowd regresa como Tía Lydia con la sobriedad de quien ha ganado, aunque no esté del todo segura de qué. Si hacia el final de El Cuento de la Criada su convicción había empezado a fracturarse, en Los Testamentos, Gilead y Lydia se necesitan mutuamente. La han inmortalizado en estatua. Han bautizado una academia con su nombre. Y ella acepta ese honor porque los monumentos son, también, una forma de control: si te vuelven símbolo, ya no puedes equivocarte.

Pero el corazón de la serie no late en los pasillos del poder sino en la cafetería, en los susurros entre clase y clase, en los pactos sellados con un meñique cuando nadie mira. Agnes MacKenzie (Chase Infiniti), hija de un Comandante promovido tras el asesinato masivo del núcleo del régimen, ocupa el lugar de la princesa del grupo: esa chica que tiene más de todo –más privilegio, más protección, más por perder– y que por eso mismo está más atrapada. Agnes sabe más de lo que dice, siente más de lo que muestra, y la distancia entre lo que es y lo que le piden que sea es el territorio donde la serie respira.

Luego llega Daisy (Lucy Halliday). Blanca de pies a cabeza, con el fervor apenas demasiado intenso de quien necesita demostrar que pertenece. Daisy es una Chica Perla: una misionera de Toronto instalada en la academia por Mayday con la misión de infiltrarse. Su primera pérdida del control –cuando no puede soportar mirar cómo le cortan la mano a un Guardián en una de esas asambleas que Gilead usa para que las niñas practiquen la violencia vicaria– establece entre ella y Agnes una complicidad callada que irá creciendo a lo largo de la serie: la del asco hacia un horror que ninguna de las dos puede nombrar.

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Lucy Halliday como Daisy en Los Testamentos de Disney+

Los Testamentos: El sistema de control sobre adolescentes en la secuela de El Cuento de la Criada

En Los Testamentos, las niñas no son adultas en miniatura ni víctimas pasivas en espera de rescate. Son agentes complejas de un sistema que las daña mientras ellas aprenden a dañarse entre sí. Las Asambleas son la versión juvenil de las ejecuciones donde las niñas aprenden a señalar con el dedo y a gritar insultos a hombres condenados. Todavía no les piden que desmiembren a nadie todavía sino que odien con la voz.

Cuando lo hacían las Criadas, era posible ver en sus gestos el cálculo de la supervivencia. Cuando lo hacen estas adolescentes, se ve algo distinto y más oscuro: el placer genuino de quien finalmente puede ejercer algo que se parece al poder, aunque sea prestado, aunque sea contra sus iguales, aunque dure lo que dura un grito.

El showrunner Bruce Miller declaró que no hay nada tan poderoso en el mundo como una chica de catorce años. Pero June tenía catorce años de ventaja sobre su propia conciencia: sabía lo que estaban haciendo con ella. Las Ciruelas, en cambio, tienen que desaprender antes de poder actuar. Tienen que descubrir que lo que llaman hogar es una prisión, que lo que llaman vocación es una condena, que lo que llaman destino fue decidido por otros antes de que ellas pudieran pronunciar su primera palabra.

Pero quizás ahí esté, también, la promesa de Los Testamentos. Menos la épica de la liberación que algo más pequeño y más real: el meñique entrelazado en secreto, la chica que no delata a otra chica, el instante preciso en que alguien decide que hay una lealtad que vale más que las reglas. En un mundo diseñado para que las mujeres compitan entre sí, se vigilen entre sí, se destruyan entre sí, ese gesto es, quizás, el principio de todo lo demás. Porque el futuro de cualquier mundo, distópico o no, se juega siempre en ese territorio donde una adolescente aprende, por primera vez, a confiar en otra.

DISPONIBLE EN DISNEY+.

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